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Reportaje:POSTALES DE VERANO | Antiguo pueblo de Domeño

El bello espectro de un pueblo

Miguel estaba cazando por las montañas del pueblo abandonado -hay conejos, perdices y jabalíes- que aún hoy se conoce como Domeño Viejo, en la llamada Valencia castellana de la comarca de Los Serranos. Y los vio: "Eran unos cuantos hombres y mujeres, y estaban entrando al cementerio". "Los vecinos del pueblo antiguo hemos trasladado a nuestros muertos desde los nichos de allí hasta Domeño Nuevo, que así se llama el pueblo donde vivimos ahora". "Pero en Domeño Viejo aún quedan las tumbas de tierra, y esas no se han movido", explica. "Me fui para el cementerio, y pillé a aquellos tocando una figura de la tumba de mi abuelo. Les apunté con la escopeta, y, cuando me vieron, se fueron pitando", recuerda. "Puede que quisieran expoliar, o igual hacer el tonto", dice. El caso es que los muertos del pueblo no se tocan.

Los obsesos de la parapsicología la han tomado con el cementerio

Los obsesos de la parapsicología la han tomado con el cementerio abandonado de Domeño hace ya tiempo. Según una asociación de "investigadores de lo paranormal", éste camposanto ha llegado a ser "lugar de okupas, satanistas y poltersgeist". Miguel se ríe de eso. Él, de mediana edad, como otros vecinos que pasaron buenos años de su vida en Domeño Viejo, habla con encanto de su pueblo primigenio. "Era muy pintoresco, con dos ríos -el Turia y el Chelva-, barrancos, una cascada, un castillo musulmán, sus árboles, sus casas tradicionales, el cementerio con los cipreses", recuerda Miguel. "Ya no quedan restos de casas; las máquinas excavadoras arrasaron con todo, pero la gente que vivimos allí volvemos muchas veces, es por la añoranza", explica. Miguel lo cuenta desde el pueblo nuevo, situado a unos 30 kilómetros del antiguo. Éste un poblado lineal, con muchas casas nuevas, bajas y bonitas. Censos más o menos recientes hablan de 568 vecinos. O habría que decir más bien colonos, ya que las familias fueron desembarcadas desde el enclave original hace décadas, afectadas por la construcción del embalse de Loriguilla. Algunos de ellos recuerdan que en 1957 ya se avisó a sus familias de que el pueblo entero iba a desaparecer. Otros dicen que, hasta finales de los 70, a la gente no se la desembarcó en el pueblo nuevo -aunque una parte fue a parar a la villa de Marines- y que las expropiaciones, sin embargo, se pagaron al precio de los años 50. El hecho es que, aunque reconocen que viven bien donde están, no olvidan el pueblo montañoso que fue padre del actual. Y no es para menos, a juzgar por el paisaje que envuelve su espectro, su alma o lo que sea que dejen tras de sí los pueblos fantasma.

Lo mejor para encontrarlo es preguntar en Calles, la villa más cercana. Y cuando por fin se llega al antiguo Domeño, se ve todo lo que decía Miguel. La cascada, el castillo y el cementerio, ambos en ruinas. Y una especie de formidable suelo poblado por hierba y naturaleza, que es donde estaban las casas. Un pastor camina con el perro. Una pareja se llega hasta un cercano remanso del Turia, en el que es posible pescar. Y uno siente el enganche de este rincón donde la naturaleza manda, y entiende por qué sus hijos vuelven, inexorablemente, al final de este verano.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 31 de agosto de 2006