Entrevista:

"Nadie me ha tratado nunca como lo hicieron esos pescadores españoles"

El senegalés Saliou Fall relata su rescate por un marisquero español tras naufragar en un cayuco

Debajo de los pies de Saliou Fall, el suelo aún se mueve. Tres semanas después de que un pesquero español lo rescatara de un cayuco junto a otros 176 emigrantes a unas 30 millas de la costa de Mauritania tras pasar 10 días perdidos en el mar, este joven de Dakar recorre la ribera del río Casamance contando a todo el mundo que todavía no se siente bien en tierra firme. Que, como si aún no hubiera desembarcado, le duele la cabeza y se marea. Que, a veces, incluso le entran ganas de vomitar.

"Estoy aquí de milagro", relata. Viajó desde Dakar hacia el sur para iniciar la travesía hacia España desde Ziguinchor, la ciudad más importante del sur de Senegal y el principal punto de partida de cayucos desde que Dakar incrementó la vigilancia con la ayuda del Gobierno español. En esta zona, el Estado se concentra en combatir una guerrilla que asola la región desde hace más de 20 años. En este estuario tropical plagado de islas y con miles de canales donde esconder una barca, es prácticamente imposible frenarlas.

Jura que tiene envidia de los que parten cada día desde Casamance, y volverá a intentarlo

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"He vivido en el infierno y sois vosotros, los españoles, los que me habéis sacado de él", relata Saliou en el negocio de un amigo con el que marchó, rodeado de curiosos. La pesadilla comenzó con un temporal cuatro días después de salir desde la ciudad de Kaolak, unos 200 kilómetros al sur de Dakar, adonde había llegado con otro cayuco desde Ziguinchor. Las olas de más de seis metros rompieron una de las tablas de cedro con las que se construyó la piragua. El agua empezó a entrar a borbotones y el capitán conminó a todo el pasaje a achicar con cubos y garrafas. Pero el peso del agua y el tremendo oleaje impidieron a los motores seguir empujando.

El capitán decidió entonces dar media vuelta hacia donde creía que se encontraba Dakar. Después de cuatro días más sin ver la tierra firme, decidió racionar la comida y el agua. "Todos habíamos pagado 350.000 francos CFA [533 euros] por un viaje que incluía todos los gastos, pero de golpe nos convertimos en esclavos", relata Saliou. "Hasta ese momento pudimos comer galletas y pan y beber cuanto quisimos. Desde entonces nos tuvimos que conformar con un cacito de agua y dos puñaditos de arroz cocido al día", continúa.

El pasado 19 de agosto se encontraron con el Gober IV, un pesquero con base en Lepe (Huelva) que andaba por esa zona capturando marisco. El jefe del cayuco se aproximó para preguntarles si iban en la dirección correcta para volver a su país, según Saliou. Los marineros del pesquero español, al ver las condiciones en las que viajaban les lanzaron un cabo para remolcarlos. "Los españoles nos dijeron que no podían subirnos al barco porque no tenían el permiso de su empresa", asegura el senegalés.

Pasaron la noche amarrados al marisquero español, que tuvo que abandonar la faena ante la situación de emergencia. Hasta que a las siete de la tarde del día 20, el cayuco se terminó de romper. "Íbamos a morir todos pero ellos nos salvaron la vida. Una vez en el barco nos dieron leche, galletas y pan, y a los que se encontraban muy mal y tenían quemaduras, los atendió un médico", recuerda el senegalés.

Ricardo, uno de los miembros de la tripulación, contó por teléfono la experiencia. "Todavía no sabemos lo que vamos a hacer, los hemos encontrado a unas 30 millas de Mauritania con una vía de agua importante, pero todos parecen estar bien, aunque lo han pasado muy mal", explicó. "Estamos a la espera de que nos den instrucciones para saber qué tenemos que hacer con ellos".

Las autoridades españolas se pusieron en contacto con las de Mauritania, que aceptaron la repatriación de los inmigrantes en el puerto de Nuakchot. A unas tres millas de la capital mauritana el buque hospital Esperanza del Mar, del Instituto Social de la Marina, les dio víveres, medicinas y puso a su disposición un médico y un enfermero. "Se lo cuento a todo el mundo", dice el senegalés. "Los españoles tratan a los inmigrantes como nadie lo hace en el mundo".

El Gober IV, con los inmigrantes a bordo, llegó a la bocana del puerto de Nuakchot sobre las diez de la noche del 20 de agosto. Una patrullera mauritana los recogió allí y fueron atendidos por Cruz Roja. Tras pasar la noche en un campamento, tres autobuses vigilados por la policía los llevaron hasta la población fronteriza de Rosso, donde los entregaron a la policía de Senegal.

Ahora pasa los días paseando por el mercado del puerto de Ziguinchor, donde se encuentra con algunos de sus compañeros de viaje. Se confiesa obsesionado por la experiencia vivida y ahora tiene aún más ganas de volverlo a intentar. "Yo sólo quería encontrar un trabajo y mandar dinero para mi mujer y mis dos hijos", asegura entre lágrimas. "Mi madre y mis siete hermanos habían trabajado mucho para poder pagar el viaje y ahora soy yo el que les debería ayudar".

Jura que tiene envidia de los que parten cada día desde todas las islas del río Casamance y afirma que en cuanto reúna de nuevo el dinero volverá a lanzarse a la mar. "Si lo tuviera me embarcaría esta misma noche, porque aquí no hay nada que hacer", afirma. El trato que recibió de los marineros españoles es un acicate más para volver al cayuco. "Nadie se ha comportado nunca conmigo como lo hicieron esos pescadores españoles".

* Este artículo apareció en la edición impresa del sábado, 09 de septiembre de 2006.

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