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Crítica:EL LIBRO DE LA SEMANA

El nuevo juego de Eco

El escritor italiano publica una novela en la que mezcla realidad, ficción, historia e ilustraciones. Cuenta la vida de un hombre que pierde la memoria emocional, pero no histórica, y empieza la reconstrucción de su pasado.

Umberto Eco publicó en 1962 un libro que tuvo una extraordinaria repercusión en los ambientes culturales: Obra abierta (Seix Barral, Barcelona, 1965). En él se reunían una suerte de ensayos de historia de la cultura y formulaba una poética entendiendo como tal "el programa operativo que una y otra vez se propone el artista"; era una poética calificada de abierta en la medida que lo era de un proyecto (la obra del artista) no sólo operativo sino además comunicativo y debía tener en cuenta sus efectos; era "el proyecto de un mensaje dotado de una amplia rosa de interpretaciones", una obra, en fin, considerada no como un desarrollo previsto y cerrado sino como una suma de posibilidades de interpretación. La obra no era algo inalterable sino interpretable y, por tanto, sujeta también al presente.

LA MISTERIOSA LLAMA DE LA REINA LOANA

Umberto Eco

Traducción de Helena Lozano Miralles

Lumen. Barcelona, 2005

512 páginas. 24 euros

LA MISTERIOSA FLAMA DE LA REINA LOANA

Umberto Eco

Traducción de Carme Arenas

Destino. Barcelona, 2005

432 páginas. 24 euros

Bodoni ha perdido la memoria personal, pero no la facultad de razonar

Cuarenta y dos años después, Umberto Eco aborda su quinta novela con la historia de un hombre que sale de un coma con una parte de su memoria perdida, la memoria personal desde los años de formación hasta el presente. La novela se divide en tres partes, en una primera el hombre, llamado Giambattista Bodoni, como el célebre tipógrafo, se atiene a su memoria cultural, que se mantiene intacta; en la segunda, el encuentro con toda clase de iconos (tebeos, revistas, carteles, etcétera) de la cultura popular le empuja a recobrar la parte de memoria que tiene perdida; la tercera sucede en un espacio mental suspendido fuera de la realidad (una especie de coma) y la memoria perdida se manifiesta en él. En cierto modo, puede decirse que trata de acceder a la propia obra de su vida y de su época de atrás adelante, que está tratando de leer su propia obra abierta y que su descubrimiento e interpretación es el único sentido de su afán en el mundo desde el accidente cardiovascular que abre el libro.

Eco, ensayista de notable inteli

gencia, notable cultura y brillante capacidad de exposición, pasó a la novela en 1980 con un título al que puede atribuirsele la invención del marbete "best seller de calidad", que ha hecho fortuna desde entonces aunque sea una denominación absurda. El libro era El nombre de la rosa, fue un auténtico best seller y su protagonista, un detective medieval, también tenía apellido tipográfico. El libro se apoyaba en el sólido conocimiento de la cultura medieval del autor -lo que ayudaba no poco a los lectores a sentirse satisfechos, saciados e intelectualizados- y se limitaba a seguir los raíles tradicionales de la novela, con demasiados excursos. Ahora, en La misteriosa llama de la reina Loana, el campo de trabajo es, en teoría, el periodo 1932-1991 -la vida del protagonista-, pero se centra sobre todo en los años de formación: infancia, familia, adolescencia, Segunda Guerra Mundial-. El señor Bodoni, alentado por su familia actual, se retira al pueblo donde vivió de niño y allí, en el caserón familiar, están esperándole, perfectamente dispuestos y en orden, toda una abundantísima documentación gráfica de la cultura de masas de la época. Hay tanto y tan abundante que el lector tiende a sospechar que se trata de un archivo del autor, pues no es posible rescatar del tiempo pasado tal cantidad de material si no hay un archivero de por medio. Además, el libro reproduce decenas de ilustraciones a todo color, lo que lo convierte en un libro ilustrado, pero al revés: es decir: las ilustraciones no están al servicio del texto sino el texto al servicio de las ilustraciones, lo que no deja de ser, por el lado literario, una redundancia aunque esto ahora se lleva mucho en el género llamado faction, es decir, aquel que no es ni ficción ni realidad sino todo lo contrario.

La sospecha antes mencionada de que se trata de un archivo de autor no la produce, sin embargo, el material sino la escritura. Giambattista (Yambo) Bodoni hace un fatigoso recuento de objetos y recuerdos con tal orden, explicitud y eficacia teórica que se hace duro pensar que esa voz narradora ha perdido la memoria. Es cierto que la ha perdido, pero su voz no se corresponde con alguien que ha perdido la memoria personal; y digo la memoria, no la facultad de razonar, para no dar lugar a malentendidos. No hay dramatismo en la situación, que es muy dramática; o mejor dicho: hay dramatismo en la medida en que lo comenta o lo dice Bodoni, no en la medida que lo muestra. La dureza de la situación no se manifiesta y en cambio la voz narra con animación, desparpajo y soltura lo que le acontece. Ejemplo clamoroso son las conversaciones con su mujer (no la reconoce a ella, sólo sabe quién es) que resultan rígidamente explícitas.

En la tercera parte, cuando recae en el coma, sí hay momentos en que nos parece oír a una mente que actúa por su cuenta con los recuerdos, desconectada del mundo real; y en esos momentos el dramatismo de la situación -que es verdaderamente dramática- sí aparece, aunque el empeño por guiarse del análisis lógico resulta particularmente duro de tragar. En mi opinión el problema central es doble: a) Eco no es narrador, por mucho que se empeñe; b) Utiliza a su personaje como instrumento y por eso nunca alcanza categoría de personaje; en cierto modo yo diría que lo traiciona para poder hablar él -Eco- de lo que le interesa: disponer el hábil e inteligente juego de iconos con el que pretende repasar un pedazo de historia contemporánea fijada en Italia. Hay que reconocer que el juego es brillante y divertido, que intercala alguna historia atractiva y seductora, pero es a costa de convertir en un icono más al personaje, de traicionarlo y dejarlo tan abandonado como al arte de narrar. El lector se divertirá quizá tanto como se ha divertido don Umberto el semiótico, pero siempre que lo tome como un juego ingenioso -y un poco pesado a veces-, no como una novela.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 26 de febrero de 2005

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