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Crítica:

Verde que te quiero verde

El sevillano Federico Guzmán despliega una alucinante mezcla de motivos que parten de imágenes y símbolos de la naturaleza, la historia y la cultura. Metáfora de la explotación social, es también un comentario irónico que propone mutaciones e injertos increíbles.

Habiendo iniciado su carrera internacional hacia fines de la década de 1980, junto a otros jóvenes artistas andaluces entonces muy pujantes, Federico Guzmán (Sevilla, 1964) ha entrado en la decisiva etapa de madurez sin desmedros, ni incoherencias, lo cual, en su caso, es muy loable, porque se mueve en una línea fronteriza donde el estiramiento de lo artístico puede provocar una pérdida de rumbo y hasta de identidad. De todas formas, nada mejor que provocar o convocar en arte lo temible para hallar la salvación. En este sentido, Guzmán no sólo ha transitado por entre la versatilidad de lenguajes hoy disponibles, sino entre géneros, experiencias e ideas, pero sin que esta voluntaria confusión haya afectado a su potente imaginación, ni a su sensualidad y su humor.

FEDERICO GUZMÁN

'El mercado arrollador'

Galería Pepe Cobo

Fortuna, 39. Madrid

Hasta el 20 de octubre

Ahora nos presenta, en Madrid, una exposición individual con el título de El mercado arrollador, que, en parte, aprovecha como punto de partida la experiencia de una performance, que, con este título, realizó en el VI Festival de Performance de Cali, en la que una apisonadora estaba en trance de aplastar los productos hortofrutícolas más característicos de Colombia, país en el que Guzmán ha residido durante los últimos años. Tampoco hace falta dar muchos más datos para que se pueda colegir el significado político de esta acción, que, en cualquier caso, como ahora podemos comprobar con sus desarrollos ulteriores, no fue, ni es ideológicamente simple. La explotación social es para Guzmán un acto de violencia depredadora, que arrasa verdaderamente con todo; esto es: con el medio natural y, por tanto, con la vida. Pero un artista no es un predicador más o menos bienintencionado, sino un agitador de signos que nos permite intuir el trastocamiento rutinario de significados y prácticas establecidos. En este sentido, lo que personalmente me interesa más de la obra de Guzmán es que desborda los mensajes conceptuales y la iconología pop, que, sin embargo, usa, de forma que es difícil encuadrarle en estereotipos. Es cierto que hoy prospera la heteróclita mezcla de lenguajes y una forma muy libre para insertar lo íntimo en lo público, pero la poderosa imaginación y el fresco desparpajo con que se mueve Guzmán por entre todo ello le otorga una fuerza muy sugestiva. Los experimentos que aborda a partir de su peculiar "revolución verde", donde las plantas, a través de su manipulación y explotación, nos inquieren sobre nuestra propia identidad y alienación, están llenos de hallazgos sorprendentes, que son el resultado de una mezcla irónica entre naturaleza, historia y cultura. Así puede aprovechar un injerto entre las plantas del tomate y el tabaco -Tomacco- o el tabaco modificado por el gen de una luciérnaga, cuando no aprovechar el relleno popular de una aceituna con un pepinillo para hacer una escultura tan procaz como el nombre del sabroso encurtido, que no es otro que el de Aceituna violá. También puede superponer la silueta de una maceta con una planta -Sombra verde- sobre un fondo de múltiples escrituras aleatorias, diseños sintéticos de frutos y flores, todo ello formando un paisaje alucinante. En estas acumulaciones y encuentros increíbles hay muy diversas huellas del arte pop, la escultura británica y otras fuentes, pero Guzmán impone a todo su poderoso sello personal, que tiene la fuerza, insisto, de una imaginación delirante y un originalísimo sentido de la ironía. Y es que Federico Guzmán es, él mismo, arrollador.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 9 de septiembre de 2006