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LÍNEA DE FONDO | Fútbol | Octava jornada de Liga
Columna
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El apagón de Ronaldinho

Nadie sabe muy bien cuándo empezó la depresión de Ronaldinho. Algunos piensan que fue un minuto después de ganar su primera Liga de Campeones. Con ese título redondeaba un año y un historial; por fin dejaba de ser el consabido malabarista brasileño y se acreditaba como jugador de batalla. A despecho de sus críticos más duros, había demostrado de una vez por todas que era capaz de conciliar la utilidad con la fantasía. Su estilo consistía en una habilidad excepcional para convertir una travesura en la solución a cualquier problema.

O quizá hizo crisis en el Mundial de Alemania, cuando comprobó que la gloria era un valor con fecha de caducidad. Levantabas la copa y un mes más tarde el éxito estaba amortizado: no valían gran cosa ni tu gol del año, ni tus pases ciegos, ni tus libres a la escuadra ni tus otras filigranas de Barcelona. Definitivamente, la memoria de los espectadores era tan endeble como la lógica del juego. Por un comprensible impulso de desconfianza, el último balón de oro fue desmantelándose poco a poco ante las cámaras; perdió toque, perdió regate, perdió puntería y se encontró de repente en una nueva situación. Oficialmente, seguía siendo el mejor futbolista del mundo, pero ahora parecía un indio de madera.

Su formación personal no le ayudaría gran cosa. Como otros ídolos de barrio, él se había distinguido de sus colegas por una sola habilidad natural: el dominio de la pelota. Antes de cumplir su etapa de meritorio, quedó atrapado en la maraña del fútbol profesional; en un laberinto de fichajes, viajes y corretajes. La aventura le transformaría en un multimillonario; como Ronaldo, su verdadera inspiración, sería la envidia de los garotos de todo el mundo, pero carecería del resabio que permite conservar la riqueza a un nuevo rico. En esas condiciones, su plan de vida estaba cantado: delegaría en su hermano, se colgaría del cuello una cadena de mastín, haría alguna escapada a la discoteca de moda y más que un potentado sería una caja de caudales. Hacia finales de junio oyó en su interior un crujido sospechoso: tenía el bolsillo lleno y la cabeza vacía.

Alguien debió explicarle entonces que pertenecía a la exclusiva casta de deportistas que se mueven en el límite de lo posible. Usa un catálogo de sutilezas prendidas con alfileres, trucos infinitesimales en los que la suerte de la jugada es siempre una cuestión de centímetros cuadrados. En su mundo, cualquier mínima caída de tensión basta para descomponer el plan.

Ahora está ante un pequeño dilema, y ha de solventarlo él. Si siente que ha perdido su tacto de prestidigitador, sólo debe esperar a que el balón se lo devuelva; si siente que ha perdido el gusto por el juego, necesita una nueva excusa profesional.

Tiene que marcarse urgentemente una nueva meta.

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