El Infinito

El tornado Aznar, conocido ya por El Infinito, en acertado y oblicuo sambenito de Rajoy, está causando grandes efectos en el extranjero. Su intervención en Washington fue seguida de una caída sin precedentes en el índice de popularidad de Bush. Su soflama en México hermanó definitivamente la política internacional del conservador presidente Fox a la del Gobierno español. Y su protagonismo en la prensa italiana ha incrementado el interés por Zapatero y las ansias de poner fin a la era Berlusconi. Mientras Aznar difunde con entusiasmo el desastre español, en Roma han vuelto los pasquines a la plaza de Pasquino, con la escultura simbólicamente amordazada, y allí España se escribe a mano como sinónimo de un nuevo orgullo ciudadano.
Aznar, y su círculo, se mueven por el instinto mediático propio de la sociedad del riesgo, donde las ideologías han sido sustituidas por los fenómenos atmosféricos. La gente cree que cuando se reúne el Observatorio Aznar se hacen sesudos análisis y prospectivas socio-políticas. Al fin y al cabo, el aspecto intelectual de Aznar cada vez lo acerca más al sutil retrato del marqués de Cícero, por Galdós, en Lo prohibido: "Aquella cabeza digna de encerrar talento". Pues no. Lo que se estudia en ese Observatorio es la estrategia de los huracanes. Cómo buscar un hueco entre el Katrina y el Wilma.
Cuenta una leyenda que en la antigüedad había en Toledo una gran finca misteriosa llamada Casa de Hércules donde quien entraba era apabullado por voces con siniestras predicciones. En los sótanos había una caverna cerrada con una puerta de cobre. Sólo los temerarios o duros de oído llegaban allí y se atrevían a franquear el límite. Era donde estaban grabadas las palabras: "Es llegado el último día para la España". Esa profecía, reabierta a conveniencia, ha sido durante siglos una de las explotaciones más rentables de la historia. Ha habido gente que se la creyó y sufría. Y ha habido muchos rentistas de la profecía. Ahora quieren hacer de España un parque temático del Desastre y El Infinito va y viene con la llave de la cueva, quebrando esa confianza básica de la que hablaban los padres fundadores de la democracia americana. Pero a España no le ha llegado el último día. Al contrario. Está en uno de sus tiempos históricos más esperanzadores.
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