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COLUMNA

Sintonías

Hubo un tiempo en que llevar en la muñeca un Rolex de oro, tener un Audi o usar una corbata de Hugo Boss le daba a algunos primates superiores la autoridad suficiente para ir por el mundo diciendo: "Oiga que usted no sabe con quién está hablando". Pero ahora ni las joyas, ni el automóvil ni la ropa de marca representan nada si lo comparamos con el tono de llamada que uno tiene en el teléfono móvil.

Ya no queda ningún territorio virgen fuera de la órbita de la telefonía móvil y la música que suena en cada aparato se ha convertido en el principal elemento de distinción. Las aceras, los cafés, el transporte público, las consultas de los médicos y hasta los pasillos de los tanatorios son lugares donde en el momento menos pensado puede sorprendernos el himno del Barça, la novena de Beethoven o el carrasclás. Uno puede ir tranquilamente caminando de su corazón a sus asuntos por cualquier acera de este mundo o puede ir leyendo en el tren un novelón de Faulkner, voluntariamente aislado en una lejanía elegida, que siempre llega el momento inevitable en que suena la dichosa musiquilla y entonces se acabaron los idílicos algodonales de Louisiana. Lo que yo me pregunto es que si la gente usa el móvil para hablar con sus hijos, el fontanero, la esteticién, el amante y hasta con una asociación de ayuda al peregrino, para quién demonios reservará el teléfono fijo.

Se dice que esta época es la más comunicada de la historia y si lo fuese realmente, no habría nada que objetar. Sin embargo, a mí me asalta la sospecha de que estamos atravesando uno de los momentos de mayor incomunicación de todos los tiempos, sólo que nos vemos obligados a comunicarnos de un modo vertiginoso y hasta compulsivo por imperativos tecnológicos. Parecerá lo mismo, pero no lo es. Del mismo modo que no es igual tomar el AVE en Madrid porque uno tiene mucha prisa en llegar a Sevilla, que llegar a Sevilla antes de tiempo por haber tomado el AVE. Nadie duda de que los trenes de alta velocidad suponen un avance en cuanto a la duración del trayecto respecto a los trenes convencionales y el hecho de que uno no tenga la menor prisa en llegar a su destino carece completamente de importancia. El progreso tecnológico se acaba imponiendo con tal fuerza que a nadie se le ocurre viajar en intercity cuando puede tomar el AVE y supongo que por esa misma razón mucha gente, pudiendo hablar por el móvil con todo el mundo, no habla ya directamente con casi nadie.

Desde que Nokia en el año 1991 comercializó el primer tono de móvil con el gran vals para guitarra clásica de Francisco Tárrega, los tonos de llamada identificables se han convertido en un negocio que mueve miles de millones de euros a la vez que constituye uno de los mayores incordios públicos de nuestra sufrida civilización. Los adolescentes de todo el mundo aprendieron a bajarse tonos descargables como señas de identidad dentro del abismo trivial de la vida y en el Reino Unido hay tonos de llamada de móvil que ya han entrado en las listas musicales de los más vendidos por delante de artistas como U2. Pero lo último son los sonidos originales.

El nuevo modelo de Nokia incorpora un tono de llamada original del compositor Ryuichi Sakamoto. No sé hasta dónde llegará esta moda dentro del mercado discográfico. El otro día se vio por televisión a un subsahariano en medio del desierto al borde de la inanición pidiendo ayuda con un móvil que había sonado con los primeros compases del Himno de la Alegría.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 15 de octubre de 2005