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Crónica:FÚTBOL | Segunda jornada de Liga

Un marciano con silbato

El Madrid pierde ante el Celta con un gol en el que la pelota no entró y el árbitro dio como válido

Dos jornadas y la Liga vuelve donde acostumbra: al ruido, la queja, los agravios y el jaleo. Vuelven los árbitros con sus cómicas decisiones, convertidos en desagradables protagonistas, con decisiones insospechadas. En el Bernabéu apareció con toda su majestad Ramírez Domínguez. Se cargó el partido, pero ya es famoso. De eso se trata. Se equivocó mucho y concedió un gol inexistente al Celta. El de la victoria, nada menos. Todo lo demás resultó casi inapreciable ante la magnitud del error.

El partido se definió por el ajetreo, una noche de fútbol impredecible con el árbitro en plan estelar. Se equivocó con tanta frecuencia, con errores tan graves, que adulteró un encuentro irregular, con picos y valles en los dos equipos. Pero el árbitro quería dar la nota, un mal endémico que tiene consecuencias nefastas para la salud de la Liga. Se equivocó en el segundo tanto del Madrid -no pitó la falta a Gustavo López-, en su condescencia con Gravesen -le permitió varias acciones violentas- y en el gol de la victoria del Celta. Casi nada. Concedió un tanto que no fue. El remate de Canobbio picó en la línea de gol y no dentro de la portería, pero el hombre vio otra cosa. Es lo que pasa con los árbitros españoles. Van más allá de la realidad. Lo malo es que sólo se les paga por atender a la realidad, no a sus fantasías.

REAL MADRID 2 - CELTA 3

Real Madrid: Casillas; Salgado, Helguera, Pavón (Sergio Ramos, m. 45), Roberto Carlos; Beckham (Pablo García, m. 79), Gravesen (Raúl, m. 67), Guti, Baptista; Robinho y Ronaldo.

Celta: Pinto; Ángel, Sergio, Contreras, Placente; Núñez (Jonathan, m. 83), Iriney, Oubiña, Gustavo López; Canobbio (Silva, m. 85) y Baiano (Guerrero, m. 90).

Goles: 0-1. M. 7. Contreras marca tras un rechace. 1-1. M. 36. Ronaldo, de penalti, cometido sobre Baptista. 2-1. Baptista remata en plancha un gran centro de Helguera. 2-2. M. 45. Penalti que despeja Casillas y Núñez marca de cabeza. 2-3. M. 76. Canobio, tras pase de Baiano.

Árbitro: Ramírez Domínguez. Amonestó a Salgado, Pavón, Gravesen e Iriney.

Unos 75.000 espectadores en el estadio Bernabéu.

La infame actuación del árbitro convirtió en un asunto lateral algunos aspectos interesantes del partido: el considerable poderío del ataque del Madrid, sus considerables miserias defensivas y el retrato de las cualidades de sus futbolistas. Las de Baptista, especialmente. Después de su fracaso en Cádiz, el jugador brasileño proclamó a los cuatro vientos que es un media punta con poca participación en el juego y una facilidad pasmosa para sorprender en el área. O eso, o posiblemente nada. Y eso es mucho, aunque tenga competencia. Nada menos que Raúl y Zidane. El Celta, que tuvo momentos magníficos y baches profundos, no logró descifrar a Baptista y tiró a la basura la ventaja que tomó en la primera parte. Pero el Madrid es fiel a sus principios. Sus defensas le llevaron a la ruina varias veces. Hay cosas que no cambian.

Antes de que Robinho comenzara el recital particular, el Celta aprovechó los diez primeros minutos para jugar bien, desbordar al Madrid y marcar pronto. Le ayudó el comodón estilo de vida del Madrid, poco interesado en acosar, quitar y manejar el partido. No olió la pelota durante diez minutos, ni lo intentó. El Celta movió la pelota con criterio y paciencia, de costado a costado, ante la indiferencia de su rival. El gol de Contreras fue la consecuencia lógica de lo que sucedía. Tampoco resultó extraña la pasividad de la defensa del Madrid en la jugada, un saque de córner que Baiano cabeceó sin oposición. El remate se estrelló en el larguero y Contreras apareció para empujar. El Bernabéu ha visto tantas veces esta escena que la gente recibió el tanto con una mezcla de fatalismo y enfado. El fatalismo porque es un viejo error en el Madrid; el enfado, por la vagancia general en el arranque del partido.

El Celta casi se arrepintió por su temprano gol. Reaccionó el Madrid inmediatamente y durante media hora se impuso con una autoridad enorme. Ocurrieron varias cosas: la urgencia por desactivar la ventaja del Celta, la impresión de superioridad que siempre dio Robinho y el traslado de Baptista a su posición natural. Comenzó por detrás de Guti y luego cambiaron los papeles. No fue el mejor partido de Guti, pero sí la demostración de lo que significa Baptista como jugador. Desde la media punta apareció en cuatro ocasiones. Dos de ellas terminaron en gol. Las otras dos, casi. Pero por importante que fuera Baptista en lo concreto -los goles-, la estrella fue Robinho. En la primera parte ofreció un repertorio espectacular, con un efecto abrumador en la defensa del Celta, que retrocedieron hasta su área y estuvieron a punto de sacar bandera blanca. El mérito de Robinho fue mayor todavía por la escasez de espacio que encontró. El Madrid quiere utilizar a sus laterales como extremos y a sus figuras como magos en un embudo. Pero Roberto Carlos está a una distancia sideral del que fue y los magos también necesitan algunas condiciones favorables. Cuando las encontró, Robinho fue imparable. Dos incursiones por la izquierda levantaron exclamaciones de asombro. No podían con él. Tampoco en el juego corto, en las paredes y todo eso. Es un futbolista diferente.

A través de Robinho, el Madrid se enchufó, empotró al Celta y no paró hasta que colocarse con ventaja. Le ayudó la eficacia de Baptista y los remates de Ronaldo. Falló algunos, pero la defensa del Celta sufría con el delantero brasileño. Los problemas del Madrid fueron de otro tipo. Gravesen se ha destapado como un futbolista mediocre. Tuvo su cuarto de hora y ya ha pasado. Gravesen era un remiendo, no la solución a los defectos del equipo. Tampoco Beckham, ni Guti, hicieron un buen partido. Y detrás, Núñez tuvo la noche de su vida frente a Roberto Carlos, que dio lo peor de si mismo. No fue ni extremo, ni defensa. El Madrid no logró reaccionar al tanto del empate: Robinho perdió gas, Baptista regresó al medio campo, Ronaldo quedó aislado y el juego se volvió cada vez más imperfecto, a la espera del sainete arbitral. Más que sainete fue una astracanada. Validó el gol de Canobbio con una ligereza sorprendente y ya es carne de portadas. Así es la Liga.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 11 de septiembre de 2005