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Reportaje:La trama de la peor lacra del deporte

La gran industria del dopaje

Los grupos organizados y subterráneos que atienden a los deportistas profesionales funcionan como verdaderas empresas de servicios, atentas a todos los detalles para, sobre todo, evitar la detección

La lógica capitalista funciona a la perfección. Así funciona la sociedad de consumo. Primero se crea la necesidad. Después, casi simultáneamente, se satisface. Una industria, un complejo comercial, ya está preparada para la tarea. Para dar el servicio. Para enriquecerse con ello. Así, el dopaje.

Oculto tras el brillo de los récords, del gigantismo, del espectáculo deslumbrante de los grandes acontecimientos deportivos, Juegos Olímpicos, Mundiales, Tour de Francia, un verdadero ejército, una industria subterránea, ha florecido. Su misión, cubrir todos los frentes, ofrecer todos los servicios, organizar todas las contingencias. Como si fuera una compañía telefónica, un proveedor de Internet, el servicio del gas o un fabricante de coches.

Las investigaciones del FBI o de la Guardia Civil han demostrado que las bandas controlan hasta el menor detalle

Su clandestinidad, complejidad, su profundidad, la calidad de los servicios que presta la industria del dopaje ha ido aumentando conforme las autoridades deportivas, olímpicas, policiales y judiciales han ido hundiendo su cuchillo, han aumentado la persecución, han estrechado el cerco. De la libertad con que actuaba el dopaje de Estado instituido en la República Democrática Alemana, en la Unión Soviética y en los países del entorno en los años 60 y 70, se ha pasado a las actuales organizaciones, igual de poderosas, igual de peligrosas, pero casi absolutamente subterráneas. De la artesanía de medios y métodos, prácticamente intuitivos, con que se movía el frente del dopaje en el mundo occidental hasta los años 90, se ha pasado a la sofisticación, a la investigación, al engañoso hipercientifismo actual, cuyo único objetivo es, finalmente, evitar la detección, la impunidad.

Mientras, el deportista, siempre en el mismo lugar, el de consumidor pasivo, convencido por el sistema de que el atajo es inevitable si se quiere alcanzar la gloria, la recompensa económica merecida, el honor. El dopaje, un gasto más, una suma más que descontar de las ganancias, como el 15% del agente, el 40% de Hacienda, o así.

La industria del dopaje y su contraparte, la lucha contra su prevalencia, ha evolucionado, se ha ido modelando, adaptando a las nuevas realidades a golpe de escándalo. Son fechas claras, exactas. La muerte de Simpson en el Tour del 67, la detección de los anabolizantes en 1976, el positivo de Ben Johnson en Seúl 88, el descubrimiento de la EPO recombinante en 1989, el escándalo Festina en el Tour 98, el control de hematocrito en 1999, la fundación de la Agencia Mundial Antidopaje en 2000, la posibilidad de detectar la EPO en 2000, la redada de San Remo en el Giro 2001, el caso Balco en 2003, la Operación Puerto en 2006...

Y así están las cosas. La investigación del FBI en EE UU que dio lugar al caso Balco, la de la Guardia Civil española, la Operación Puerto, y la última investigación del hematólogo australiano Michael Ashenden permiten tener una fotografía de cómo las bandas organizadas, verdaderas transnacionales en un negocio globalizado, controlan hasta el menor de los detalles del dopaje del siglo XXI.

Balco, como las instalaciones de Merino Batres en el centro de Madrid, era un laboratorio de análisis legal. Estaba especializado en deportistas y, aparentemente, los únicos productos que recomendaba a atletas con problemas, eran dos minerales, zinc y magnesio. En realidad, desde el pequeño laboratorio en la bahía de San Francisco, Victor Conte, el jefe de la banda, garantizaba todo tipo de servicios que convertían el dopaje en invisible para las autoridades. El deportista que llegaba a sus instalaciones recibía análisis, productos (EPO; anabolizantes, hormona del crecimiento, el estimulante modafinil y una crema de epitestosterona para engañar en los análisis), consejos de dosificación para evitar la detección, apoyo psicológico... El pack completo a cambio de fuertes sumas de dinero.

Gracias a su empresa, Barry Bonds acumulaba los homeruns, Tim Montgomery y Dwain Chambers machacaban el cronómetro, Jason Giambi rompía las pelotas... Tenía trabajadores para todo, contactos con mánagers, entrenadores, deportistas, pero la relación fundamental era la que mantenía con Patrick Arnold, un químico con un laboratorio en Illinois. Arnold era fantástico porque de la nada era capaz de inventar, de diseñar esteroides anabolizantes que nunca serían detectados en los laboratorios. Suyas eran las prohormonas que invadían a principios de siglo los campos de béisbol y de fútbol americano; hija suya era también la THG, el anabolizante invisible que, finalmente, fue el causante de su caída. Trevor Graham, un entrenador celoso, le delató. La THG dejaba de ser invisible.

Arnold proveía a Conte de anabolizantes invisibles -aparte de la THG, la norboletona y el Madol-, pero el californiano no era su único cliente: el comercio del dopaje en el deporte profesional no conoce fronteras. En Grecia, según la sentencia de abril pasado que condenó a Arnold a tres meses de prisión y a tres meses de reclusión en su domicilio, Cristos Tsekos, entrenador de Caterina Thanou y Costas Kenteris, los velocistas helenos sancionados por huir de los controles sorpresa en vísperas de los Juegos de Atenas. Una táctica, la fuga, que también practicaban los atletas entrenados por Graham en el año 2000: en su base de entrenamiento en Raleigh (Carolina del Norte), una persona estaba especializada en dar el queo cuando llegaba un controlador de la agencia antidopaje. Los atletas rápidamente saltaban vallas, huían.

Ningún detalle, efectivamente, quedaba al azar.

Tampoco en la Operación Puerto. Uno de los detalles menos conocidos, pero quizás uno de los más significativos, de las minuciosas estrategias logísticas del grupo de Eufemiano Fuentes es, según las investigaciones de la Guardia Civil, el sistema de extracciones y reinfusiones de sangre que garantizaban el servicio en prácticamente toda Europa, anulando los evidentes riesgos del delicado transporte y los peligrosos cruces de fronteras. Meses antes de las competiciones en las que el deportista iba a precisar de concentrados de glóbulos rojos, se decidía en qué puntos de Europa, Francia, Alemania e Italia, principalmente, iba a ser necesario efectuar la reinfusión de sangre. Colaboradores del médico canario en los diferentes países se encargaban de la extracción semanas antes de la competición, garantizaban la conservación refrigerada de las bolsas de hematíes y, posteriormente, durante la competición, organizaban la reinfusión. Las bolsas congeladas halladas en Madrid se utilizaban para mantener un remanente: el deportista que se extraía sangre en Italia, por ejemplo, acudía a Madrid inmediatamente para reinfundirse un concentrado, y evitar así tener que estar cinco o seis días con valores bajos y entrenamientos de escaso nivel, y, al mismo tiempo, extraerse otra unidad. Así, la sangre ni volaba en mochilas refrigeradas ni atravesaba por carretera puestos fronterizos donde un control de rutina podía acabar con el entramado.

Esto tenía un precio. Entre 30.000 y 60.000 euros al año por deportista, dependiendo del grado de servicio que quisiera solicitar. Cuanto más pagaba, más exigía: servicio personalizado, elección de las fechas de reinfusión y extracción, preferencias a la hora de experimentar con nuevos productos... En el nivel más bajo, los detalles eran cosa de la empresa que prestaba los servicios, que decidía cuando y cómo se practicaban las extracciones / reinfusiones y qué nivel de productos podía tomar.

Ashenden, el investigador

Michael Ashenden es un hematólogo australiano que investiga financiado por la Agencia Mundial Antidopaje (AMA) y el grupo Ciencia e Industria contra el dopaje sanguíneo. De su laboratorio han surgido la mayoría de las iniciativas y técnicas que han permitido limitar, sobre todo, el uso de la Eritropoietina en el deporte profesional, como son el pasaporte sanguíneo o la fórmula australiana, una manera indirecta de detectar el uso de EPO con un simple análisis de hematocrito, hemoglobina y reticulocitos. De su laboratorio ha surgido la última noticia, descorazonadora más que esperanzadora, la ratificación, una vez más de que los tramposos siempre van por delante de los policías.

Los deportistas contaban con el conocimiento empírico de que la eritropoietina inyectada en microdosis no era detectable. Un mito, decían los científicos: no sólo es detectable sino que las dosis tan pequeñas no tienen ningún efecto. El estudio de Ashenden, publicado en el número de agosto de la revista especializada Haematologica, da la razón al mito: si antes de una competición larga un deportista logra mediante fuertes dosis de EPO un alto grado de hemoglobina, superior a 17, incluso, el uso cotidiano de microdosis de mantenimiento, de un 10% de la dosis inicial, durante la competición no sólo logrará que los niveles de hemoglobina, y por lo tanto la capacidad de transporte de oxígeno, se mantengan prácticamente, sino también conseguirá la invisibilidad: a las 12-18 horas, su rastro habrá desaparecido de su organismo. Dos verdades que muy bien sabían los tramposos y los equipos de expertos que organizan su dopaje.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 7 de agosto de 2006