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Reportaje:AJEDREZ | Miserias y penalidades de los desheredados de la élite

Los buscavidas del tablero

Grandes maestros internacionales malviven en España jugando torneos menores, organizados en grupos, retándose por dinero y viajando en trenes nocturnos

Davor Kolmjenovic nació en Zagreb (Croacia), tiene 60 años, sostiene que ha ganado al búlgaro Véselin Topalov, segundo mejor jugador del mundo, y se ayuda para comer con las manos. Kolmjenovic, gran maestro, vive de jugar al ajedrez, pero se guarda, envueltos en servilletas, los restos del pan "especial" que ha pedido en la comida. Viaja en trenes nocturnos, en ocasiones escondido en los servicios; duerme donde puede y se alimenta de pequeños paquetitos de fruta que compra en los supermercados. Gana entre 300 y 900 euros al mes. Participa en más de 50 torneos al año. Los premios oscilan entre los 20 y los 1.500 euros para el ganador. Un botín que en España se reparten más de cien grandes maestros y maestros internacionales para "sobrevivir". Muchos de ellos, rusos, argentinos, cubanos, serbios, croatas o de países resultantes de la atomización de la antigua Unión Soviética.

Kolmjenovic, ganador de Topalov, hoy 'número dos' mundial, se guarda los restos del pan

Algunos jugadores denuncian en el cuartelillo a los 'sin papeles' para eliminar competencia

Todos son profesionales entre los 300 mejores de un deporte exigente y tecnificado que demanda más de cuatro horas de estudio al día. Una actividad mental que también requiere "alma y duende, como tocar un instrumento", según el chileno Daniel Barría.

Barría no toca ningún instrumento. Está casado y tiene un hijo. Malvive. Y asegura que esa carrera por la supervivencia, los torneos menores que dan dinero, poco, pero no ayudan a mejorar la clasificación, son "un pozo". "Si no tienes un respaldo económico, si no eres un niño bien, no puedes costearte un campeonato de nueve días, de los que dan puntos. Es un círculo vicioso".

Oleg Korneev, el rey de los buscavidas del ajedrez; el azerbayano Azer Mirzoev o el propio Barría podrían ganar, por ejemplo, a Paco Vallejo, uno de los mejores, aseguran con confianza, sin soberbia, como el que constata una obviedad. Pero no tienen tiempo.

"Perdemos dinero en muchas ocasiones y tenemos que vivir y viajar con imaginación", dice Mirzoev, de 27 años. Él reside en un pequeño piso compartido en Girona. Acumula 2.545 puntos en la clasificación de la Federación Internacional de Ajedrez. Se desplaza cada fin de semana, "de madrugada", en autobús: "No tengo dinero ni tiempo para sacarme el carné de conducir". "Hago a veces 2.000 kilómetros en un día. No tengo recursos para pernoctar en el sitio del torneo y regreso a mi casa en el día", explica. Mirzoev llegó a España en 2000 atraído por la cantidad de campeonatos "de partidas rápidas", con botín en un día, que se disputan, pero se queja del euro, de "lo cara que está la vida", de que los premios "se han estancado"...

"La competencia es feroz y la tensión que acumulas insoportable. Jugamos para comer", insiste Mirzoev. La tarta es pequeña; los comensales, muchos. Hace menos de tres meses, dos jugadores, Luis María Campos y Juan Mellado, abandonaron un torneo por la puerta trasera para caminar hasta el cuartelillo de la Guardia Civil. Iban a denunciar a sus compañeros sin papeles para ampliar sus posibilidades de sacar 30, 60, 90 euros. El propio Campos, argentino, jugó algún tiempo sin tener documentación. "Eso es tremendo", comenta el cubano Héctor Elisalt. Amigo de los grandes maestros Irisberto Herrera y Alexis Cabrera, Elisalt relata historias muy tristes, historias de jugadores magníficos haciendo cola en los comedores de beneficencia, aguardando "la sopa boba".

También el argentino-español Gabriel del Río sabe mucho de penurias. Recuerda cómo se encontró cara a cara con el rumano Bogdan Lalic disputándose 20 euros y un paquete de yogures. Lalic vive en Inglaterra. Es famoso, pero durante años recorrió Europa durmiendo en un coche destartalado junto a Kolmjenovic, sin ducharse, "reduciendo los gastos, optimizando las ganancias". Del Río participa en Valdemoro (Madrid) por 120 euros. Ha empatado con otro jugador. Antes de que se conozca el desempate, ofrece al otro repartirse el premio. Por suerte para él, que ha ganado, el otro no acepta.

Kolmjenovic, a diferencia de Barria, con quien comparte un paquete envuelto en papel de plata con comida, sí toca un instrumento. Toca la guitarra. Canciones populares croatas. En las plazas, en los bancos, por la calle, "pero por gusto", precisa el jugador, que estudió ingeniería, embutido en unos pantalones raídos, en una chaqueta de color impreciso, con el pelo alborotado y cubierto de bolitas blancas. A Kolmjenovic algunos le acusan de tramposo: "Son unos maricones". De pactar tablas, de repartirse premios. Él lo reconoce: "Lo hacen todos".

En el torneo de Parla, otra población obrera madrileña, el ganador se lleva 500 euros. A las seis de la mañana reparten chocolate con churros. Fernando Bertona, argentino, se lleva la victoria. Ha pactado tablas con Horacio Saldaña, uno de los cuatro compatriotas que, desde Valencia, han desembarcado en un colegio. Lleva una camiseta ajustada y parece un surfista. Tiene 33 años. "Le di tablas porque es mi amigo", dice. "Vivimos bien. En Valencia hace sol", comenta con ironía. Todos se agrupan por nacionalidades y pactan los resultados para acumular premios que luego se reparten. "Lo sabemos y es normal. Hay que vivir", les justifica Mirzoev, que perdió aquel torneo.

Kolmjenovic carga con una bolsa rectangular. Dentro lleva un tablero. Hasta hace un año no usaba el ordenador, dice. Algunos aseguran que sigue sin usarlo. Dogmático, considera que dar clases o ayudar a otro gran maestro más celebre es "una traición de mediocres": "Pierdes independencia".

La mayoría de sus colegas acaban claudicando y redondean sus ingresos en academias. Barría está "a punto" de tirar la toalla. Tiene 30 años: "No puedo seguir así. Creía que era mejor, pero estoy atrapado". Kolmjenovic fantasea con poner una empresa de reformas: "Eso da dinero". En su momento fue uno de los mejores. Antes ganaba más: "Si no, mi mujer y mis cuatro hijos pasaban hambre en Croacia, en la guerra".

Ahora comparte escaques con Aleksa Strikovic, serbio. "Los nacionalismos son una tontería, aunque los malos fueron los serbios", recuerda Kolmjenovic con sus peculiares retruécanos, su sonrisa nerviosa. Strikovic es, junto a Zlotnick y Korneev, uno de los mejores de este circuito de buscavidas que podrían sentarse frente a cualquiera de los participantes en el famoso torneo de Linares y ponerles en aprietos. "Sobre todo, en rápidas", dice Mirzoev.

El tren pita. El centrifugado que les lleva, tablero desconchado en mano, no para. Cada fin de semana, un desafío, las mismas caras, retándose, buscándose la vida para comer. Pocos aguantan, como Kolmjenovic, hasta los 60 años.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 13 de junio de 2005