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Necrológica:

María Yllera y sus libros de arte

Fue el alma de la Librería Argensola

María Yllera nació en Santander en 1955. Licenciada en Historia del Arte, era la propietaria de la Librería de Arte Argensola -punto de encuentro de actividades culturales- y, en los últimos años, la responsable de las publicaciones y de la tienda-librería del Museo Thyssen Bornemisza. Falleció el 19 de abril.

Hace veinte años -de todo hace ya veinte años, como es sabido- había en Madrid una librería que, como todas las buenas librerías, era algo más que un espacio donde se despachaban libros: la Librería de Arte Argensola.

Ningún estudiante de Bellas Artes de la época, ningún pintor novel o consagrado, ningún crítico, historiador, coleccionista o simplemente interesado por el arte, dejaba de frecuentarla. Situada en la calle del mismo nombre, era lugar de encuentro de buena parte de la juventud de la época.

A la Librería Argensola se iba a comprar libros, pero también a conocer novedades, intercambiar ideas, pedir títulos inencontrables o, simplemente, a hacer un rato de tertulia artístico-político-cultural-festiva.

El alma de todo de todo aquello -porque estos oasis siempre tienen un alma- era una chica santanderina, rubia, tan inteligente como eficaz, tan activa como sensible, con eso que ahora se denomina "antena para las tendencias", llamada María Yllera. María era absolutamente representativa de las chicas de aquellos años 70 y 80: culta, progresista, decidida, valiente, alegre y con una vitalidad a prueba de cualquier obstáculo.

Curiosamente, todas aquellas características que la definían en los años 80 fueron creciendo después. Nada se desdibujó o se perdió por el camino, como con tanta frecuencia sucede. En los últimos seis o siete años, desde su Librería Argensola inicial hasta su actual responsabilidad en el Museo Thyssen-Bornemisza, la personalidad de María Yllera se fue tallando para hacerse cada vez más fuerte, sólida e imprescindible en su trabajo y para sus próximos. Y así, hasta convertirse, sin grandes gestos ni solemnidades huecas, sólo observando su manera de encarar la vida, en una persona, no sólo querida, sino enormemente admirada por cuantos nos relacionábamos con ella.

Anteayer murió María. Tenía 50 años, un compañero de vida llamado Miguel, una familia bien cercana y un sinfín de amigos para los que palabras tan hermosas, y generalmente tan abstractas, como "entereza moral" o "fortaleza de carácter", tienen desde ahora su rostro y su sonrisa.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 21 de abril de 2006