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Reportaje:TOUR 2005 | 15ª etapa

Armstrong domestica la leyenda del Tour

La carrera francesa siempre acabó por derrotar a sus héroes, salvo al norteamericano, que ha convertido su séptima victoria en su película más aburrida

En sus 102 años de historia el Tour ha sido un monstruo, un animal terrible, mitológico, que ha devorado a todos aquellos que lo intentaron conquistar. Ninguno de los grandes campeones que el Tour ha dado ha logrado sobrevivir a una carrera que, finalmente, siempre, se tomaba su revancha. Jacques Anquetil, Eddy Merckx, Bernard Hinault, Miguel Indurain, los cuatro corredores que lograron ganarlo cinco veces, también intentaron ganarlo seis. Y el Tour los derrotó a todos. Todos sufrieron desfallecimientos inexplicables, insólitos, justo un segundo después de sentirse en la cima de su arte, de sentirse más fuertes que nunca, de lanzarse hacia el ataque definitivo. Todos ellos se retiraron del ciclismo con el sabor amargo de una derrota en la carrera en la que hubo un momento en que se sintieron invencibles.

Después, a caballo entre los siglos XX y XXI, llegó Lance Armstrong.

Armstrong llegó al Tour precedido de una peripecia vital increíble. Armstrong, un corredor muy fuerte, de anchos hombros, de musculosas piernas, llegó al Tour después de haber sufrido un cáncer, de haber derrotado a una enfermedad que lo reclamaba sin misericordia. La enfermedad lo transformó mentalmente, físicamente, lo convirtió en un corredor consciente de su inmortalidad, un hombre de Tejas a quien no le pareció osado desafiar al Tour hasta el infinito. Ganó un Tour, dos, tres, cuatro, cinco... Todos consecutivos, como sólo Indurain antes lo había hecho. Y una vez conseguido el sexto, una vez logrado lo que nadie antes había conseguido, lanzó su último desafío. No sólo ganaría el séptimo sino el mismo día en que el Tour terminara en París, el mismo domingo 24 de julio, en los Campos Elíseos, daría su última pedalada. Se retiraría del Tour como campeón invicto. Y cumplidas dos terceras partes del Tour, cubiertas las etapas más peligrosas, las más duras, superados los tremendos puertos de Alpes y Pirineos, aquellos a los que los cronistas antiguos, los que nos contaban el ciclismo de una época en la que aún era posible creer en la épica, llamaban tremendos, irritables, irascibles, inmisericordiosos jueces del Tour, Armstrong es sólido líder.

"Toda la vida decíamos que si a Armstrong le fallaba el equipo, que si a Armstrong lográbamos aislarlo y luego atacarlo, podríamos con él", se lamentaba Paco Mancebo, más cerca que nunca del americano y anclado como siempre en el quinto puesto; "y este año su equipo, envejecido, no está tan fuerte como antes; este año, su equipo le ha dejado solo en las etapas más duras; este año, ha sufrido más ataques que ningún otro año... Este año, parece que le está costando menos trabajo que nunca ganarnos, ganar al Tour". Armstrong puede ganar el Tour sin imponerse en ninguna etapa, sin llegar a ninguna cima con una ventaja mayor de dos o tres segundos, sin alardes, ni hazañas. Y a su lado, Ullrich, Basso, Vinokúrov, Rasmussen, Mancebo... parecen corderitos impotentes.

No sólo eso: ha convertido la conquista de su séptimo Tour en la película más aburrida de cuantas ha protagonizado. Ha domesticado la leyenda del Tour. Armstrong conseguirá lo que muy pocos deportistas en la historia, de cualquier deporte, han conseguido: retirarse desde la cumbre. Y logrará también que el año que viene, 2006, sobre quien gane el Tour pese la duda sin respuesta: ¿Habría ganado si hubiera estado Armstrong?

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 18 de julio de 2005