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Travolta

En 1977 la historia de un paleto italiano de Brooklyn, que pasa horas frente al espejo dándose gomina en el tupé para ser la estrella de una discoteca de Bay Ridge, dio la vuelta al mundo. Con el tiempo, la crítica cinematográfica le ha concedido a Fiebre del sábado noche la importancia que entonces no le supieron ver. El público se la concedió de inmediato. Los espectadores empatizaron con la imagen entre ridícula y macarra del chulo de Brooklyn, de Tony Manero. Yo me alegro de haberla visto con quince años. Me alegro de haber sido uno de tantos espectadores inocentes, me alegro de haber bailado al año siguiente en una discoteca similar al ritmo de aquellas voces en falsete de los Bee Gees. Cierto es que la veía de forma muy diferente a como la veo ahora. Para mí el personaje de Tony Manero era, absurdamente, el colmo de la modernidad, del rollo discotequero, Travolta era un tipo a imitar cuando uno estaba en el centro de una pista de baile, bajo una de esas bolas de cristalillos que regalaban tantas horas de sudor y felicidad. Nunca se me pasó por la cabeza imaginar que Tony Manero estaba encarnando a un paleto, que el barrio que en inglés sonaba tan bien (Brooklyn, Bay Ridge) era un sitio donde vivía la gente más ruda de Nueva York. No vi el sentido realista de la historia. Pero las películas memorables cambian ante nuestros ojos, igual que nosotros cambiamos. Para mí, hoy, Fiebre del sábado noche es una de las mejores películas realistas que se hicieron por aquellos años. Lo que no deja de extrañarme es que en España ese adjetivo, realista, tenga tantos detractores. En España se cambia el adjetivo "realista" por el de "costumbrista" y de esta forma los enterados fusilan lo que se les ponga por delante. Con el tiempo, y más viviendo aquí, percibes, que casi todas las expresiones artísticas americanas han tenido una tendencia marcadamente realista, que escritores y cineastas se han dedicado en su gran mayoría a contar con fidelidad y crudeza cómo es el país en el que viven. Ahora, cuando están a punto de subastar la discoteca en la que se rodó Fiebre del sábado noche, siento un poco de melancolía, porque con su derrumbe se me va también parte de mi historia personal, la de esa paleta de barrio que fui, que soy.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 16 de marzo de 2005