Selecciona Edición
Conéctate
Selecciona Edición
Tamaño letra
COLUMNA

Palabras

"Las palabras entonces no sirven, son palabras". Así decían los versos de Blas de Otero. Las palabras no siempre sirven, ni tan siquiera describen la realidad. Mestizaje, encuentro, diversidad, multiculturalidad, pluralismo religioso, palabras que, como la mercromina, alivian las heridas leves, pero se pierden como la arena entre las manos cuando una sociedad pierde el control de lo que pasa. Las palabras entonces no sirven, por mucho que, como decía Robert Hughes, hayamos querido creer que las palabras son una especie de Santuario de Lourdes Verbal al que podemos mandar cualquier incidente social que nos afecte. Las palabras ofrecen el espejismo de que vivimos en una sociedad más justa. A un negro ya no le llamamos negro, ni decimos que una mujer es una puta, ni llamamos moro al marroquí. Son gestos, pero lo inquietante es que los políticos y las fuerzas sociales crean que con eso ya están los deberes hechos, que vuelvan a casa felices, llevando en la cartera su cuadernillo de lenguaje. Pero no, ya sabemos que lo que cambia la convivencia son las medidas que entran a saco, las que intervienen en los barrios de inmigrantes mucho antes de que se que conviertan en lugares donde el Estado pierde el control absoluto de lo que pasa. A qué viene la cara de sorpresa luego: el ataque estaba latente desde hacía tiempo, y al Estado francés, modélico en estructura y educación, le han colado un gol. El mismo gol puede repetirse en otros tantos Estados europeos, en los que, al margen de haber inventado un vocabulario que a estas alturas ya parece de los mundos de Yuppi, no se ha afrontado esa realidad que llama violentamente a la puerta. Nunca ha sido fácil la relación del que llega con el que está. Aquí mismo, en esta Tercera Avenida donde vivo, a principios del siglo XX, los irlandeses católicos atacaban a los judíos y se peleaban a muerte con los italianos. Pero el mundo ha cambiado, se supone que hay que intervenir para preservar la razón, aparcar las palabras curativas y remangarse, aceptar que si no es fácil ofrecer derechos al que llega, tampoco lo es exigirle deberes, y más difícil aún comprometerle en la educación de sus hijos, para que sean ciudadanos integrados en el mundo que sus padres eligieron, no absurdamente nostálgicos del que sólo han conocido a través de predicadores embusteros.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 9 de noviembre de 2005