Reportaje:

Al mal tiempo, carnaval

Más de 65.000 personas participaron ayer en la Rua de Carnestoltes de Barcelona

Juanjo Vives lleva un vestido con un escote de vértigo, dos dedos de maquillaje y taconazos. Va tiritando y mira el cielo gris, pero ya no llueve. "Voy de zorrón" dice, se ríe y le hace un mohín a un treintañero que le ha soltado un piropo. Juanjo tiene 16 años y se queda de piedra al enterarse de que los carnavales estuvieron prohibidos en Barcelona durante décadas hasta hace 25 años. "¿Y eso por qué?", pregunta incrédulo. Por el franquismo, responde la periodista. Se queda de piedra, suelta un taco y prosigue la chanza con sus amigos por la carretera de Sants abajo.

Juanjo es una de las 65.000 personas que ayer se echaron a la calle para celebrar la Rua de Carnaval de Barcelona, que, bajo el nombre de "la fiesta de todas las culturas", reunió a más de 60 comparsas, algunas de ellas formadas por asociaciones de inmigrantes que han adoptado a Barcelona como su ciudad.

Desde la avenida de la Reina Maria Cristina hasta la Rambla de Brasil, ciudadanos de todas las edades acompañaron una rua de casi cinco kilómetros de recorrido que este año cumple un cuarto de siglo.

El Fórum, el Año del Libro y el cuarto centenario de la publicación del Quijote fueron los motivos oficiales del Carnestoltes 2005. Pero los ciudadanos se disfrazaron de lo que quisieron: brujas, Nefertitis, vaqueros, meninas de Velázquez, prostitutas, majorettes, mafiosos y decenas de Elvis Presley pasearon y bailaron bajo un cielo despejado tras el chaparrón de unas horas antes.

A pesar de las bajas temperaturas, Magdalena Palenque, una boliviana de 23 años, hace gestos y anima a la comparsa formada por unos compatriotas suyos que, con trajes majestuosos, hechos de pedrería y colores brillantes, escenifica el baile de los caporales, típico del departamento de Cochabamba.

"El caporal era el administrador de las haciendas agrícolas que mandaba y maltrataba a los trabajadores con gritos y látigos", explica Magdalena. "Un día un grupo de trabajadores quisieron protestar contra el tirano", prosigue, "y en vez de pelearse y atacarlo, como no tenían armas decidieron rebelarse bailando". Magdalena trabaja de canguro y pertenece a la asociación Paitií, "que significa El Dorado", aclara. Lleva un espectacular vestido multicolor que es el traje típico para bailar en el norte de Potosí. "En toda Bolivia los carnavales son muy importantes, y ahora estamos aquí para aportar lo nuestro", concluye, y se sube al camión de su comparsa y arrancan desde la avenida de Maria Cristina en dirección a la plaza de Espanya.

Unos cien metros más allá, Rosa María Marín coordina la coreografía de la comparsa Mare Nostrum, formada por más de 120 personas que bailan al unísono y llevan trajes y capas azuladas. Mientras escenifican el movimiento de las olas y el mar, Rosa María explica que vienen de Montcada i Reixac y que llevan preparando el espectáculo desde el verano pasado. "Aquí estamos todos, hasta mi hija, mi marido... Es un todo un trabajo, pero estamos para divertirnos", afirma.

A lo largo de casi dos horas y media de recorrido, los vecinos del distrito de Sants-Montjuïc acompañaron la rua desde ventanas y balcones. "Hay tanto ruido que mejor que me lo mire, porque no se puede hacer nada mas", dice Feli Hernández en la puerta de su casa, en Creu Coberta. Fuera, atrona la canción El ventilador, de Gato Pérez, una rumba barcelonesa que viene como anillo al dedo a la Rua de Carnaval.

Desde el 30 de enero y hasta el 13 de febrero, la ciudad cuenta con más de 140 programas entre concursos de disfraces, bailes de máscaras y acciones teatrales en la calle. Un total de 164 entidades cívicas están implicadas en los carnavales de la ciudad.

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