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Inflación y déficit al alza

La publicación de los datos de inflación y de balanza de pagos supone un mal trago cada mes para los responsables de la economía española y, más aún, para el conjunto de los ciudadanos. Son una especie de aguafiestas o de Pepito Grillo que nos recuerda que no todo va bien y que el futuro no está despejado. Según el último IPC, la inflación aumentó en septiembre cuatro décimas, hasta el 3,7%. El acelerón estaba previsto, y en sus tres cuartas partes se debió a la subida de los precios del petróleo. El componente de productos energéticos acumula una subida en los 12 últimos años del 15% y su volatilidad determina los toboganes que muestra la evolución de la inflación total en este periodo (véase gráfico izquierdo). La inflación subyacente muestra, en cambio, una desaceleración desde comienzos del año, aunque en septiembre también aumentó una décima, hasta el 2,5%, debido fundamentalmente al alza de los impuestos sobre el alcohol y el tabaco y al aumento de los precios del vestido y del calzado. La subida mensual de este último componente, que en septiembre es muy acusada tras las rebajas del verano, fue superior a la del año anterior, por lo que la tasa interanual repuntó unas décimas, hasta el 1,2%. Esta cifra puede parecer baja, pero no lo es si tenemos en cuenta que estos productos provienen cada vez en mayor medida de Asia y otras zonas emergentes, a precios muy inferiores a los de producción nacional. De hecho, la inflación anual de este componente es negativa (-0,7%) en el conjunto de la UE, lo que pone de manifiesto que algo, o mucho, funciona mal en nuestros mercados y que, por eso, sólo unos pocos se benefician de la globalización, mientras la mayoría nos quedamos con los efectos negativos.

Las previsiones para el año apuntan a un déficit por cuenta corriente equivalente al 8% del PIB

Tras el dato de septiembre, las previsiones de inflación para los próximos meses apenas han cambiado. Tras un respiro en octubre, en que podría bajar un par de décimas, se orientará de nuevo al alza, cerrará el año en el 4% y superará esta cifra en enero, para después flexionar a la baja y terminar en diciembre del próximo año en torno al 2,5%. Todo esto bajo la hipótesis de que el precio del petróleo y el tipo de cambio euro-dólar se mantengan cerca de los niveles actuales.

El déficit de la balanza de pagos por cuenta corriente aumentó en julio un 17% respecto al mismo mes de 2004, cifra que supone una moderación si tenemos en cuenta que el aumento acumulado hasta junio fue del 77%. No obstante, esto no puede considerarse un cambio de tendencia, sino algo propio de la volatilidad de los datos mensuales. Esta volatilidad explica en gran medida que las tasas de crecimiento del comercio de bienes registraran una fuerte caída en dicho mes (gráfico central), tanto en la vertiente exportadora como en la importadora, si bien manteniendo la brecha entre ambas. En todo caso, la exportación no da signos de recuperación y, como mucho, la tasa negativa acumulada hasta julio (-1,1% en términos reales) podría llegar a poco más de cero para el conjunto del año. Las importaciones también se están desacelerando, como consecuencia de la propia caída de las exportaciones y, probablemente (los datos disponibles al respecto son escasos), de una incipiente moderación de la demanda interna. Las previsiones para el conjunto del año apuntan a un déficit por cuenta corriente equivalente al 8% del PIB, dos puntos y medio más que en 2004. De ellos, aproximadamente un punto corresponderá al aumento de la factura energética.

Ángel Laborda es director de coyuntura de la Fundación de las Cajas de Ahorros (FUNCAS).

* Este artículo apareció en la edición impresa del sábado, 22 de octubre de 2005.

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