Editorial:
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Es responsabilidad del director, y expresa la opinión del diario sobre asuntos de actualidad nacional o internacional

¿Es el encierro un festejo?

Impresionan las imágenes del encierro de la localidad madrileña de San Sebastián de los Reyes (68.000 habitantes): los toros pisotean y embisten contra la masa de corredores que han ido cayendo hasta formar un gran montón de gente a la entrada de la plaza. Hubo 63 heridos, de los que 15 fueron hospitalizados, dos de ellos, de 16 y 18 años, en estado muy grave. Todos los años hay desgracias en este tipo de (supuestos) festejos en los que se identifica lo lúdico con el riesgo de ser corneado.

Un concejal de la localidad aseguraba ayer que todo el dispositivo de seguridad y sanitario había funcionado "espectacularmente". Nadie ha puesto en duda la eficacia con que se realizó el traslado de los heridos; pero si bastó un resbalón (de una pareja, a la entrada del coso) para provocar el desastre, es que el dispositivo de seguridad resultaba insuficiente para las condiciones en que se realizó el encierro: con participación de unas 7.000 personas, tres veces más que en los días laborables, y en un recorrido en el que se pasa de una ancha avenida a un estrecho callejón, lo que favorece los tapones. No es una novedad: justamente hace ahora 10 años, el 27 de agosto de 1995, también en domingo, el exceso de participantes (unos 10.000) provocó un embotellamiento similar que ocasionó 26 heridos, uno de ellos grave, en el mismo lugar.

El entonces presidente de la Comunidad de Madrid, Alberto Ruiz-Gallardón, propuso aquel verano establecer un registro de corredores, de manera que se limitase su número y se garantizase un mínimo de preparación. La idea no prosperó por la oposición de varios alcaldes, que la consideraron inaplicable en un festejo popular al aire libre. Difícil sí es, pero la alternativa, no poner límite alguno, es jugar a la ruleta rusa. Así lo ha entendido la Consejería de Interior de Madrid, que se comprometió ayer a estudiar una fórmula en esa dirección: limitar el número de participantes y aumentar la edad mínima para serlo.

Oponerse a las reformas en nombre de las tradiciones ancestrales -tan ancestrales que a veces no superan los 30 años- resulta absurdo cuando lo que está en juego es la seguridad. El mismo año de 1995 se registró en la Comunidad de Madrid un hecho heroico: el alcalde de Getafe, tras varios encierros en los que venía habiendo una media de 40 heridos al día, decidió suprimirlos. Hubo protestas al principio, pero pronto encontraron los vecinos otras formas menos peligrosas de participar en los festejos locales.

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