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Reportaje:Fútbol | Final de la Liga de Campeones

Torre Eiffel azulgrana

Los barcelonistas toman París junto a la tranquila hinchada del Arsenal

La explanada y los jardines de la Torre Eiffel, símbolo por excelencia de la Ciudad de la Luz, se convirtieron en un improvisado tapiz azulgrana salpicado por camisetas color burdeos del Arsenal, más desperdigadas. Cientos de culés, con camisetas, banderas y sombreros arlequinados, cantaron, botaron, corearon el nombre del Barça, encendieron alguna que otra bengala, no se olvidaron del Madrid y tampoco, incluso ayer, de un ex azulgrana portugués (Figo). En medio del jolgorio y de la ilusión, se acordaron también de Joan Laporta. El desigual reparto de las localidades -14.000 para hinchas y 7.000 para compromisos del club- ha hecho mucho daño en la masa social. "Laporta: ¿Dónde están nuestras entradas?", se leía en una pancarta llevada por cinco jóvenes, sin boletos, llegados en coche desde Barcelona. Ellos, todos socios, estuvieron en Londres (ante el Chelsea) y en San Siro (Milan). "El precio era muy caro. Y me duele que mucha gente por enchufe y que no ha ido en su vida a un campo esté en Saint Denis y nosotros no", contaba Alex.

Mezclado entre los hinchas ingleses estaba el padre de José Antonio Reyes

El descontento por el reparto de las entradas recorrió la distancia de París a Barcelona

El descontento recorrió la distancia desde París a Barcelona. Un oyente le recordó al presidente, entrevistado en Catalunya Ràdio, en la Maison de la Catalogne, que el club era de los socios. No encajó bien el reproche Laporta aludiendo que era un día para la fiesta. Pero no todo el mundo estaba ayer completamente feliz. Joan Bautista, de 37 años, funcionario público, de Mataró, tumbado en el césped, junto al cochecito de su hija Anna, de dos años, contenía cierta tristeza. En diciembre, reservó billetes para París para su familia y un apartamento para una semana coincidiendo con la final. No paró hasta que 20 socios le cedieron su número de carné para que participara en el sorteo de las 8.000 entradas. La teoría de probabilidad no le falló: sabía que le tocaría. Pero este hombre, que estuvo en las finales de Sevilla, Londres y Atenas, pensaba en su amigo Enric, que pagó 1.500 euros por tres entradas adquiridas a través de Internet y ayer no le habían llegado. Ha perdido varios kilos de peso. "Le he ofrecido la mía pero no ha querido venir", decía, resignado. "Yo voté a Laporta: ya puedes poner que no le votaré más".

"Yo sé lo que ha pasado", explica Juanjo Curto, de 36 años, de Tortosa, acompañado de su padre, ex empleado de banca, de 65, mientras descansa en un banco bajo la Torre Eiffel. "Nosotros hicimos 20 horas de cola en la agencia de viajes. Solo vendieron 13 entradas a las cinco primeras personas de la fila. Las otras 10, las despacharon a gente por teléfono a través de terminales. Lo vi yo. Todo ha sido una gran decepción".

El tren RER, camino del estadio, está abarrotado a media tarde. Los vagones se detienen casi una hora por un accidente pero nadie, pese a los nervios y el sofocante calor, pierde el buen humor. Como Francesc Colomé, concejal de cultura de Les Franqueses, el pueblo de Sergi Barjuán, afortunado en el sorteo no es tan crítico y es más comprensivo con la junta. "Yo no estoy enfadado en absoluto. Es normal que el club estuviera desbordado. Pese a que soy pro-Sandro Rosell, yo, a Laporta, le votaré", asegura.

La madrugada del martes al miércoles las calles de París fueron tomadas por los gunners, los seguidores del Arsenal, especialmente activos en la ingesta de pintas de cervezas. Los pubs ingleses de las calles colindantes al Boulevard de Saint Germain des Près acogieron la tranquila y pasional hinchada londinense. Será por ese trasnoche que la ciudad amaneció mayormente teñida de azul y grana. "Estamos durmiendo, guardando fuerzas para el partido", explicaba Hjaiam, de origen paquistaní, llegado de Londres ayer mismo. Más numerosos eran los hinchas granates que recorrían arriba y abajo los Campos Eliseos -mezclado entre ellos estaba el padre de José Antonio Reyes-, muchos con un insistente cartel en sus manos: "Serch tickets" (busco tickets), o bien "buy tickets" (compro entradas).

Al Arsenal le tocaron en el reparto 21.000 billetes pero se daba por hecho que no menos de 10.000 seguidores del conjunto londinense llegarían al estado sin localidad garantizada. A ojo de buen cubero, las previsiones se cumplieron, porque los alrededores del campo, donde Francia le ganó a Brasil la final del Mundial de 1998, eran un hervidero de tipos sin posibilidad de ver la final in situ. Uno de esos aficionados trató de colarse trepando por una valla de unos tres metros de altura con la mala fortuna de que se enganchó la entrepierna en los hierros y allí se quedó sangrando, sin posibilidad alguna de moverse, durante bastantes minutos. Los servicios de socorrro tardaron un buen rato en acceder donde estaba el aficionado en cuestión y dada la dificultad que suponía su evacuación empezaron a aplicarle y a suministrarle suero mientras estaba todavía encaramado a la reja.

Los hinchas ingleses se mezclaron con normalidad con los barcelonistas. Peter F, un honrado taxista según se define él mismo, sabía desde el principio de curso que si el Arsenal jugaba la final, él tendría entrada, por eso paga su carnet -casi 700 euros- para seguir al Arsenal en sus desplazamientos europeos desde hace 15 años, cuando su esposa le dio a elegir entre ella o el Arsenal. "Escogí el equipo, por supuesto". Ayer volvió a París, donde estuvo en el 95, cuando un gol de Nayim le dio al Zaragoza la Recopa en el Parque de los Príncipes. "Esta vez será diferente. Esta vez, tenemos a Henry", decía convencido.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 18 de mayo de 2006