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Crónica:LA CRÓNICA

Els Brucs

Hace años, la entrada a Barcelona por el noroeste conservaba aún intacta la mítica viajera. A unos 50 kilómetros de la ciudad quedaba por salvar un último escollo: el puerto del Bruch, todavía escrito con la hache final y popularmente conocido en plural como Els Brucs. Hoy ese paso ha sido suprimido por un eficaz túnel de la A-2 que ahorra al conductor la subida de los apenas 620 metros sobre el nivel del mar de la antigua N-II. Para reencontrarse con esta vía hay que salir por el acceso 564, en dirección a Montserrat. El trazado es bueno, la calzada, ancha y el tránsito, escaso. Al cabo de muy poco comienza la que fue tortura insoportable de tantos regresos de las vacaciones: la serie de seis curvas en paella que permiten alcanzar la altura de Sant Pau de la Guàrdia, desde donde empieza el suave descenso hacia la población de El Bruc.

La infancia, claro, engrandece las dimensiones en el recuerdo: desde abajo, todo se ve en contrapicado y el más alfeñique se convierte en el primo Zumosol. Pero la perspectiva no es la única explicación al aumento de las dimensiones. Un Seat 1500, el milqui de finales de la década de 1960 pesaba 1.210 kilos en vacío y a 5.000 revoluciones por minuto -que no alcanzaba ni harto de vino- daba una potencia máxima de 82 caballos: se trataba de un magnífico coche para la época, pero cargado con toda la familia más el equipaje de ningún modo podía aspirar a adelantar al Pegaso Comet que negociaba las curvas en primera velocidad, tras haber parado para engranarla: el seco sonido metálico de esa operación, acompañado por la humareda producida por las aceleraciones del doble embrague, es algo que los niños de hoy no conocen, ni falta que les hace. Las colas que se montaban en el paraje eran espectaculares y encontrarse con ellas tras haber cruzado antes los desolados Monegros sin aire acondicionado por la misma N-II elevaba el desplazamiento a la categoría de lo heroico.

Considérese que por la época no había playstations, ni i-pods, ni nada que se le aproximara para entretener a bordo al personal menudo. Los máximos atractivos se concentraban en la parada en el hostal El Ciervo, cerca de Bujaraloz, donde unos escuálidos astados enjaulados dormitaban bajo un sol inclemente, y, ya en las proximidades del curso bajo del Llobregat, en el relato paterno de la hazaña del tamborcillo del Bruc, cuyos repiques fueron hasta tal punto amplificados por las agujas montserratinas que pusieron en fuga al ejército francés. Y al niño ese personaje se le antojaba escapado del Corazón de De Amicis, pero luego, a la salida del puerto, siempre sufría la misma decepción callada, al contemplar a la entrada de El Bruc la imponente estatatua de Frederic Marés que representa a un joven muy fornido, con polainas y trabuco a la espalda, auténtico primo Zumosol que de niño no tiene nada de nada. Hoy esa estatua, instalada en 1960, permanece entre setos bien recortados y un jardín de juegos abandonado, ajenos una y otro al intenso tráfico que discurre por la A-2. La hazaña del pobre Isidre Lluçà i Casanoves, el joven de Santpedor que vivió entre 1791 y 1809, resulta hoy bastante menos llamativa que la magia de Harry Potter. Y es que nadie en su sano juicio puede aceptar que los toques del tambor pudieran ser redoblados a esa distancia por las cumbres de Montserrat. Los historiadores consideran que las dos batallas que tuvieron lugar en el paraje los días 6 y 14 de junio de 1808 entre las tropas francesas comandadas por el general Schwartz y las españolas, integradas por fuerzas del Regimiento suizo número 1 de Wimpffen, más desertores valones procedentes de Barcelona y voluntarios y somatenes catalanes de Igualada y Manresa, fueron sendas muestras de habilidad y experiencia táctica, favorecidas por una tempestad que obligó a los invasores a detenerse en las proximidades de Martorell. Sólo así se explica que los 3.800 soldados napoleónicos, integrados por efectivos de a pie, caballería y dos cañones de campaña, fueran vencidos -con cerca de 300 bajas- por 2.000 hombres menos equipados y compactados.

Pero si algo identifica el carácter de carretera de segunda a que ha quedado reducida la N-II tras la apertura de la autovía no es la estatua de Marés, todavía digna en su severo granito gris, sino la estación de servicio abandonada a medio descenso hacia el llano. Un gran rótulo de El Bruch, con hache, da cuenta de una época en que las gasolineras tenían nombre propio y no el de las compañías petrolíferas. A mayor refuerzo de la identidad, dos siluetas en hierro, una del tamborcillo y la otra de un poste de gasolina, confieren al lugar un extraño carácter, muy sixty, de compromiso entre progreso y tradición. Un embaldosado en la pared reproduce la efigie de San Cristóbal, mientras una cubierta de tractor impide el acceso de vehículos a la antigua zona de repostaje. Hay leña cortada a cubierto y ropa tendida al viento, signos evidentes de una reutilización familiar y prosaica de la que en su día fue una instalación emblemática de la incipiente motorización de la sociedad española.

Antes de ser engullido por la gran ciudad, el niño de regreso de vacaciones se topaba aún con una última imagen mítica: los decorados del Esplugas City, donde se rodaban películas del oeste. Pero eso sólo ocurría si aquel niño aún no había sido vencido por el sueño tras un viaje largo y agotador.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 4 de septiembre de 2006