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París, la ciudad de los mil rostros

El Ayuntamiento presenta una exposición en la que se muestra la especial relación entre la capital francesa y el cine

Ernst Lubitsch decía conocer "París-MGM, París-Paramount y París en Francia. París-Paramount me parece la más parisina de las tres". Las ciudades son, también, hijas de su imagen. Es difícil llegar a París por primera vez -o a Nueva York, Londres, Roma o Venecia, pero no a muchas otras ciudades- sin tener la sensación de estar viendo algo que ya conocemos. El cine -y la televisión y, en menor medida, la pintura, los libros o la música- ha contribuido a forjar la imagen de la ciudad, a difundirla, a tipificarla. Ese fenómeno es el que explora una gran exposición, Paris au cinéma, abierta en el Ayuntamiento de la capital francesa desde ayer y hasta el próximo 30 de junio.

Louis y Auguste Lumière organizaron el 28 de diciembre de 1895 la primera proyección pública de una película en el Grand Café del bulevar de Capucines, en el centro de París. Así nació el cine. Y esa primera proyección va precedida de unos primeros rodajes. Las calles de París son protagonistas de las primeras imágenes de cine, la ciudad es protagonista desde el primer golpe de manivela del llamado "séptimo arte". Georges Méliès, ya en 1896, inventa los primeros efectos especiales -desapariciones de personajes- mientras los Lumière, al subir su cámara en el ascensor de la torre Eiffel, ruedan sin querer el primer travelling conocido. De los 1.400 filmes documentales rodados por los Lumière y distribuidos por todo el mundo, 171 presentan las calles de París.

Los Lumière, al subir su cámara en el ascensor de la torre Eiffel, ruedan sin querer el primer 'travelling'

En 1957, Stanley Donen dirige Funny Face, que envía a París a un fotógrafo de moda y a una librera. El glamour y la cultura, la frivolidad y el pensamiento. Son dos valores asociados a la imagen de París, también capital de enamorados -"siempre nos quedará París" se dice en Casablanca- o metrópoli de perdición: la prostitución y los gánsteres forman parte del decorado parisiense, aunque sean distintos de los de Chicago, como distinto es el rouge del whisky.

La exposición evoca los mil rostros de la ciudad, que Max Linder -la primera estrella mundial del cine- explotó para sus andanzas de pícaro elegante mientras Musidora lo hacía para darle una dimensión fantástica y surrealista. El mal conocido André Antoine rodó en 1917 el que debe ser el primer melodrama neorrealista de la historia sirviéndose de decorados naturales de París, en perfecto acorde con la sobriedad interpretativa de un folletín que se prestaba a todos los excesos. La vanguardia, con René Clair, L'Herbier, Man Ray, Delluc, Epstein, Buñuel y tantos otros, explotó otra faceta de la ciudad, a través de decorados art déco, o de un montaje y sobreimpresiones que permiten abrir la puerta al irrealismo.

La realidad poetizada por Marcel Carné, Claude Autant-Lara, Julien Duvivier y Clair se ha confundido con la realidad estricta de París durante muchos años. Las callejuelas de adoquinado reluciente; los escalones de piedra que serpentean en medio de lilas; los tipos con gorra, el cuello de la chaqueta levantado, cigarrillo en la boca y barra de pan bajo el brazo; las chicas que hacen mohínes como si estuvieran eternamente enfadadas; y los bistrots, el que todo se resuelva comiendo alrededor de la mesa o acodado a la barra del bar forma parte de una idea de París en la que Jean Gabin, Marcel Dalio, Michelle Morgan o Arletty son tan habituales como ciertos oficios inimaginables en otras latitudes, como el de costurera especializada en desfile de modas.

Podemos ver París con los ojos de Renoir, que sabe que todo el mundo tiene sus razones, o con los de Godard, que hace sociología de los elementos de descomposición del tejido urbano que introduce la modernidad. París es un sueño para los americanos -Gene Kelly, Gershwin, Minnelli, Lubitsch, Billy Wilder, Lawrence Kasdan, Georges Sydney y tantos otros- pero también para muchos europeos. Un sueño que puede convertirse en pesadilla, como ocurre en Frantic, de Polanski, o en Charada, de Donen. Algunos cineastas son más parisienses que el propio París -es el caso de Jacques Rivette-, otros lo han visto deshumanizarse -Tati, Clément, Melville, Losey-, algunos lo han imaginado cubierto por la arena -Klapisch en Peut-être-, mientras que no faltan quienes se reinventan la vida de barrio -Venus Beauté (Institut), de Toni Marshall-. La explosión de los suburbios encontraba su plasmación en La Haine, de Kassovitz, diez años antes de que se produjese de verdad.

En total, la exposición recoge fotos o secuencias de casi 600 películas, de 1895 a 2007. Y para resumir ese magma, una sola imagen, la del cartel, que muestra a Jeanne Moreau, errando, de noche, guapísima, por las calles de un París moderno. Es un fotograma de Ascensor para el cadalso, que Louis Malle realizara en 1957. Definitivamente, Moreau es París.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 3 de marzo de 2006