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COLUMNA

Patear la calle

Ni siquiera el calor retiene bajo techado a los madrileños que se quedan en la ciudad. Aunque suba el IPC no remite la afición a la fiesta, que suele ser diversión, regocijo, pausa en las tareas habituales, momentos de más largo encuentro entre familiares y amigos. Si se trata de celebrar una solemnidad nacional, regional o local, cierran las oficinas públicas y privadas y el comercio, con demorada incidencia en la prosperidad que aplaza las compras para otro día o acude a los almacenes con franquicia.

Muchas cosas se pierden con el paso del tiempo, pero se recuperan otras que teníamos olvidadas. En fechas pasadas nuestros abuelos procuraban unir lo agradable a lo útil y festejaban al patrón o la patrona montando, con tan fausto motivo, primeramente religioso, las ferias donde el ganado y las mercaderías encontraban su mejores circunstancias para la contratación. Forzando un poco la memoria y la imaginación podríamos hacernos una idea de lo que fueron los grandes encuentros medievales en Castilla, en Andalucía, por Levante y las tierras de la Corona de Aragón o del Principado asturiano. Cada año, en Medina del Campo se congregaba casi un millón de personas llegadas de todas partes para adquirir, vender, cambiar, divertirse y, llegado el caso, encontrar la media naranja y perpetuar la mezcla de hombres y mujeres de distintas regiones y países al son de los dineros contantes y de la gaita, el tamboril o la dulzaina.

Las vías de circunvalación, las M-30, M-40, M-60 y las que vengan envuelven a la ciudad, entrecruzan rozándose, a favor o contra la brújula, para marcar el rumbo. No se ha resuelto la defectuosa señalización que obliga a rehacer el camino, como si quisiéramos impedir al viajero proseguir su ruta. Con la Primavera dejamos atrás la interminable temporada taurina, parte clamorosa de las fiestas isidriles que se celebran con creciente pompa y liberalidad. De un año a otro -y revive en los fastos veraniegos- nuestros paisanos se disfrazan de gente castiza y le sienta bien a las mujeres el traje ceñido de percal, el negro mantoncillo o el "alfombrao" y el clavel prendido en el pelo. Ellos lucen, confesémoslo, algo ridiculillos con la chaqueta de cuadritos un par de tallas más pequeña, el pañuelo al cuello y el bombín o la gorra de visera.

Por razones que sólo adivinos y sociólogos podrían explicar, a los madrileños les gusta cada vez más lanzarse a la calle, pasearla, apoderarse de ella, que para eso es suya, en compañía de docenas, centenares, miles de congéneres. Esta modalidad peripatética es conocida como manifestación y ha prendido hondamente en el corazoncito de los aborígenes, secundados por cuantos llegan a las inmediaciones en autobuses generosamente pagados por distintas organizaciones. Sin ánimo de hacer distinción clasista o política, estaría bien que los madrileños y, mejor aún, las madrileñas tomaran por costumbre manifestarse con ese atuendo, que amortizaría el gasto de su confección y daría a las concentraciones humanas un aire folclórico interesante, sin llegar al paisanaje multicolor que concitan artistas como Carlinhos Brown o cualquier seductor de masas orgullosas de lo que sea. Otra de las muestras multitudinarias fue la de los gays, con el recuerdo de la frase del escritor francés, Yves Mirande: "Su número aumenta sin cesar, aunque jamás se reproducen".

Nuestras autoridades comunitarias y municipales deben vigilar el aumento de los precios, que se disparan en estas ocasiones, como si los nativos y los visitantes fueran presa codiciada para despellejar. Una medida novedosa, experimentada en los últimos tiempos, es la de facilitar agua mineral a las sedientas masas, o echar mano de los bomberos para refrescarlas con la "manga riega", dispendio que irá a parar a algún capítulo del presupuesto multimillonario de la capital. Esto sucede en fechas tradicionalmente calurosas y no veo dificultad insalvable en que, durante los días fríos, cuando recibimos el empellón helado de la Sierra, se distribuyeran raciones de chocolate con churros o, al menos, castañas calentitas. Cualquier iniciativa es beneficiosa para fomentar el paseo callejero sea cual fuere el motivo. Está demostrado que pasear, solos o en compañía de 800.000 personas, no altera sensiblemente el orden público ni se modifican, para nada, las estructuras.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 11 de julio de 2005