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CONTRASEÑA | Amàlia Medina

Caperucita en la ópera

Vestía un ligero traje de seda blanca de escote cool, largo hasta los pies, calzados con zapatos de tacón finísimo muy alto de seda roja y una capelina chal de organza roja que se enrollaba delicadamente bajo el busto. Bella y frágil, tierna aún en su dominio de las tablas de un escenario, ofrecía la imagen de una Caperucita Roja, recreada por David Lynch, a punto de penetrar en el tenebroso bosque de la ópera, con sus lobos dispuestos a engullirla a la primera debilidad. Esta imagen, de cuento romántico moderno, quedaba obsoleta en cuanto oías su profunda y modulada voz de mezzosoprano: una voz tan singular que los primeros lobos ya han empezado a rendirse al encantamiento y su promesa sonora. Ha ganado el premio del jurado de la 12ª edición de la Mostra de Noves Veus, lo más prestigioso en nuestro mundo operístico local. Todo es empezar.

"¿Caperucita Roja yo? ¡Pues voy a comerme a los lobos! ¡Se van a enterar!". Así me recibe. Caperucita sólo tiene 28 años. Y aclara: "Las mezzos solemos ser siempre las malas de la historia. Devoramos a los hombres, somos mujeres de armas tomar". Como la famosa Carmen de Bizet, ópera de la que el día del recital cantó la Seguidilla, con el desparpajo de María Callas, o como las diversas heroínas de Rossini, "unas manipuladoras que se hacen las lánguidas". Se detiene explicando con detalle de profesional maniático que "en ópera hay que ver la carrera en perspectiva, dosificar la voz, como ha hecho Plácido Domingo: cada edad tiene sus papeles". La voz evoluciona, se educa, se trabaja, y ella está orgullosa de sus maestras, la mezzo Raquel Pierotti y la repertorista Marta Pujol; la primera le enseña cómo colocar, matizar, agilizar esa voz que le sale de las entrañas; la segunda, el estilo de su interpretación. Ella sueña con asistir a una master class con la polaca Ewa Podles: "Llevo diez años descubriendo cosas maravillosas". Lo logrará, el mundo próximo ya le queda pequeño.

Barcelonesa del Eixample, hija de profesionales, no tiene antecedentes musicales ni ella misma pensó nunca en dedicarse a cantar. No sabía nada de ópera, ni siquiera de música, hasta que a los 18 años se aficionó a cantar en un grupo de jazz: primer descubrimiento, Gershwin, Cole Porter, Ella Fitgerald... Estudiaba Filología -"me gustaban la sintaxis, la fonética y la fonología"-, aprendió griego moderno -"porque es mi lengua del corazón, como si hubiera sido griega alguna vez"-. Entonces no sabía quién era María Callas: "Ella sí que es la más grande, un verdadero animal dramático".

Un buen día, en una esquina de su barrio, un anuncio, colocado junto a los que ofrecían clases de matemáticas, ofertaba clases de "voz hablada". Allá fue la estudiante de Filología. Rosa Galindo, que trabajaba entonces con Dagoll Dagom, le abrió un mundo. "Me reinventó. Me fui dando cuenta de que trabajar la voz, cantar, me hacía ilusión, me daba alegría y lo pasaba muy bien". En estos 10 años todo ha sido ir descubriendo lo que el mundo de la ópera le ofrecía y lo que ella llevaba dentro. Un flechazo progresivo: "Nunca he sufrido porque nunca he tenido ningún objetivo". Salvo estudiar; "soy estudiante", insiste, "tengo que mejorar". Sabe que, en ópera, estudiar, mejorar, es algo que no acaba nunca.

Va paso a paso: en 2006 ha realizado el curso de profesionalización en la Escuela de Ópera de Sabadell, junto a decenas de aspirantes a la doble recompensa de la entrega y del reconocimiento público. "No tengo prisa", insiste, pero ya ha interpretado su primera ópera: ha sido la tercera dama en La flauta mágica en el Palau de la Música. "Tengo una voz poco usual, lo cual es una ventaja: hay pocas mezzos en los países mediterráneos. Es un regalo que se me ha hecho. Sólo cuando, hace cuatro años, empecé el repertorio de mezzo mi voz encontró la paz", concede. Más demanda que oferta no es mal comienzo. ¿Quién sabe adónde puede llegar una voz de contralto capaz de hacer papeles de hombre? "Sí, una voz travesti", ríe.

Es impulsiva, con vis dramática, y aunque ambiciona tener el planeta entero como escenario - "¡ojalá!"-, asegura ser paciente. Caperucita parece realista: sólo ahora empieza a vivir de bolos y pequeños recitales que la llevan de Valladolid a Úbeda. Sus estudios los ha pagado con su trabajo en una editorial y con el subsidio del paro desde que decidió dejar el trabajo -"me daba terror"- para volcarse en la magia de la ópera. Sabe lo que le espera. Observa el mundo con preocupación: "No me gusta lo que veo en este momento". Otra buena razón para entregarse a la música.

m.riviere17@yahoo.es

PERFIL

'Mezzosoprano', barcelonesa, de 28 años. Estudió Filología Románica, trabajó en una editorial hasta que, hace 10 años, por un pequeño anuncio que vio en su barrio, empezó a 'educar' su voz y descubrió que le gustaba cantar. No tenía antecedentes de ningún tipo y comenzó con el jazz hasta dar el salto y descubrir la alegría de la ópera. Acaba de ganar premio del jurado en la 12ª edición del concurso Noves Veus. Ya ha cantado, como tercera dama de 'La flauta mágica', en el Palau de la Música. Se considera novata, "estudiante", y su objetivo es "mejorar de año en año, como hacen los grandes".

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 2 de julio de 2006

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