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Los huesos atribuidos por la policía a una mujer desaparecida en Cádiz ni siquiera son humanos

El detenido durante dos días tras el hallazgo queda en libertad y defiende su inocencia

Antonio Rodríguez comió ayer en casa. En la misma casa donde la policía encontró el pasado martes restos óseos enterrados en un patinillo interior. Durante dos días permaneció detenido mientras se averiguaba si esos huesos pertenecían a Mercedes Gómez, su esposa, desaparecida desde hace más de 10 años. La policía científica confirmó que esos huesos ni siquiera son restos humanos. Antonio, con cinco hijos, quedó en libertad y pudo compartir almuerzo con su familia. Asegura que tuvo altibajos, pero que, en general, resistió tranquilo. La tranquilidad que, según él, da ser inocente.

Mercedes se había marchado de casa en 1994 para ingresar en un centro de desintoxicación de Sevilla. Estuvo apenas tres meses. Después viajó hasta Francia, desde donde envió a una de sus hermanas una carta con una fotografía. Contaba que estaba bien y que no se preocuparan por ella. La policía asegura que en 1995 Mercedes fue vista en Cádiz. Desde entonces, nada se sabe de ella. El pasado año, alguien, cuya identidad no ha sido desvelada por seguridad, presentó una denuncia que inició la investigación judicial para aclarar el paradero de la mujer. Las pesquisas llevaron el martes hasta la casa de Antonio.

El comisario provincial José María Deira confirmó ayer que en la vivienda, en un hueco tras una rejilla metálica relleno de arena, fueron encontradas 14 piezas, de las que 13 han sido ya identificadas como huesos "no humanos". Uno de ellos se asemejaba a una vértebra lo que hizo pensar que procedía de una persona. De ahí que se decidiera detener a Antonio. Los restos fueron enviados a Madrid, donde los forenses certificaron en 24 horas que no pertenecían a un ser humano.

El subdelegado del Gobierno, Sebastián Saucedo, justificó ayer la actuación policial en la orden judicial recibida. El caso sigue abierto. Ahora, la comisaría gaditana tratará de encontrar otra línea de investigación para desvelar dónde está Mercedes. Fuentes policiales insisten en que hay indicios para seguir indagando y recuerdan que, a pesar del revuelo formado, la mujer no ha dado señales de vida. Tampoco hay constancia de que haya realizado movimientos de dinero en todo este tiempo, ni que haya ingresado en un centro médico. No se sabe de ella en ningún país, a pesar de que también la está buscando la Interpol.

José y Paqui, hijos de Mercedes y Antonio dicen que, tras aclararse la procedencia de los huesos, intensificarán ahora la búsqueda. Hicieron ayer un llamamiento a su madre para que contacte con ellos. Antonio, en cambio, duda de que su esposa regrese: "Una madre que se va dejando a sus hijos no creo que vuelva".

Ya en libertad, defendió su inocencia: "Yo estaba tranquilo porque sé que no he matado a nadie". Al mediodía disfrutó de una comida con su familia. Con él estuvieron cuatro de sus hijos, José y Paqui, mayores de edad y que todavía conservan algún recuerdo de su madre, y los mellizos J. R. y N. R., de 15 años, que han abandonado los centros de acogida donde residían para estar con su padre. Antonio presume de haber recibido el respaldo absoluto todos ellos. También pudo disfrutar de su nieto y le visitaron varios sobrinos, entre ellos, Sonia, de 23 años, y su bebé. "Yo sabía que mi tío no podía haber hecho eso. Yo he vivido aquí con él durante dos años y se ha portado muy bien conmigo", afirmó. Por la tarde, la familia tenía previsto visitar al hijo mayor, Óscar Daniel, que se encuentra en el penal de Puerto II.

Antonio explicó ayer que cuando desapareció su mujer era otro, afectado por las drogas, una adicción que lo llevó varias veces a la cárcel. "La policía me ha tratado bien estos dos días. Ellos se limitaron a hacer su trabajo. Me decían que no me preocupara. Que si era inocente, vale, y que si era culpable, también". Dice que está trabajando levantando una pared en casa de su hija y que espera que le salga en breve alguna que otra chapuza. Para recuperar cuanto antes la normalidad perdida.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 29 de abril de 2005