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COLUMNA

El acabóse

Nos cuesta imaginar el género de vida que llevaron quienes nos han precedido e incluso las personas mayores han de hacer un esfuerzo para imaginarse a sí mismas en los primeros años. ¿Pueden creer que quien esto escribe utilizó cuellos postizos y almidonados en las camisas; que tenía, al menos, dos sombreros y que durmió con el utilísimo e higiénico camisón hasta la edad juvenil? Por supuesto, llevaba tirantes y ligas para sujetar los calcetines. Otro tanto, o más, sucedía con multitud de accesorios invisibles utilizados por las mujeres. Incluso significa un esfuerzo de memoria el ritmo diario que gobernó nuestra juventud y la risa que nos producían los calzoncillos largos de nuestros padres o abuelos. Ya nacimos con la luz eléctrica, pero no era extraño pasar algún tiempo en lugares de veraneo o de paso alumbrados por velas o candiles, confinados en el ciclo natural del día y de la noche. Asombra y maravilla rememorar a los genios de otra época, escritores que vertían su talento a la oscilante claridad de un velón y hasta el pintor que apresaba el gesto cuando todo eran sombras. Para los poetas y bohemios la vida era más fácil, pues citaban a la inspiración en el café, como si fuera un paisano recién llegado del pueblo.

Un sutil hilo conductor nos enlaza con los ancestros, que hoy morirían del susto si volvieran a la vida ante un semáforo en la calle de Fuencarral, un aparato de televisión encendido y los rápidos, enormes, velocísimos aviones que surcan los cielos; y que para viajar en sus entrañas tuvieran que adentrarse en esa alargada catedral que es la Terminal 4, de Barajas. Dudo que el ajetreo cotidiano permita a la mayoría alzar la vista y contemplar el monumental pasillo de cristal y acero dorado, hasta encontrar la siempre lejana puerta de acceso a nuestro vuelo. Aunque da más miedo que el pasado, el futuro que no vemos, por eso los adivinos y augures nos lo ponen tan lejano. Hoy no se asombran ni los salvajes de la selva más cerrada, embutidos en sus tejanos o faldas coloreadas, de confección. Me hizo gracia la historieta del niño negro, ensordecido por el lejano estruendo de un avión de pasajeros que cruzaba los aires de su territorio, a quien tranquilizó su padre: "Son como los cangrejos o las langostas; sólo se come lo de dentro", En la suposición de que aún queden caníbales en alguna parte.

Aceptamos como normal el milagro de la televisión y no creo que haya mucha gente que intente explicarse, racionalmente, cómo es posible, con un teléfono móvil, hablar con Nueva Zelanda e incluso ver el rostro de nuestro corresponsal. Es la fe de uso diario. Vivimos habituados al espectáculo de nuestros semejantes -hombres, mujeres, menores- gesticulando y hablando solos en el rellano de la escalera, por la calle, en la cafetería, el autobús o el centro de trabajo, con una pequeña lata pegada a la oreja. Hoy quien no tiene un móvil se siente como quien, en otro tiempo, hubiera salido de visita sin calcetines. Los niños no son seres desvalidos, al contrario. Asumen, sin plantearse duda alguna, ni inquietud intelectual los inventos que surgen cada día. Los adaptan y usan de ellos con mucha más habilidad y naturalidad que los adultos. Coexisten todas las invenciones que nos facilitan la vida, con las guerras, el hambre, la explotación que sufren contemporáneamente millones de congéneres, aunque siga produciendo asombro que en las pateras o cayucos llegados hasta nuestras arenas, nunca falte el teléfono inalámbrico, que pide socorro o tranquiliza a los deudos sobre la feliz llegada.

Sobra gente o falta ocupación, que quizá existe en la vieja e insolidaria Europa. Que Madrid no tenga playas es deuda contraída con Felipe II, pero se ha convertido en tránsito para todos los que son excedentes y ahí les tenemos, en la ruta del Norte, siguiendo la inacabable caravana hacia las hostiles tierras hiperbóreas, con el propósito subliminal de volverse blancos con el frío, hipótesis que no tienen en qué sostenerse.

No es nueva la jeremiada de futuros desastres y siempre abundarán los adivinos a largo término. Las profecías de Nostradamus y los secretos de Fátima ya están fuera de plazo. Ahora, algunos sabios y ecologistas prevén el fin del mundo para dentro de dos o tres mil años, el tiempo que tarden las encarnizadas moléculas de la basura nuclear en liberarse y reducir a fosfatina nuestro planeta. Somos unos incorregibles irresponsables quizá porque esa remota destrucción nos va a pillar demasiado muertos. Una pizca de convivencia y solidaridad no vendría nada mal.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 29 de mayo de 2006