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Crónica:Fútbol | 21 Jornada de Liga

Quique pilla a Aguirre desprevenido

El Valencia se repliega y remata con dos goles de Morientes al contragolpe al Atlético, que desperdicia su mayor posesión

Hacía varias semanas que Quique sabía cómo había de jugarle al Atlético para ganarle: a la contra. Así planificó el encuentro durante la semana. Y así le salió ayer en Mestalla. A pedir de boca, tras la jerarquía de Albelda en el centro del campo, la habilidad de Villa y de Vicente para buscar la espalda de la zaga atlética, y la voracidad recobrada de Morientes para remachar. Ante eso, el Atlético se quedó patidifuso, con el balón entre las botas y algunos agujeros en el centro de su defensa. Sin noticias de Agüero y apenas algunos balbuceos de Torres, sometidos a la implacabilidad de Albiol y Ayala.

Mientras Carboni sigue pidiendo informes médicos sobre Ayala para renovarle, el central argentino se eleva varios palmos sobre la defensa rival y cabecea con la majestuosidad que le caracteriza. A gol, naturalmente. Así ha sido en sus dos últimas citas en Mestalla, como la mejor manera de decir ante su gente que quiere quedarse a pesar de la negativa del presidente. O precisamente por eso. Claro que, visto desde la ventanilla atlética, ¿quién le dio esos dos metros dentro del área a uno de los mejores cabeceadores del campeonato? El tipo de despistes que irritan sobremanera a los entrenadores.

El Valencia le cedió premeditadamente la iniciativa al Atlético, que aceptó el guante con generosidad. Tuvo el balón el cuadro madrileño y lo manejó con gusto siempre y cuando pasara por los pies de Jurado, a quien se le exige que adquiera más protagonismo. Aguirre trató de aprovechar la motivación de Mista en su vuelta a casa y lo dispuso por detrás de Torres y Agüero, lo que significaba un mínimo de tres atacantes por tacada.

Cañizares se pasó de frenada en un córner que cabeceó Pablo y que Albelda sacó bajo palos y, a partir de entonces, el meta internacional quedó pegado a la línea de gol con pegamento. Cañizares pasó una mala noche ante el amenazante poderío aéreo madrileño, que siempre dio la sensación de poder marcar de cabeza. Mucho más improbable resultaba a pelota corrida, pues Albiol y Ayala cerraron casi todas las vías de acceso a Torres y Agüero. Más activo anduvo Mista, en posición de media punta, donde recuperó la puntería que le ha faltado en todo el curso.

Consciente del afilado contragolpe del conjunto de Aguirre, especialmente fuera de casa, Quique mandó a sus hombres replegarse a toda vela. De manera que siempre hubiera al menos seis jugadores cubriendo las espaldas: las cuatro defensas más los dos medio centros defensivos (Marchena y Albelda). Los dos barrieron a destajo, señal de que el juego pasaba más tiempo en las botas de los atléticos que en las de los valencianistas. Lo que, a su vez, suponía que los cuatro atacantes, Vicente, Silva, Morientes y Villa, tuvieran poca ayuda ofensiva de sus compañeros. Quique, por cierto, volvió a apostar por Silva a pie cambiado, de interior derecha, una nueva bofetada en la cara de Joaquín, que cada vez queda en una posición más marginal.

Ante dos equipos tan musculados, tan trabajados defensivamente, el partido sólo daba sensación de poder desequilibrarse a balón parado. De ahí que cada falta susceptible de convertirse en un centro al área se convirtiera en un tesoro. El Atlético subrayó su dominio en el arranque del segundo tiempo, el público empezó a mostrar cierto malestar y Morientes ofrecía síntomas de desorientación. ¿Resultado? Gol de Morientes, que remachó un contragolpe de Villa y Vicente. Es la sinrazón del fútbol y su grandeza.

El Valencia se creyó el rey del mambo, adelantó sus líneas para matar el encuentro y... gol del Atlético. El magnífico control orientado de Mista con la izquierda le permitió disparar con ángulo con la derecha. Pegado al palo izquierdo. El partido volvió al punto de partida. El balón, del Atlético. El marcador, del Valencia. Gracias a Albelda, que arrancó en el centro del campo con un poderío incontestable, abrió a la izquierda y contempló cómo el extremo zurdo Vicente enviaba un centro raso y enroscaso que cazó Morientes, adelantándose a los centrales atléticos.

El público coreó entonces el nombre de Albelda, envuelto durante la semana en una disputa con el director deportivo. También por su renovación o mejora de contrato. Sin pretenderlo, Carboni tiene picados a Ayala y a Albelda, a máximo rendimiento. El golpe ya fue definitivo para el Atlético, que alzó la bandera blanca. Por mucho que los sobresaltos físicos se le acumularan a Quique, que perdió primero a Vicente por un tirón y después a Cañizares, sonado tras el choque con Albiol en la primera parte. El Valencia fue extraviando gente, pero estaba tranquilo porque conservaba a Albelda, jefe supremo del equipo y del encuentro.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 4 de febrero de 2007