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COLUMNA

¿Por qué?

El Ayuntamiento de Granada ha decidido reformar el Paseo del Salón. Nadie sabe muy bien por qué, ni a favor de quién, ni a santo de qué. Muchos granadinos vamos a quedarnos sin la parte de la ciudad que más nos pertenece, que más nos define, esa frontera en la que se unen la realidad y la memoria para darnos un paisaje y devolvernos, a través de las mudanzas y de los años, un olvidado sabor a nosotros mismos. Yo no sé si los sentimientos personales pueden incluirse dentro del patrimonio histórico de una ciudad, pero son desde luego un bien incalculable para los ciudadanos. Maldita la gracia del que sin ton ni son se atreve a recalificar los sentimientos. Miles de granadinos hemos sido niños en el Paseo del Salón y disfrutamos todavía del humilde lujo de pasear por los rincones de nuestra infancia. Cuesta mucho trabajo crear lugares de verdad, espacios habitados por la memoria de la gente, rincones que nos atan del todo a una ciudad. De pronto, sin argumento alguno, van a borrarnos del mapa, van a convertirnos en exiliados en nuestro propio barrio, van a meter las excavadoras en los árboles que nos explicaron el significado del otoño, en las pedaladas de nuestra primera bicicleta, en las mañanas de invierno camino del colegio, en las parejas de novios de las siete de la tarde, en el sol de los domingos con hermanos, y en una interminable lista de cursilerías, que conviene callar por pudor, pero que viven con nosotros y nos hacen como somos. Las confesiones íntimas tienen un lado de patetismo incómodo, pero quien no guarda un secreto y una lágrima va hueco por dentro, como un traje sin nadie, como un edificio que pierde la cimentación. Impresiona el vacío desesperado de los vecinos del Carmel que han perdido su casa, padeciendo el estupor y la intemperie de una vida borrada.

Debería argumentar mi protesta en razones públicas. Es una barbaridad acabar con el Paseo del Salón y con el Paseo de la Bomba, porque suponen una magnífica muestra del urbanismo francés. El general Sebastiani, en los años de la invasión napoleónica, ordenó la orilla del río Genil con unos bulevares que forman parte de la memoria histórica de la ciudad, igual que la Alhambra, o que la Capilla Real, o que las estampas románticas de las casas del Darro. A las destrucciones de la memoria pública de Granada estamos muy acostumbrados. No hay ciudad en el mundo que haya sido tan cruel con su propio pasado. Los granadinos habitamos una ciudad prostituida, es decir, somos corruptores de ciudad, la vendemos al primer especulador que llega con un negocio en la cartera. No hay barrio, ni palacio, ni vega que se resista. Estamos vacunados contra el espanto y sólo reaccionaremos, digo yo, el día en el que alguien quiera convertir la Alhambra en una urbanización de casitas adosadas, con vistas a la Sierra y a cinco minutos del centro. Pero en este caso no voy a escudarme en la memoria colectiva, porque lo que han puesto en venta es mi pasado. Sin razones, sin necesidad, sin ventajas. Tal vez no tiene mucha importancia especular sobre el territorio de una memoria personal. Hay cosas más graves. Pero el socavón existe, y los escombros, y las medianerías del recuerdo. ¿Por qué? ¿Para quién? Que Dios se lo pague.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 12 de febrero de 2005