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Reportaje:07 Diccionario de la guerra | LECTURA

Un patio para Chávez

Concluye la serie de Jon Lee Anderson en la que relató, ordenados alfabéticamente, sus recorridos por buena parte de las guerras y lugares conflictivos del planeta. En su último capítulo visita la prisión de Yare, en Venezuela, en donde estuvo preso Hugo Chávez en 1992; el campo de refugiados palestinos de Breij, en Gaza, y su encuentro con Charles Taylor, presidente de Liberia, en 1998.

YARE

Todas las mañanas, Chávez se sentaba junto a un busto de Simón Bolívar y hablaba con él

"Al morir será un mártir. Y los mártires nunca mueren. El Corán nos ordena decir que está vivo"

"Ya he pedido disculpas al pueblo de Liberia, que me perdonen, y también les he perdonado"

La prisión de Yare, en Venezuela, en la que estuvo encarcelado Hugo Chávez tras su golpe de Estado fallido en 1992, es un lugar horrible. Los peores presos están a su aire en dos bloques blancuzcos y agujereados de bala en la parte posterior del patio, donde unas cortinas negras de excrementos, de los retretes rotos, se deslizan por los muros, y el suelo está alfombrado con una masa oleaginosa de aguas fecales y basura que rezuman. En los espacios abiertos dejados por los barrotes arrancados en las ventanas, los presos descamisados se colocan como cuervos vigilantes. Yo visité Yare un día ardiente, sin aire, del año 2000, con el hedor de la cárcel estancado como veneno en el ambiente. El inspector Manuel Lugo, un alto funcionario de prisiones y antiguo director de Yare, se había ofrecido a guiar mi visita, pero sólo desde fuera. Cuando circulábamos alrededor del perímetro de la prisión, vi que las torres de vigilancia también estaban llenas de orificios de bala, y, al acercarnos a los barracones blancos, Lugo apretó el acelerador. "No podemos detenernos aquí", dijo. "Podrían dispararnos". Explicó que muchos de los 1.100 internos de Yare tenían armas. "Dentro no hay más que seis vigilantes de guardia al mismo tiempo", dijo. No había presupuesto para contratar a más. "Es una situación insostenible".

Una generación de jóvenes nacidos en la pobreza y que tienen acceso a drogas y armas hace que la criminalidad en Venezuela se mantenga en unos niveles asombrosos. Lugo explicó que, de los noventa y tantos homicidios registrados en el país cada fin de semana -que es cuando más crímenes violentos se cometen-, un tercio consistía seguramente en ejecuciones extrajudiciales llevadas a cabo por policías. Muchos agentes no veían otra forma de hacer su trabajo. Por eso Lugo apoyaba a Chávez. Hacían falta medidas urgentes para arreglar los problemas de Venezuela, y Chávez era la única persona que parecía preparada para abordar la tarea.

Fuera del alcance de los disparos procedentes de los bloques de celdas, Lugo me presentó a Virginia, la secretaria del psicólogo de la prisión. Virginia es una mujer de aspecto resistente y cuarenta y tantos años, con el cabello corto y teñido de color caoba. Le faltaban dos dientes. Me contó que había llegado a conocer bien a Chávez cuando estuvo encarcelado en Yare. Todas las mañanas se sentaba en una silla, en el patio alambrado al aire libre que le habían construido especialmente para él delante de su celda. Allí había un busto de escayola de Simón Bolívar, y Chávez hablaba con él. Lugo interrumpió para decir que él también le había visto hacerlo: "Solía girar hacia él la cabeza de Bolívar". Virginia asintió.

Virginia estaba escribiendo una carta a Chávez. Quería que le ayudara a alquilar una de las casas baratas del "Plan Bolívar" que estaba construyendo el Gobierno cerca de Yare. Necesitaba un lugar propio, decía, porque estaba separada de su marido, un miembro de la Guardia Nacional, y todavía vivían en la misma casa. Virginia pensaba que su matrimonio se había roto porque su marido estaba celoso de su amistad con Chávez. Virginia se reía como loca al contármelo. "Chávez no me gusta como amante", dijo. "Le admiro porque tiene un bicho" -pene- "lo bastante grande como para defender al país".

- 'YIHAD'

En el campo de refugiados palestino de Breij, en Gaza, después de un enfrentamiento entre los jóvenes islamistas del campamento y el Ejército israelí en el que había muerto uno de sus amigos, el militante palestino Fahed y su amigo Hisham me hablaron sobre el significado de la yihad. "La Guerra Santa es un término que aterra especialmente a los europeos, sobre todo a los cristianos", dijo Fahed. "Procede de la época de las guerras entre cristianos y musulmanes. Para nosotros, la yihad es otra cosa completamente distinta. La yihad es el arma que un musulmán utiliza para defenderse. Creemos que si un musulmán lucha para permitir el ascenso del Islam, liberar su tierra y defender a su familia, eso es una yihad. El hombre que lucha por esas cosas es un muyahidín. Si es un muyahidín, significa que tendrá un buen puesto el día del Juicio e irá al paraíso. Eso es importante, porque, si uno cree que va a ir al paraíso, le da una fuerza especial".

Hisham asintió y añadió: "Cada día entregamos a un mártir para que cambien las cosas. Cada vez que alguien muere asesinado hace que el levantamiento cobre más fuerza y avance más. Todo el mundo sabe que, al morir, será un mártir, y que un mártir nunca muere. Cuando muere, los demás tenemos prohibido decir que ha muerto. El Corán nos ordena decir que está vivo".

- 'YUYU'

Cuando visité a Charles Taylor, el caudillo entonces convertido en presidente de Liberia, en 1998, vivía en un barrio llamado Congotown, a las afueras de la capital, Monrovia. Taylor se había construido una enorme casa, y varios de sus colaboradores vivían cerca. La residencia de Taylor, rodeada por altos muros de cemento, tenía una capilla privada, pistas de tenis y baloncesto, y una piscina. Estaba construida sobre la ladera de una colina escarpada y dominaba una pradera verde que, en la estación de lluvias, se convierte en pantano.

El presidente Taylor no solía aparecer en público, pero, la mayoría de los días, a media mañana, salía de su residencia con una fuerte protección y se dirigía rápidamente en coche al centro, al Palacio del Gobierno, en un convoy formado por dos docenas de Mercedes y Land-Rovers nuevos y varios camiones llenos de guardaespaldas. El arsenal que llevaban comprendía fusiles de asalto, lanzacohetes RPG-7 y ametralladoras pesadas. Para acceder a la mansión, todo el mundo, menos el presidente, tenía que atravesar un barrio de chabolas cercano, en el que los miembros del servicio de Seguridad Especial del presidente, antiguos guerrilleros, solían colocar varios controles. Armados con fusiles de asalto AK-47 y con frecuencia borrachos, solían intimidar a los visitantes para que les dieran una "pizca", un soborno. En la entrada a la mansión merodeaban otros encargados de seguridad, muchos con gabardinas marrones tres cuartos y gafas de sol. Los que estaban en el interior pedían siempre algún tipo de identificación, y luego preguntaban: "¿Qué tiene para mí, jefe?".

La mansión es un edificio curvo de ocho pisos, erigido por constructores israelíes en los años sesenta. Tiene una historia especialmente siniestra. En 1980, el sargento mayor Samuel Doe inició su golpe aquí con el asesinato ritual del presidente William Tolbert. Diez años más tarde, a su vez, Doe encontró un fin espeluznante cuando salió de la mansión para entrevistarse con Prince Johnson, uno de los lugartenientes de Charles Taylor, que se había escindido de éste para formar su propia facción. Johnson torturó a Doe hasta la muerte, y lo grabó en vídeo.

Justo delante del recinto amurallado de la mansión había una estatua que conmemoraba al Soldado Desconocido de Liberia. La destruyeron un mes antes de mi visita, durante un rito de purificación ordenado por el presidente Taylor para limpiar la mansión de malos espíritus. Había "informes persistentes", me contó el obispo Alfred Reeves -uno de los principales consejeros religiosos del presidente-, de que habían enterrado vivo a un niño bajo el monumento, como sacrificio. "Habíamos dicho que era preciso limpiar la mansión desde el asesinato del presidente Tolbert", explicó Reeves. "Dijimos que había que consagrarla, pero la verdad es que nadie hacía caso a la Iglesia hasta que llegó Taylor al poder".

Taylor dice ser un hombre "profundamente religioso" y un ardiente numerólogo; su número de la suerte es el siete. Por consiguiente, 70 ancianos de diversas iglesias cristianas se separaron en grupos de siete y recorrieron la mansión durante una semana, piso por piso, habitación por habitación, rezando y ayunando. Pero es posible que la consagración no funcionara. Había un gato negro que se paseaba por los alrededores, y eso preocupaba a Reeves porque, según explicaba, no era un gato corriente: "Es una bruja transformada en gato". Se decía que el animal había salido, o de un pequeño agujero en un cuadro, o de una estatua de la Virgen María. Al saltar, cayó sobre un clérigo que rezaba e intentó sacarle los ojos. La semana anterior a nuestro encuentro, me informó Reeves, el gato negro había reaparecido y había atacado a un guardia presidencial antes de volver a huir. "Es peligroso", dijo Reeves. "Muy peligroso".

La ceremonia de consagración de Taylor alimentó una máquina de rumores cada vez más desatada en Monrovia. Una de las cosas que se decían era que el presidente había ordenado matar a un empleado por alguna transgresión, había llenado un cubo con su sangre y lo había mandado guardar bajo la cama presidencial hasta que tuviera ganas de bañarse en ella. Fuera verdad o no, la mayoría de los liberianos con los que hablé opinaban que la ceremonia de consagración era prueba de que Taylor creía en el yuyu. El yuyu, nombre que reciben la brujería y la magia en Liberia, tiene una presencia en la cultura política del país que viene de antiguo, y sus prácticas más perversas -sacrificios humanos rituales y canibalismo- suelen estar vinculadas a personas que persiguen el poder o temen perderlo. De hecho, durante mi estancia en Liberia, hubo varias noticias sobre "hombres de corazón" que andaban por los alrededores. Según decían, los candidatos a diversos cargos arrancaban y devoraban corazones humanos para mejorar sus posibilidades de ganar la elección.

Una tarde, Charles Taylor me recibió formalmente en la cochera de su residencia, y le pregunté sobre lo que tenía de yuyu su consagración. Taylor es un hombre bajo, menudo, de piel cobriza, rostro redondo y un cabello y barba muy recortados y encanecidos. Se sentó en una pequeña silla cubierta de terciopelo beis y latón reluciente, al lado de un sedán Mercedes de color negro. Llevaba pantalón y camisa de tipo caftán de encaje color marfil, zapatillas de piel de serpiente con hebillas de oro, reloj de oro incrustado de diamantes, gafas de sol de montura dorada y una gorra negra de béisbol en la que ponía "Presidente Taylor" en hilo dorado. A su lado había una mesita y una silla de jardín de plástico blanco. Sonrió e indicó la silla: "Siéntese, querido mío, siéntese". Sobre la mesa había un bastón tallado de color sangre de buey, una especie de cetro que llevaba siempre consigo. Le pregunté por él, y me dijo que estaba hecho de la madera de un "árbol sagrado" bajo el que no crece la hierba, y que causa la muerte a cualquier animal que se aproxime. Explicó que había empezado a llevarlo durante la guerra.

Pregunté a Taylor si era acertado calificar la consagración de exorcismo. Soltó una risotada. "¡Querido, yo no diría que es un exorcismo! No... A lo largo de los años, los años de guerra en Liberia, el derramamiento de sangre, hemos ayunado y rezado muchas veces. Somos un pueblo muy, muy, muy religioso, somos un pueblo que reza, como Estados Unidos. Es lo mejor que tienen: ¡En Dios confiamos! Lo que ocurrió aquí es que había todo tipo de historias sobre lo que ocurría en las altas instancias de Liberia. En algunas partes de África sigue habiendo gente que cree en el sacrificio humano. Todas estas cosas no son más que vanidad. Como este Palacio de Gobierno: después de la guerra, cuando, por fin, llegamos a presidente, pensamos que era esencial consagrarlo. Y la purificación tenía que consistir en venir a rezar y dar gracias a Dios por haber traído un presidente a este edificio".

Le pregunté si sentía alguna responsabilidad moral por las atrocidades cometidas por sus soldados durante la guerra, en la que murieron, por lo menos, 150.000 personas. "Ya he pedido disculpas al pueblo de Liberia, he pedido que me perdonen y también les he perdonado", respondió. Cuando quise saber más detalles, dijo: "Las guerras son terribles en cualquier parte, y hay cosas que ocurren y que no se pueden explicar. A veces, pueden pasar cosas en un sitio mientras uno está en otra parte. Lo importante es, una vez que haya ocurrido algo, asegurarse de que se haga justicia". Taylor reconoció que sus tropas habían cometido "excesos", pero dijo que, siempre que había llegado a su conocimiento un delito serio, como una violación o un asesinato, había ejecutado a los responsables. En cualquier caso, insistió, los cálculos sobre los muertos por la guerra de Liberia eran "demasiado elevados; no creo que perdiéramos ni a 20.000 personas en la guerra".

Cogí mi cámara para hacerle una foto, pero un asesor me dio en la espalda y me dijo en voz baja: "Por favor, no. Si le hace una foto tal como está, hará que aparezca como un típico dictador africano".

Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 20 de agosto de 2005