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Reportaje:Un año de pontificado

Doce meses con pocos sobresaltos

El Papa ha ofrecido un año de gestos conciliadores, pero sin consecuencias, con los diferentes sectores católicos

Juan Arias

El papa Benedicto XVI cumple pasado mañana un año de pontificado. Y ayer celebró sus 79 años. A los jefes de Estado se les suelen conceder 90 días de sosiego para darles tiempo a manifestar su talante. Los años de la Iglesia son más lentos porque se miden con otros relojes que los del tiempo. Un año, pues, no es mucho para que un Papa pueda revelar la cara de lo que pretende hacer con la Iglesia. Pero tampoco es poco para prever sus líneas maestras. Resumiendo, se podría decir que el pontificado de Joseph Ratzinger, el que fue azote de los teólogos modernos, ha transcurrido sin sobresaltos. Ha sido más bien de color ceniza, con pocos relieves.

Juan XXIII, a pesar de haber sido elegido Papa ya anciano, sorprendió enseguida al mundo convocando un nuevo Concilio Ecuménico, el Vaticano II, el gesto más revolucionario del siglo pasado en la Iglesia. Pablo VI acabó el Concilio e inauguró los viajes internacionales por los cuatro continentes. Juan Pablo I, a pesar de haber reinado apenas un mes, murió al día siguiente de haber presentado unos cambios en la Curia Romana tan radicales que los cardenales acabaron gritándole en la cara. Quizá murió de infarto por aquel susto. Es que quería dejar el Vaticano e irse con los cardenales a vivir a un suburbio pobre de Roma.

Algunos optimistas pensaron que como Papa reservaría sorpresas. No lo hizo
Se ha mantenido en la misma línea de rigor que cuando era el cardenal Ratzinger
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Benedicto XVI, refinado intelectual, pianista, enamorado de Mozart, conocedor de 10 lenguas y siete veces doctor honoris causa alrededor del mundo, en su primer año de pontificado no produjo sobresalto alguno, si se exceptúa su entrevista de cuatro horas con el teólogo suizo Hans Küng, uno de los mayores críticos de la Iglesia. Pero aquel gesto, que podía haber sido el primero de una gran reconciliación con los teólogos por él condenados cuando era prefecto de la Congregación de la Fe, quedó sepultado con los gestos siguientes de sus flirteos con los superconservadores de Lefevre, excomulgado por Pablo VI; de su discurso apocalíptico de apertura del primer Sínodo de Obispos por él convocado y por su primera encíclica, Dios es amor, poética si se quiere, pero que no abordó ninguno de los grandes problemas que hoy acucian a la humanidad, resolviéndose en sus aspectos espiritualistas.

Algunos optimistas, incluso dentro del mundo progresista, querían hacerse ilusiones de que Benedicto XVI, precisamente por haber sido tan duro como cancerbero de la fe, podría reservar sorpresas como Papa. No lo hizo.

Otros se han contentado con el hecho de que no ha sido tan conservador como se podía esperar. Lo cierto es que Benedicto XVI, a pesar de algunos gestos externos enviados para la galería, se ha mantenido en la misma línea de rigor de cuando era el cardenal Ratzinger. La misma intransigencia teológica en temas que un Papa podría resolver sin acudir siquiera a los obispos o con una simple consulta. Tuvo la ocasión para ello en el Sínodo. No lo hizo. Temas como el sacerdocio de la mujer, el celibato obligatorio, los sacramentos a los divorciados -a no ser que se considere una apertura que dos divorciados puedan comulgar si se comprometen a mantener castidad dentro del segundo matrimonio-, la apertura a los anticonceptivos, al matrimonio de los homosexuales, el abandono del título y de las prerrogativas de jefe de Estado y el perdón a todos los teólogos condenados por la Iglesia, fundamentalmente por él cuando era prefecto del ex Santo Oficio.

A todo ello hay que añadir la promulgación del catecismo de marras con 800 preguntas como una vuelta al Concilio de Trento. Ya el catecismo universal de la Iglesia anterior, en el que Ratzinger había tenido tanta parte, fue criticado por no pocos obispos, ya que es difícil un catecismo único en su formulación para comunidades cristianas tan diferentes como, por ejemplo, las de las grandes metrópolis y las de los poblados pobres de África o de Brasil.

Hay que subrayar que Benedicto XVI ha hablado con énfasis de la necesidad de la paz, de la fraternidad universal, del ecumenismo, es decir, del diálogo de la Iglesia con las otras religiones no cristianas y con las iglesias protestantes. Parece algo muy ingenuo. ¿Es siquiera imaginable que un Papa, por conservador que sea, pueda estar a favor de la guerra, en contra de la fraternidad universal y de que la Iglesia dialogue con las otras religiones? Otra cosa sería si Benedicto XVI condenara solemnemente la guerra, todas las guerras; si declarase que hombres y mujeres son iguales ante Dios, y por tanto ante la Iglesia, y permitiese a las mujeres ser sacerdotes. O si se sentara con los demás líderes religiosos del mundo para buscar juntos lo que de verdad existe en cada una de las religiones sin seguir defendiendo que "fuera de la Iglesia Católica no existe salvación".

Porque bajo ese principio no hay ecumenismo posible. Nada de esto hemos visto en éste su primer año de pontificado. Aunque la esperanza es lo único que se pierde.

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