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COLUMNA

Seis euros

Recuerdo las memorias de Marcelo Mastroianni. Siempre aprendo. No duda en verse a sí mismo como un idiota rijoso cuando se precipitó sobre el escote de Claudia Cardinale y ella le dijo, burlona: "¡Por Dios, Marcelo! ¿Estás tonto?", y no duda en verse a sí mismo como un cómico, no como un intelectual, algo que sería de agradecer a veces en los actores. Nosotros los queremos en el encanto de su inocencia, no hace falta que añadan nada. Recuerdo a Mastroianni diciendo: "Mi profesión me ha permitido viajar; de los viajes disfruté observando a la gente, yendo a restaurantes, pero los museos siempre me han cansado. Los museos me cansan, me aburren". Esta confesión me hace sonreír. Me dan mucha pena todos esos excursionistas de viaje organizado a los que someten a la visita implacable de cinco museos al día. También me dan pena los que sufren por su cuenta, los que creen que si vuelven de París y no han fichado en todos los museos deberán bajar la cabeza avergonzados. Yo procuro cansarme poco, por fidelidad a Marcelo, porque estar de pie afecta a mi zona lumbar, y porque con una pequeña dosis disfruto más. Pero eso no quita que una de las cosas que me unen íntimamente a mi país, que me hacen sentir orgullo, es la existencia del Museo del Prado. "El Prado, lo más importante que tiene España", dijo don Manuel Azaña. Mi orgullo aumenta cuando estoy lejos. Lo siento como un tesoro no sólo artístico, sino íntimo; veo que en los ojos que pintó Velázquez están nuestros ojos, nuestra forma de mirar, tan directa y cálida. Así nos ven desde fuera, y así somos cuando estamos despojados de esa rabia también tan española. Por eso, me sorprenden las quejas que surgen por el aumento de precio de las entradas de los museos. Parece que el ciudadano español, apelando a la discutible cultura de la gratuidad, es incapaz de contribuir personalmente al mantenimiento de sus tesoros. Nadie pone en duda la necesidad vital de la caña, el jamón, las gambas y las rebajas (¡yo tampoco!); sin embargo, algo irrita cuando se pide una contribución por mantener lo mejor que tenemos. Seis euros. Qué son seis euros si uno va al Prado, seamos sinceros, dos veces al año, una o ninguna. ¿No será que en el fondo no le damos tanto valor?

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 9 de febrero de 2005