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Crítica:

La revancha de los Orcos

¿Cómo sería una novela que permitiera ver del revés la historia de El señor de los anillos? Kiril Yeskov tiene la respuesta en esta osada narración que no es una simple parodia y desmitificación. Su perspectiva es irónica. Mezcla el género tradicional con el de espionaje.

Lo más misterioso y mágico de El señor de los anillos no son los hechizos de Gandalf o las necromancias de Sauron, sino la capacidad de embrujarnos del propio Tolkien como autor de la fábula. Porque hay que reconocer que si se analizan desapasionadamente por separado, las expresiones ideológicas de muchos de sus principales personajes resultan por decirlo suavemente difíciles de compartir. ¡Esos campeones medievalizantes obsesionados por los mandobles y el pundonor bélico, esas heroínas frígidas hasta el estornudo, esos hobbits cuyo ideal de vida se resume en verbenas populares! Y sobre todo ¡ese universo social jerarquizado y aristocrático, por no decir teocrático, sin ciencia profana ni ciudadanía democrática! Alguien poco caritativo calificó la gran novela como el sueño autocomplaciente de un conservador anticuado y es difícil negar que tiene bastante razón. Aún más difícil es ocultar el encanto narrativo de ese delirio, que arrastra hasta la adicción a muchos lectores que nos situamos en las antípodas sociales y morales de las creencias más entrañables de su autor. ¿Por qué? Ahí está el enigma y la brujería literaria. También el mundo está lleno de pacifistas que se consideran orgullosamente "quijotescos", a pesar de que don Quijote era partidario de desfacer todos los entuertos a lanzadas

EL ÚLTIMO ANILLO

Kiril Yeskov

Traducción de Fernando

Otero Macías

Bibliópolis. Madrid, 2004

448 páginas. 21,07 euros

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A pesar de ello, sin perder ni un ápice de nuestro entusiasmo por el universo que nos proporcionó Tolkien, también podemos encontrar cierto malicioso placer en esta visita opuesta a la Tierra Media que nos propone Kiril Yeskov. En ella, los Orcos y los Trolls son gente honrada, los Elfos planean hacerse con malas artes los dueños del cotarro (incluso son capaces de refinadas sesiones de tortura), los brujos consideran nigromancia el desarrollo científico que acabaría con su hegemonía y Saruman es un hechicero bastante más razonable que el intratable Gandalf (algo así como Ardanza respecto a Ibarretxe, para que ustedes me entiendan). ¿Blasfemia o desmitificación? En cualquier caso, el inteligente novelista ruso es obviamente contrario a las visiones unilaterales de la historia y desconfía de las imágenes propagandísticas en blanco y negro que acumulan toda la perversidad sociopolítica en uno de los bandos y reservan la beatificación gloriosa para el otro que, casualmente, es el que ha ganado la guerra. Su perspectiva es irónica, pero no burlesca ni denigratoria: con osadía, intenta volver a contar en clave realista e incluso maquiavélica lo que Tolkien acuñó inolvidablemente como canto de gesta mágicamente maniqueo...

A ustedes, hermanos lectores, les aburren como es natural las meras parodias y a mí no digamos. Toda parodia es un parásito: nada más nauseabundo que alimentarse de parásitos. Por eso, sea dicho al paso, no hay ser humano capaz de cerebración superior que no se aburra con el ochenta por ciento de la producción televisiva. Pero El último anillo no es una simple parodia de Tolkien, sino una buena novela del género tradicionalmente denominado "de espada y brujería", combinado con los relatos modernos de espionaje. Se lee con interés y hasta emoción a ratos, más allá de su vinculación al reverso de Lord of the Rings. Y puede servir para que el aficionado al género fantástico conozca la editorial Bibliópolis, relativamente reciente en nuestro mercado pero que ofrece ya un catálogo exigente y muy interesante tanto de clásicos como de libros nuevos de esta rama gratificadoramente imprescindible de la literatura contemporánea.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 29 de enero de 2005

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