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COLUMNA

Rogativas

Hubo un tiempo, no lejano, en el que el Athletic, el propio Athletic de Bilbao, estaba para bajar a segunda. Llevaba meses sin ganar partido y peleaba por el último puesto de la tabla, con alguna fortuna en tal empeño. La ciudad, hay que decirlo, estaba deprimida. Al bilbaíno le resulta traumático imaginar a su equipo de fútbol en segunda división. El simple pensamiento de que pueda suceder estremece a los ciudadanos. Por unas semanas, el fantasma del hecho fatal sacudió a las masas. Las conversaciones y las miradas tenían un no sé qué de angustia trascendente.

Así, a nadie sorprendió que una peña del Athletic acudiese al remedio extremo: subir a la Basílica en procesión cívico-futbolística y realizar una ofrenda floral -las flores combinaban sabiamente el rojo y el blanco- a la Virgen de Begoña. Hasta ese punto habían llegado las cosas. Fue mano de santo. Esa misma jornada volvió a ganar el equipo, tras tanto tiempo. Desde entonces todo va viento en popa. Persisten rémoras, no ganan siempre, pero el riesgo de descender se aleja. Ha desaparecido la desazón vital que azotaba a la ciudad, se ve el futuro con algún optimismo. Las miradas han cambiado. Se celebrará la Navidad.

Vale. Se dirá que la procesión tuvo un punto de folclore y que era reminiscencia atávica sin sentido en un mundo de modernidades. De acuerdo. Pero al día siguiente de su primera hazaña puedo atestiguar que se había disparado en Bilbao la devoción a la Virgen de Begoña. Buena parte de la ciudadanía consideraba que algo había tenido que ver en la victoria. Hasta pillé a alguno, feliz, preguntándose si no se le habría ido la mano, pues a la vez habían perdido todos los equipos que tenían que perder (desde el punto de vista del Athletic, claro está).

Lo anterior viene a colación pues muestra la persistencia de una mentalidad primigenia. Un colega -de la Real, off course- me aseguraba que la iniciativa (bilbaína) resultaba ridícula y señal de impotencia colectiva. Argumentaba que no puede ser que lo sobrenatural intervenga en nimiedades como el fútbol; y menos aún que lo haga con la parcialidad de favorecer a un solo equipo. Pero el razonamiento falla por ambas patas. No se ve favoritismo celestial, pues sólo los de Bilbao han implorado intervenciones de lo alto, por lo que parece justo que sean los premiados. Además, aquí y ahora, el fútbol no es menudencia ni asunto trivial, pues está hecho de cuestiones esenciales: de creencias, mitos, fe colectiva, amores y fobias, pasiones. Simboliza la persistencia de la premodernidad entre nosotros, nuestra tendencia a la tribalidad y a los valores ancestrales, atávicos, seculares e inamovibles.

No quiero decir que para los demás problemas del País -los peores residen en la irracionalidad- haya que realizar a la fuerza ofrendas en masa a las distintas Vírgenes que inundan la geografía patria. Además de reconocer nuestra impotencia de tipo medieval, quedaría fatal en las promociones de la imagen vasca. Aunque, en sentido contrario, podría alegarse que suelen exhibirse gentes arrastrando piedras, gentes comiendo sin denuedo los manjares que nos gustan, gentes con ikurriñas a tutiplén en las etapas del Tour, gentes caminando sin parar para defender y/o imponer un idioma (de todo hay), gentes apoyando terroristas, gentes apoyando a gentes que niegan que apoyan terroristas, por doquier gentes llenas de fe.

Gentes llenas de fe, pues no creen en lo que ven y ven personas y, sin embargo, sostienen que lo nuestro responde a destinos seculares, providenciales e inevitables. Así que quizás convengan peregrinaciones a todos los santuarios patrios, sean religiosos, políticos, artísticos, gubernamentales, lingüísticos... rogando salir de las barbaries. Demostraría algún arranque y a lo mejor nos atraería favores celestiales. Quién sabe.

Lo del Athletic y la Virgen de Begoña tiene precedentes. En tiempos, si había sequía, se sacaba en procesión al santo del pueblo implorando lluvia. Sería imposible convencer al vecindario, en plan científico, de que su gesta había sido superflua, si caía un buen chaparrón y se acababa el problema. No sólo el santo, también el vecindario había mostrado voluntad de arreglar su problema colectivo (no solían apedrear al santo). Pues eso.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 22 de diciembre de 2005