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Crítica:FESTIVAL DE EDIMBURGO | 'La clemenza di Tito' | CULTURA Y ESPECTÁCULOS

El Mozart de un sabio

Este año cumple los 80 sir Charles Mackerras, un músico para músicos, un pozo de experiencia y una buena persona. En Mozart no ha sido un revolucionario pero ha abierto caminos. No ha sido radical en su búsqueda pero ha construido esa tercera vía que ha hecho posible que las orquestas convencionales cambiaran sus hábitos a la vista de lo conseguido por las de instrumentos originales: articulación, dinámicas, uso de trompas naturales, de timbales de tripa. Y manteniendo siempre esa musicalidad que hace de él un maestro tan singular.

La clemenza di Tito está llena de ideas en su mezcla de sabores antiguos y modernos. Mackerras lo comprende a la perfección y otorga a la música mozartiana una ligereza muy particular, propia de lo que es, en el fondo, una trama de caracteres en la que cada uno de ellos aparece exactamente definido. Desde la puntuación de los recitativos acompañados a la solemnidad orquestal de la primera y última aparición de Tito, su sonido alcanzó una transparencia insólita. De su capacidad para acompañar a los cantantes no habría mucho que añadir pues cualquiera que lo haya visto lo sabe. Tiene muchas horas de vuelo el maestro y ha convertido el poso de la edad en oro molido.

La ópera se daba en versión de concierto, lo que en La clemenza di Tito no ha de ser un inconveniente mayor pues su acción es más bien estática. Pero ya se sabe que en casos así las voces han de suplir la falta de movimiento. Las del martes lo lograron pero, sobre todo, lo que ofrecieron fue una lección de bien cantar. La primera, la grandísima Magdalena Kozená, que hizo un Sesto antológico. Ya se sabe que conviene huir de los maximalismos pero con ella es difícil sustraerse a afirmar que hoy es quizá la mejor cantante que escucharse pueda. La joven mezzo checa -novia de sir Simon Rattle- es un prodigio en lo vocal y en lo expresivo. Su técnica es impecable y su aplicación al estilo absolutamente ejemplar. Estar a su altura era imposible pero el resto del reparto no dejó de lucirse, empezando por esa mozartiana elegante y aplicada que es Hilevi Martinpelto, una Vitellia que se creció a ojos vistas en Nun più di fiore. Lisa Milne, que otras veces ha parecido un poco tímida, le sacó todo el partido posible a Servilia, mientras la novísima Christine Rice demostró en Annio que tiene un estupendo futuro por delante. No se amilanó en ningún momento y sus gestos fueron los de una cantante segura de sí misma. Rainer Trost, que tuvo que sustituir en el último momento a Ian Bostridge, anduvo demasiado pendiente de la partitura y resolvió su parte con voluntad y buena línea general. Su Se all'imperio salió mejor por entrega que por clase. A John Relyea le viene corto el papel de Publio. El es ya un Figaro y un Alidoro, aunque la voz, tan bella, aporte un grado más de humanidad a su parte. Excelentes el Coro y la Orquesta de Cámara Escocesa.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 18 de agosto de 2005