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Historia y novela, política y policía

DE ALGÚN modo, todas las palabras que figuran en el título de este artículo, hasta la conjunción y, se refieren a cosas parecidas. La conjunción, por ejemplo, sirve para poner en relación sujetos o acciones diferentes, y esa relación conduce inmediatamente a relato (referido), lo cual a su vez nos lleva como jugando a novela. Por otra parte, ya sabemos que historia designa a la vez, en muchos idiomas, la relación de una serie de hechos, tanto reales como ficticios, efectivamente sucedidos o puramente imaginarios, de manera que en ciertos casos historia y novela pueden ser considerados como sinónimos. En cuanto a historia y política, sería superfluo exponer, por ser tan evidente, la esencia común que involucra a los dos términos, pero no está de más recordar que política y policía provienen de la misma raíz, la polis griega, y que, en castellano, a finales del siglo XIV, las dos palabras significaban lo mismo. Todo este preciosismo etimológico que, para ser francos, presenta un interés de lo más moderado, tiene como único fin incitar a la prudencia cuando se encara la resbalosa discusión sobre las implicaciones entre la historia, la política y la ficción.

La relectura de Respiración artificial, la novela de Ricardo Piglia, con motivo de su reciente reedición en Buenos Aires, y de su publicación en Francia y en España, incitó estas reflexiones. Conviene precisar que el libro apareció por primera vez en Buenos Aires hacia l980, en plena dictadura militar, y que por tanto fue escrito durante los años más sangrientos y tenebrosos que atravesó Argentina en el siglo XX. Por sus temas, sus reflexiones, sus alusiones, sus referencias culturales, es posible considerar el libro, en el contexto en que fue escrito y publicado por primera vez, como un acto de resistencia a la censura y al terrorismo de Estado, y en ese sentido, la entusiasta (y numerosa) acogida que le dieron sus lectores revela el carácter necesario y puntual de la cita de toda una generación con Respiración artificial. La cultura argentina lo recibió con la misma urgencia y el mismo reconocimiento con que el que se está ahogando recibe el primer soplo de aire puro cuando sale a la superficie. Pero esa coincidencia momentánea entre un libro de ficción y sus lectores, no es el criterio principal para juzgar su valor intrínseco. Veinte años más tarde, con el cambio de circunstancias, la posición del libro ha cambiado; su representatividad generacional, política, moral, etcétera, ha pasado a un segundo plano y podemos decir que, para los lectores de hoy, "sólo" queda la novela.

Frente a las vanas divagaciones actuales sobre la novela histórica, que revelan casi siempre la misma pobreza conceptual tanto acerca de la historia como de la ficción, Respiración artificial opone una estrategia narrativa radicalmente distinta, consistente en proponerse la historia no como objeto de representación, sino como tema. Y aplicando la vieja regla que induce a ir a buscar en otros campos que los tradicionales del relato (como las primeras novelas en la epopeya y más tarde en la crónica) sus recursos formales, la novela de Piglia se nutre de la reflexión, de la confrontación de ideas, que durante largo tiempo estuvieron desterradas de la academia narrativa, e inventa, para una época en la que en Argentina estaba prohibido argumentar, la novela-ensayo. Al cabo de veinte años, es esa aparente hibridez lo que la sostiene como novela.

La pretendida novela histórica se propone reconstituir un momento del pasado, empresa cuya imposibilidad salta tan inmediatamente a la vista que no requiere mayores explicaciones. El punto de partida de toda novela es el presente de la escritura, y lo que transporta el texto narrativo son las pautas sensoriales, emocionales, intelectuales de ese presente y ninguna otra cosa, cualquiera sea la época -pasada, presente o futura- que elija el relato para instalar su ficción. De modo que una novela escrita hoy día y que transcurra en la Edad Media, es sólo la proyección de un individuo actual en una fantasmagoría que él confunde con la Edad Media, y a la cual sería tan inoportuno aplicarle el epíteto de "histórica" como a un baile de máscaras.

El libro de Piglia opera exactamente al revés: es la ominosa realidad del presente lo que exige una urgente meditación, y tanto el pasado como el futuro (uno de sus personajes, que justamente ha vivido en el siglo XIX, se propone escribir una historia del porvenir) son convocados para intentar la elucidación de ese presente. En su relato, la inmediatez del terror determina la forma narrativa, que consiste en un entrecruzamiento de espacios y de tiempos, y en una proliferación hormigueante de historias contadas íntegramente o apenas esbozadas, explícitas o sugeridas, denunciadas o insinuadas. Por otra parte, bajo el terror, lo real y lo ficticio, lo histórico y lo narrativo, lo político y lo policial, se entremezclan y se confunden, y la novela abunda en medias palabras y en recelos, en sospechas y en ironías, en esperas inciertas y en misterios no resueltos. Y es esa ambigüedad que sigue vibrando por debajo de la reflexión lo que, justamente, la justifica no como pretendida novela histórica, sino, mejor todavía, pura y simplemente como novela.

* Este artículo apareció en la edición impresa del 0029, 29 de abril de 2005.

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