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Reportaje:VUELTA 2005

Retiradas sospechosas

La lucha antidopaje toma atajos subterráneos durante la carrera española

Antes de que, aplastados sobre las bicicletas, agarrados con las manos rígidas al manillar, sin fuerzas para soltarse, empezaran a surgir de entre la niebla los corredores; antes de que desde Francia, vía Journal de Dimanche, llegara la información de que, probablemente, una de las orinas descongeladas del Tour del 99 con restos de EPO sintética pertenece a Manuel Triki Beltrán, entonces gregario de Zülle, ahora de Armstrong; antes de que la etapa se convirtiera en una resonante victoria del Liberty; antes de eso, se pasó por la sala de prensa Santi Pérez, delgadez de ciclista pegada a los huesos, y recordó que, paralela a la carrera por el maillot amarillo, se disputa en el pelotón una competición sin reglas: la de la caza del dopaje.

De la posible EPO de Beltrán en el Tour del 99 a los polvos para que la orina no sea analizable

Pérez contaba a todos el estado de su caso. Recordaba que cumplía una sanción de dos años porque en un análisis se detectó que había recurrido a una transfusión con sangre de otra persona para mejorar su rendimiento, pero que, en realidad, un año después de los hechos, nadie le ha demostrado con certeza que la sangre analizada fuera la suya. Explicaba que sólo después de que Madrid 2012 hubiera perdido la carrera por los Juegos había sido admitido en los tribunales su recurso civil y que tiene dudas de que aquélla fuese su sangre porque la extracción había sido chapucera, en un despacho de la UCI, y los albaranes de las neveras en las que debía estar guardada no coincidían.

Tenga razón o no el ciclista que terminó segundo en la Vuelta de 2004, su caso saca a la luz el camino subrepticio, casi secreto, de pactos por debajo de la mesa que la UCI está siguiendo, del brazo de los equipos, contra el dopaje.

Hay normas no escritas, sanciones encubiertas, pactos de silencio y guantes de poliuretano, de uso quirúrgico, en la sala de espera del camión del control cotidiano. Hay silencio, pero algo se sabe. Hay un pacto según el cual aquel corredor que, en los controles de sangre en los que se les mide la hemoglobina, el hematocrito y los reticulocitos, ofrezca unos valores elevados, rozando el umbral permitido pero no superándolo, debe abandonar la carrera silenciosamente alegando un dolor de espalda o una diarrea. Si supera los valores, públicamente se anuncia su problema, su retirada y su parón biológico de 15 días. "En efecto, varios han abandonado por este asunto", confirma una dirigente de la carrera, que no entra a valorar la justicia o la injusticia de una medida que convierte en sospechosos a todos los que la dejen sin aportar como prueba de pureza una clavícula fracturada, una costilla fisurada, una caída atroz...

La Vuelta la empezaron 197 corredores y quedan 141: 56 retirados. Si descontamos los llegados fuera de control, heridos, enfermos y caídos, quedan más o menos una treintena de retirados sin explicación, de sospechosos. "Pero no", explican fuentes de la UCI, "sospechosos del primer control,en las vísperas, sólo había 19".

Otra manera de distinguir a los sospechosos es apostarse en el camión del control al final de cada etapa. Diariamente, pasan por allí, aparte del ganador y el líder, tres o cuatro corredores elegidos según el grado de sospecha con que consten en los ficheros de la UCI y un par más para despistar, para que no sean demasiado conspicuos los sospechosos. Esta maniobra, evidentemente, convierte también en sospechosos a todos los que entren por la puerta del camión cuando el tratamiento que reciben en el interior es muy variado. A quienes acuden para despistar les dejan salir sin orinar. A los normales les solicitan la orina sin más. A los sospechosos les obligan a desnudarse y a ponerse guantes antes de tomar en su mano el frasquito. Es la forma más eficaz para luchar contra los polvitos mágicos, de proteasas que, vertidos en la orina, la enturbian, la convierten en no analizable. Estos polvos, de origen extremeño, según unos, o vasco, según otros, llevan dos años circulando por el pelotón entre las uñas y los pliegues de las manos de algunos hábiles ciclistas.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 12 de septiembre de 2005