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Necrológica:

Almudena Cano, pianista y catedrática del Conservatorio de Madrid

Promovió un manifiesto por la mejora de la enseñanza de la música

Almudena Cano nació en Madrid en 1951. Estudió en su ciudad natal y en Amsterdam y se dedicó con idéntica intensidad a la interpretación y a la docencia. Luchadora apasionada por una mejor calidad de la enseñanza musical, falleció en Madrid en la madrugada del 3 de octubre

Cuando Maria João Pires y Ricardo Castro, en gesto que les honró de veras, dedicaron su concierto del martes en Madrid a la memoria de Almudena Cano, la sorpresa sacudió el ánimo de los presentes que conocían a la pianista madrileña y la curiosidad, sin duda, de quienes no hubieran oído nunca hablar de ella. Otros lo supimos en una llamada telefónica de esas que inmediatamente hacen presagiar, por el tono de voz del interlocutor, las peores noticias.

Y todos pensamos, seguro, lo injusto que es un destino capaz de llevarse a alguien tan pronto. Y a alguien que, además, se entrega a lo suyo -y, en su caso, también a lo de los demás- con la vehemencia, la pasión y el impulso con que lo hacía Almudena.

Su gran preocupación en los últimos tiempos era la lucha sin cuartel por una mejor calidad de la enseñanza musical en España, promoviendo un manifiesto en protesta por la organización de las enseñanzas artísticas superiores y centrado en el tratamiento dado a la música en la Ley Orgánica de Educación que causó polémica pero que, sobre todo, movilizó a favor de sus tesis a lo más granado de entre las personalidades del oficio, incluyendo a un buen número de galardonados con el Premio Nacional de Música, de Alicia Delarrocha a Jesús Rueda, de Teresa Berganza a Josep Pons.

Todo lo que se consiga un día en ese punto se deberá, en buena medida, a la tenacidad de Almudena, a su trabajo sin descanso para dignificar una actividad en la que ella era la primera en dar testimonio de competencia y dedicación.

En efecto, Almudena Cano había convertido en paralelas sus dos vocaciones: la interpretación y la docencia. Y la segunda -su cátedra en el conservatorio Superior de Música de Madrid, la dirección de la Escuela de Verano para Jóvenes Pianistas Ciudad de Lucena- le había ido comiendo terreno a la primera hasta el punto de que muchos de los que habíamos disfrutado de su arte nos lamentábamos de no escucharla más a menudo, temiendo que su nombre quedara un poco ensombrecido por su propia labor docente, que un día llegara e engrosar la lista de esos músicos españoles -recordemos al gran Esteban Sánchez, pianista también- cuya carrera se acorta sin que ni ellos ni sus oyentes nos lo merezcamos.

Pero así era ella. Tanto como para embarcarse -con Avelina López Chicheri- en la revista Quodlibet, surgida al hilo de los Cursos de Especialización Musical de la Universidad de Alcalá de Henares y que desde su aparición sirvió para dar lustre al panorama de las publicaciones españolas dedicadas a la música, rigurosa y seria como pocas, siempre basculando en ese equilibrio que, como no podía ser de otra manera, había que mantener entre la investigación y la información.

Almudena Cano se formó en Madrid con Carmen Díez Martín y en Amsterdam con Jan Wijn, aunque su influencia mayor fuera la del pianista bilbaíno Juan Carlos Zubeldia, su profesor más constante. En 1981 obtendría el Premio Nacional de Música por su grabación de 12 sonatas de José Ferrer, un compositor español olvidado entonces y que fue contemporáneo de Mozart y Beethoven.

Fue una intérprete privilegiada del teclado mozartiano, aunque destacara también en el repertorio romántico e incurriera igualmente en la música del siglo XX, siempre con idéntica actitud de ir hacia una expresividad personal e intransferible que bebía de la importancia de la técnica, como queriendo ser ella misma el ejemplo más evidente de su práctica como enseñante, de la que dan fe todos esos alumnos que la incluyen en su currículo como sello de garantía de una buena formación.

Muchas orquestas españolas -y otras extranjeras, como la del Mozarteum de Salzburgo- la acompañaron alguna vez y, en ocasiones, bajo directores de la talla de Hans Graf, José Ramón Encinar, Arturo Tamayo, David Stern o Vladímir Spivakov.

Nos parecerá mentira que ya no esté entre nosotros quien era capaz, con un coraje que honraba cada uno de sus gestos, de despertar la conciencia de las gentes de la música.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 6 de octubre de 2006