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Tribuna:PATADAS A LA LUNA | Alemania 2006 | La hora de los suplentes españoles

Las alegres comadres del azar

Me llamo Martín Girard. Y, a diferencia de los que llegan a este mundo como olímpicos ganadores de una carrera de espermatozoos, yo sólo soy un seudónimo. Algo así como una etiqueta sin botella. Por tanto, lo que diga, incluido lo antedicho, no debe tenerse en cuenta. No obstante, como presentimiento y advertencia, vaya por delante una boutade: este mundial no lo ganará necesariamente quien mejor juegue, sino el equipo que marque en cada partido un gol más que su contrincante, aunque juegue peor. La suerte es irónica y hace de las suyas, lo sabemos. Por otra parte, la tecnología ha dado definitivamente al traste con el silbido de los pastores de las montañas de antaño pero preserva el silbato de los árbitros en los campos de hogaño. Esa insensata circunstancia propicia el que, gracias a la repetición de la jugada, tengamos más elementos de juicio desde nuestra casa que el juez de la trifulca en el lugar de los hechos. Así mismo, los cánticos y gritos tribales, desde reductos de cemento, se nos antojan, con frecuencia, eco del eco de nueces vacías. Resonancias de un tam-tam que sólo anuncia su oquedad. Pero no es fácil escapar a su irracional influjo. A estos factores ambientales, cabe sumar la entropía mediática que anticipa, degusta, digiere y regurgita por nosotros los acontecimientos.

El fútbol se piensa con los pies y se ejecuta con el cerebro. Y no me refiero a los remates de cabeza, sino a los del pensamiento. Cuando la idea de la bota tiene que subir hasta el encéfalo para solicitar aquiescencia en función de posibles alternativas a la jugada, rara vez se le concede la oportunidad de regresar a tiempo al lugar de origen, o sea al pie, antes de que el fallo se haya consumado. O un contrario, en ocasiones más torpe pero más rápido, se haya anticipado. Puesto que balón sólo hay uno, no nos lo pensemos dos veces. De una manera o de otra, el azar tendrá siempre la última palabra. Aunque, en ocasiones, la belleza se reserve la última pincelada. Como en ese pase de Cesc, a ras de tapiz y al espacio vacío, que la intuición y la galopada de Torres engarza y culmina. Son esas jugadas las que convierten el azar en humana providencia y redimen al fútbol de la muy virtuosa rutina. Obedecen, por supuesto, a más o menos ensayados planteamientos tácticos y a, más o menos, sutiles adiestramientos técnicos, pero el estupor que nos suscitan proviene de su irrepetibilidad. Si las jugadas excepcionales pudieran programarse en una pizarra y resolverse en los entrenamientos, bastaría sentar a dos entrenadores ante un tablero. Pero las posibilidades combinatorias de una partida de once contra once, en un rectángulo rodeado por tóxicos efluvios humanoides bajo influjos celestiales, son infinitamente más incalculables que las variantes matemáticas de una partida de ajedrez. Porque, a fín de cuentas, depende de una patada.

Gonzalo Suárez, escritor y cineasta, recupera el seudónimo de Martín Girard con el que firmó como periodista en los sesenta.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 22 de junio de 2006