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Editorial:

Irán, crecido

Los iraníes se sienten progresivamente seguros sobre sus ambiciones nucleares a la vista de las evidentes discrepancias dentro del Organismo Internacional de Energía Nuclear (OIEA) sobre cómo confrontarlas. En el órgano de vigilancia atómica de la ONU, Rusia, uno de los aliados de Teherán, se opone frontalmente a las presiones estadounidenses y europeas para trasladar el incumplimiento iraní al Consejo de Seguridad, antesala de eventuales sanciones internacionales. La troika comunitaria (Reino Unido, Francia y Alemania), que parecía tener clara la necesidad de este paso, ha perdido fuelle ante la desgana de casi la mitad de los 35 miembros del OIEA para presionar enérgicamente a Irán al abandono de sus programas de enriquecimiento de uranio.

El régimen teocrático ha advertido esta semana que revisará su pertenencia al Tratado de No Proliferación si sus actividades atómicas son denunciadas ante el máximo organismo de la ONU. Baladronada o no, el nuevo y ultraconservador presidente iraní ya anunció en la reciente asamblea general de Nueva York que no se plegaría a las presiones occidentales. Los ayatolás siguen asegurando que sus trabajos nucleares son de ámbito puramente civil, pero EE UU y la UE tienen muchas y buenas razones para no creerlo después de 20 años de engaños de Teherán a los inspectores de Naciones Unidas. En agosto pasado, Irán reanudó los preparativos para enriquecer uranio, antesala del plutonio, lo que motivó la suspensión de las dilatadas negociaciones con los tres mediadores europeos.

Teherán también tiene buenos motivos para sostener su intransigencia. Unos tienen que ver con el imparable empantanamiento de Washington en Irak o las catástrofes naturales que sacuden el corazón petrolífero de EE UU y hacen más vital que nunca el suministro garantizado de crudo. Otros están relacionados con aliados influyentes, como Rusia y China, miembros del OIEA y ambos con derecho de veto en el Consejo de Seguridad. Moscú ve en Irán un vivero prometedor para su languideciente industria atómica. Pekín confía en los ayatolás para sus ingentes necesidades energéticas durante las próximas décadas. India tiene también importantes acuerdos gasísticos. Ninguno quiere comprometer sus intereses. El dilema para Washington y la UE es que una resolución conseguida con fórceps en Viena puede resquebrajar el ya dividido organismo supervisor y acabar haciendo irrelevante su mensaje contra Irán.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 24 de septiembre de 2005