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Editorial:

Terrorismo reiterativo

Tres años después de los atentados que provocaron 202 muertos y 300 heridos, la isla indonesia de Bali ha sido de nuevo objetivo de esa forma singular de fanatismo que simboliza el nombre de Al Qaeda. Tres terroristas suicidas hicieron explotar otras tantas mochilas cargadas de explosivos en locales turísticos, ocasionando 26 muertos y 120 heridos de siete nacionalidades diferentes. En 2002 la mayoría de las víctimas eran jóvenes australianos de vacaciones. Ahora lo son personas de cualquier edad y nacionalidad sin otro rasgo en común que el de estar allí: en un lugar frecuentado por occidentales.

El actual terrorismo de masas de raíz islámica tiene poco que ver con otras manifestaciones históricas del terrorismo, ya sea de inspiración nacionalista o revolucionaria. Pero mantiene una cierta continuidad en dos rasgos: la invocación de la venganza como motivación y la tendencia a la reiteración. Esto último se comprobó, en el caso de Al Qaeda, con su obsesión por las Torres Gemelas de Nueva York, contra las que ya habían atentado (provocando seis muertos y casi un millar de heridos) ocho años antes del 11-S. Ahora la franquicia local de Al Queda en Bali ha querido repetir la matanza de hace tres años en escenarios y circunstancias similares. Algunos de los autores de aquella matanza fueron detenidos, juzgados y condenados a muerte, aunque las sentencias, recurridas, no se han ejecutado. La necesidad de vengar esas condenas no faltará de la reivindicación de la nueva matanza.

Bali es una isla de mayoría hindú en un país mayoritariamente islámico. Ello, más su condición de centro turístico internacional, lo convierte en foco de atracción para este tipo de fanáticos con mentalidad puritana. En la reciente sentencia de la Audiencia Nacional contra una célula de Al Qaeda se describe la motivación de quienes, partiendo de la "necesidad ineludible de imponer a todo humano sus postulados religiosos y su forma de vida" y de "hacerlo por la fuerza, costase lo que costase", considera que "morir luchando contra los infieles es un privilegio" y que los medios "cuanto más terroríficos, mejor, que así el pánico doblegará las voluntades".

Matar al azar, como en los trenes del 11-M, y en venganza por hechos de los que las víctimas no tienen responsabilidad alguna define, junto a la tendencia a la reiteración, este nuevo terrorismo sin fronteras. Todo un aviso de que el peligro sigue latente y de que la lucha contra él requiere la cooperación de todos los países.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 3 de octubre de 2005