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COLUMNA

Dolor

Ni los versos más excelsos de todos los poetas pronunciados a torrentes frente al viento podrían romper la nube de dolor que bajando de La Todolella se instaló entre miles de atónitos oídos en la tarde de ese domingo aciago en que Carnestoltes se negó a sí mismo, regando de cuerpos sin vida la rutina.

Primero fueron confusas noticias, después cifras confirmadas; a las noticias y a los números se les fueron añadiendo nombres y apellidos, edades y procedencias; finalmente, a cada nombre le correspondió una historia, un entorno, y la radical evidencia de lo que ya fue, sin reparo, un antes y un después. Miles de personas estuvimos en vilo para averiguar si ese terrible dato de 18 muertes injustas estaba más lejos o más cerca para convertir nuestro estupor en dolor personalizado o sólo en esa fácil conmiseración que acostumbramos a adosarle al dolor ajeno.

Poco a poco empezaron a fluir los detalles y a desplegarse las circunstancias de lo ocurrido, de modo que la distancia que media entre accidente y tragedia se achicó tanto como nuestros corazones perplejos ante la abrupta catarsis de la muerte. Y fue entonces cuando en cada ausencia irrumpieron los que se quedan sin ellos, los que habrán de vivir la patética nómina de las cosas sin destino a las que ya no podrán acceder, y vino el abuso justificado de las palabras que nunca alcanzarán al consuelo de los deudos, porque las únicas preguntas, y ya para siempre, serán: ¿por qué ellos?, ¿por qué así?, ¿por qué ya?

Cuando el dolor se acunó en cada regazo e hicimos el recuento, empezamos a darnos cuenta de que a esa tragedia, en principio lejana, le estaban afluyendo nombres próximos, próximos porque lo eran de nuestros amigos, cercanos porque se producían en el seno de familias a las que conocíamos, o con las que mantenían estrechos lazos gente de nuestra propia familia.

Con angustia quise saber más, hasta que la inquietud de honesto coadyuvante en el dolor de otros se vio correspondida con la proximidad de uno de los chicos fallecidos en ese ya para siempre fatídico albergue de La Todolella. Y entonces fue cuando de las palabras que usamos para apenarnos de lo de los demás, tuve la constancia de que no bastan, y que cuando las personas que sufren ese mazazo comparten tu propia sangre, su dolor irradia hacia ti como si viniese de un universo indomable.

Se llamaba Javier, tenía 17 años, fue a tocar con el grupo de rock que amenizaba la fiesta en sustitución de otro músico que lo había dejado recientemente; era su estreno, porque le gustaba más la música que estudiar; era guapo, feliz y adorado por sus amigos, como el resto de los que fueron a encontrarse con la muerte en La Todolella, como sus compañeros del grupo, como su manager, Edgar, otro chico de Borriana, como los dos de Les Alqueries, como la joven cantante del grupo, que era de Nules, como....

Estuve en el entierro de Javier, y me reencontré con mis primos, con los padres, y me topé con el dolor sin poesía que invadía la Iglesia de Maria Auxiliadora, y con la desorientación de los jóvenes amigos que le despedían, y con el titánico trabajo de los días que vendrán para que ese corazón abierto y desgarrado de su madre invitando a su hermano pequeño a llenarlo con su recuerdo les dé fuerzas para seguir adelante.

Se me debería ocurrir un verso contundente para que fuera verdad mi pasión por la palabra, y sólo se me ocurre que no hay en el mundo una palabra que pueda resumir esta sombra alargada atrapada por la nada que debería ser el dolor compartido.

Vicent.franch@eresmas.net

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 9 de febrero de 2005