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El que no corre huye | CILTURA Y ESPECTÁCULOS

Cadaqués que te veo

En Cadaqués hay mucho mar, mucho Dalí y mucha piedra. Es un puerto natural casi a salvo de estupideces urbanísticas, con playas del tipo guijarro y cascote erosionado y, te tumbes como te tumbes, no es precisamente ergonomía la palabra que te viene a la mente. Da igual la playa o la cala que elijas, va a ser más incómoda que tomar un consomé con un huevo dentro, y estoy hablando de posturas. Ahora bien, mi sobrino está encantado. Mi sobrino se puede pasar sentado en la orilla tirando piedras al agua unas dos horas cuarenta y cinco sin decir ni mu ni pu. Una detrás de otra, una detrás de otra, podemos afirmar que por sus manos han pasado ya todas las piedras de Cadaqués varias veces. Incluso, extrapolando, empiezo a sospechar que la ola de Mundaka, la más famosa ola izquierda para los surferos del mundo, no ha desaparecido porque hayan drenado arena durante el invierno. Estoy casi segura de que es por culpa de uno como mi sobrino, que pasó tres tardes en esa playa el año pasado jugando frenéticamente con su pala. Habrá que investigar, claro, pero que sepamos de antemano que la resistencia infantil es incombustible y, entre que los niños se convierten en obreros de playa y la cantidad de conchas, piedras y tarritos con arena que se llevan sus madres y hermanas enamoradiscas, vete tú a saber si dentro de dos años no estará la costa en Cuenca.

No me extraña que luego vayan a visitar la casa de Dalí y Gala y ella diga con la boca fruncida: '¡Anda que esta casa no es difícil de limpiar ni nada!

Al haber todavía tanta piedra, en Cadaqués la gente suele tener barco, para poder tumbarse a tomar el sol en algo liso. Mi sobrino nos pregunta, antes de lanzar cada piedra: "¿Ésta?", y nosotros le decimos que sí si no es demasiado grande, porque si es muy grande se puede cargar a un pez, le decimos. Al haber tanto barco (y esto lo digo en voz baja para que no lo oiga, porque tiene un oído y una retentiva de espía ruso), lo que nos da miedo en realidad es que desarrolle una fuerza desmedida en su brazo lanzador y haga un precioso boquete en un bonito velero de una pedrada, y disimuladamente le vigilamos para que no nos arruine la vacación o se disloque un hombro. Ahora bien, en la línea de fuga que va desde nosotros al horizonte pasando por mi sobrino, caben otras cosas de mirar. Y da la casualidad de que en los barcos que vemos, ya sean veleros, zodiacs, lanchas de fibra, yates, yatecitos, catamaranes o de vela latina, cuando navega una pareja homologada de hombre y mujer probadamente heterosexuales, de las de toda la vida pero con dinero, él conduce y ella recoge el ancla. La mujer se cuelga por la proa y levanta el ancla que, por pequeña que sea, pesa y cuesta bastante más esfuerzo que quedarse agarradito al volante o al timón por mucha cara de lobo de mar que se quiera poner. Me resulta extraño que llamemos sexo débil a las mujeres con la cara de burraca que se les pone cuando recogen el ancla. O cuando pasean por medio Carrefour con el detergente y dos de suavizante buscando el carro y lo encuentran agarradito a un marido hipnotizado por los colorines de las latas de conserva, poniendo cara de lobo de mar. Después de estos esfuerzos, a mí no me extraña que luego vayan a visitar la casa de Dalí y Gala y ella diga con la boca fruncida: "¡Anda que esta casa no es difícil de limpiar ni nada!", mientras él pone cara de artista surrealista.

Refresco del día: levantar el ancla y sentir después el alivio será suficiente. Y ahorrar a su pareja algún que otro esfuerzo también suavizará el verano.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 18 de agosto de 2005