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Crónica:CIENCIA FICCIÓN

¡Agua va!, o de 'tsunamis' y 'megatsunamis'

¿CÓMO VIVIRÍA EL DÍA DE HOY, de mañana o la semana que viene si supiera que el fin del mundo puede tener lugar dentro de un año? Una minúscula mancha brillante, apenas perceptible con un modesto telescopio... Un cometa, el Wolf-Biederman, se acerca a la Tierra siguiendo un curso de colisión.

El probable impacto podría significar la extinción de toda forma de vida sobre el planeta. Argumento perteneciente a Deep impact (1998), filme catastrofista políticamente correcto, dirigido por una mujer -Mimi Leder- y con un presidente de Estados Unidos encarnado por un actor negro -Morgan Freeman-. La portada original de la película no puede ser más explícita: dos adolescentes se funden en un abrazo sobre la silueta de una Nueva York anegada por una ola gigantesca. Acaso para añadir todavía mayores dosis de dramatismo, un texto sobreimpresionado reza: Los océanos se desbordan. Las ciudades desaparecen. La esperanza sobrevive...

Cuando las aguas del océano Índico no parecen todavía haber recuperado la calma tras el devastador tsunami del 26 de diciembre de 2004, centraremos este artículo en estos fenómenos marinos, tan curiosos como devastadores.

El término tsunami deriva de dos vocablos japoneses, tsu ('puerto') y nami ('olas'), y fue acuñado por sorprendidos pescadores que, ocasionalmente, regresaban a puerto tras faenar sin incidencias notables en alta mar y encontraron un panorama dantesco de muerte y destrucción. Los tsunamis constituyen una serie de olas generadas por el desplazamiento a gran escala de una cantidad masiva de agua (ya sea en un océano, un mar o un lago). ¿En qué se distingue un tsunami de una ola convencional?

En primer lugar, en su origen: las olas marinas convencionales pueden generarse por causas diversas (gravedad, presión atmosférica); la principal es la acción del viento, cuya intensidad determina el tamaño y la velocidad de las olas. Por el contrario, los desplazamientos de agua que originan un tsunami pueden deberse a causas tales como terremotos submarinos, corrimientos de tierra, erupciones volcánicas e incluso impactos meteoríticos de tamaño respetable.

Parte de la energía liberada por el terremoto o el fenómeno responsable, se comunica al agua. El consiguiente ligero ascenso del nivel del mar constituye la semilla del tsunami. Mientras que un frente de olas convencional se desplaza a una velocidad que oscila entre 10 y 100 kilómetros por hora (con una distancia entre las olas de hasta 100 o 200 metros), un tsunami alcanza entre 800 y 1.000 kilómetros por hora en alta mar (la distancia entre las olas es del orden de 100 kilómetros o más).

Un tsunami se desplaza a mayor velocidad por aguas profundas, donde su altura media sobre el nivel del mar puede ser inferior a un metro (y ser apenas discernible). Al alcanzar las aguas poco profundas de un litoral, la ola se comprime, se lentifica (típicamente, a velocidades del orden de 50 kilómetros por hora) y adquiere un mayor tamaño, que llega a ser de entre 10 y 30 metros de altura. La zona de mayor riesgo durante una alerta de tsunami suele situarse a una distancia de la orilla de hasta uno o dos kilómetros, y altitudes de 15 o 20 metros.

Se trata de manifestaciones macabras que prueban cómo las olas (un tipo de onda particular) pueden transportar energía y cantidad de movimiento.

Películas como Deep impact o El día de mañana han analizado las consecuencias de tsunamis de extraordinaria virulencia (coloquialmente conocidos como megatsunamis), cuya altura característica podría alcanzar 100 metros.

Pese a que los registros geológicos sugieren que los megatsunamis son fenómenos poco habituales, corrimientos masivos de tierra, grandes erupciones volcánicas o impactos meteoríticos de gran magnitud podrían originar su aparición.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 6 de abril de 2006