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Crónica:MUSEO SECRETO DE CATALUÑA

El vuelo de los columpios

Los parques infantiles de los jardines públicos tienen mucho atractivo, las evoluciones de los críos son todo un espectáculo que invita a observarles y rumiar en el eterno retorno de lo idéntico, aunque las atracciones sean continua y diligentemente renovadas. Hace unas décadas estas áreas de juegos eran más modestas, consistían en dos o tres instalaciones de sólido metal, pintadas con colores básicos y descoloridos, verde, rojo, amarillo y azul. Ahora están valladas para que no se escapen los monstruitos, el suelo es de arena para amortiguar los golpes, y los diseñadores, los educadores físicos y sociales, los ergonomistas de la NASA, ingenian continuamente nuevos aparatos cuyo sentido e interés son un misterio, aunque hacen las delicias de los chavales: toboganes, redes, tramas, casitas, rampas, escalinatas... de madera, de cuerda, de metal y de plástico conforman circuitos behavioristas, laberintos para ratones que le hubieran encantado a Skinner, por donde los niños se deslizan, trepan, se cuelgan y se arrastran gozosamente, reclamando de vez en cuando: "¡Mírame, mamá!". Apartados en un extremo del área de juegos, perduran los clásicos y honestos columpios, fuente invariable de felicidad infantil, generación tras generación. Los niños están notoriamente sometidos a la ley de la gravedad, tienden a caerse, a despellejarse las rodillas y los codos, y rubrican estas divertidas caídas con pucheros y muecas aún más graciosas, y si advierten que, por fin, les están mirando, entonces lloran a moco tendido, en un paroxismo de desesperación muy convincente. De esa tendencia a caer viene que les encante ese simulacro de alas que es el columpio, y reclamen siempre más propulsión, velocidad, altura: "¡Más fuerte! ¡Más fuerte!". En el parvulario siempre había algún niño con el labio hinchado y amoratado, se había caído del columpio, había aterrizado con los dientes por delante, y no lo olvidaría nunca. O quizá el que cayó tan aparatosamente no fuese él, sino un amigo; y pasados los años, y las décadas, lo recuerde:

-¿Te acuerdas cuando te caíste del columpio?

-Sí que me acuerdo.

-¡Y te partiste el labio!

-Sí.

-¡Se te quedó amoratado! ¡Debió de hacerte daño!

-¡Mucho! ¡Y me cayó una bronca...!

-¡Lo tenías hinchadísimo! ¡Te duró varios días!

Paladean el recuerdo con ambigua satisfacción, tan ambigua que nos llevaría páginas entenderla...

Los columpios de Barcelona son para los niños. Un adulto, por tentado que esté, debe renunciar, pues sentado allí hace flaca figura. Da una impresión incorrecta, inmadura, desplazada, penosa, incluso ligeramente angustiosa, como un anciano que a pesar de que ya es viejo sigue emborrachándose y camina haciendo eses y farfulla y no se le entiende nada de lo que dice, y cuando se le entiende es peor. Kurosawa, el cineasta de No añoro mi juventud y de El ángel ebrio y otros filmes aclamados, lo sabía muy bien, y por eso cuando buscaba para la película Vivir la más precisa y patética imagen de la desolación, su metáfora visual, llevó al protagonista, el viejo, jubilado y mortalmente enfermo señor Watanabe, a vagabundear tristísimo por las calles nocturnas del Tokio de la posguerra; envuelto en luz espectral el señor Watanabe camina hasta un parque y se sienta en un columpio, y para más inri llueve, y él llora y canturrea y se balancea bajo la lluvia... Cuando estrenaron Vivir en Barcelona, el cartel publicitario reproducía precisamente esa imagen tan melancólica, y nadie quería ver la película porque, evidentemente, por larga que fuese, no podía contener ningún fotograma más contundente y desmoralizador. Como en efecto pude comprobar.

Los columpios de Barcelona y también los de Tokio son para los niños. A otra edad, uno está allí como figura retórica, y esa inevitable artificiosidad se advierte bien en varios cuadros del pintor de columpios por excelencia, el simpático artista rococó que gustaba de sentar en ellos a muchachas lozanas y encantadoras de la aristocracia: Fragonard, perfumada quintaesencia del siglo XVIII. Tenía una mano excelente y hubiera volado más alto si no cargase en las alas el plomo de la retórica francesa. Sus fantasías libertinas, frívolas y encantadoras, ligeras y autoindulgentes como las damiselas de sus columpios, tuvieron un éxito clamoroso, pero murió en la miseria porque al mundo le sucedieron dos cosas horribles e innecesarias: la Revolución francesa y, peor aún, el neoclasicismo. La primera exterminó a sus clientes, entre ellos el duque de Orléans, aquel botarate que quiso adueñarse del trono de su primo cabalgando a lomos de un tigre chiflado y ebrio de sangre humana, y a continuación, esa estética moralista y ridícula y ramplona cuyo pregonero fue David acabó de arrinconarle como a un anacronismo del Antiguo Régimen. Al Enamorado coronado de flores, la modernidad prefirió La coronación de Napoleón.

Hijo de mi tiempo, desdeñé a Fragonard, la negligencia con que dejaba como inacabadas sus fantasías inmorales, sus damiselas como muñecas de porcelana flotando en inverosímiles columpios, las faldas de seda al aire, hasta que cedí al entusiasmo del fotógrafo Avedon, que vivía en Nueva York cerca de la Frick Collection y la visitaba asiduamente desde joven; en ese pequeño museo que alberga exclusivamente obras maestras cuelgan también los paneles sobre El triunfo del amor que le encargó a Fragonard la marquesa de Du Barry, la última amante de Luis XV, para decorar su palacio de Louveciennes. Avedon, que también oscilaba entre la frivolidad y ligereza de la imagen de moda y otros empeños de carácter más grave, encomiaba con tal entusiasmo ese himno a la juventud y al encanto de vivir, entonado en jardines frondosos, de árboles colosales, cataratas de flores, balaustradas y efigies de Eros, que depuse mi recelo y me rendí a Fragonard. A la señora Du Barry los paneles no le gustaron; los devolvió al pintor. A ella también la guillotinaron, en 1793. No pudo salir volando en uno de aquellos columpios, que aún se mecen.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 9 de septiembre de 2006