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COLUMNA

Rosa Luxemburgo

"Rosa Luxemburgo se instala en Euskadi". Podíamos leerlo el sábado en la página 4 del cuadernillo para el País Vasco de este diario. Era una noticia breve, apenas dos frases, recogida junto a un rosario de otras breves noticias de lo más variado. En un primer momento la imposibilidad de lo noticiado quedó velada por la trascendencia del titular: "Rosa Luxemburgo se instala en Euskadi". Es probable que para una amplia mayoría de lectoras y lectores la noticia les haya pasado desapercibida. Sería lo normal: han pasado 86 años desde su muerte, el tiempo inexorable ha ido empolvando su recuerdo y para conocer su obra hay que recurrir a viejas ediciones de sus libros de los años Setenta, hoy descatalogadas, que guardo como oro en paño en mi biblioteca.

Nacida en 1870 en el seno de una familia judía que vivía en la Polonia incorporada por la fuerza al imperio ruso, alumna brillante, muy pronto se aproximó a los círculos socialistas clandestinos impulsada por un ideal de una radical profundidad, expresado así en su juventud: "Mi ideal es un orden social en el que me sea dado amar a todo el mundo. Esforzándome en ello y en nombre de ese ideal, quizás un día sea capaz de odiar". Esta va a ser la tensión de fondo que atravesará toda su vida, una vida consagrada a la revolución en nombre del amor a la humanidad. Fue este impulso principista, normativo, más ético que político, el que hizo de Rosa Luxemburgo al tiempo una figura imprescindible e insoportable para la izquierda de su tiempo. Imprescindible, pues su energía, su entrega y su inteligencia fueron fundamentales para impulsar las acciones y el pensamiento revolucionarios en unos años contradictoriamente trágicos. Insoportable, pues su compromiso insobornable la llevó a mantener siempre una posición critica para con las realizaciones concretas de esa misma izquierda a la que consagró su existencia.

Resulta, en este sentido, particularmente relevante su folleto de 1918 La revolución rusa. Desde una posición de solidaridad con la recién nacida revolución, sin embargo va a advertir del riesgo de que acabe derivando hacia un régimen autoritario. Frente a la conocida sentencia de Trotski -"Como marxistas nunca fuimos adoradores fetichistas de la democracia formal"- entenderá el socialismo como una ampliación de la democracia, no como su limitación, extendiendo la intervención en la vida pública a masas de población que nunca antes habían sido partícipes de su destino. De ahí su defensa de una sociedad socialista abierta -"La vida pública de los países con libertad limitada está tan gobernada por la pobreza, es tan miserable, tan rígida, tan estéril, precisamente porque, al excluirse la democracia, se cierran las fuentes vivas de toda riqueza y progreso espiritual. Toda la masa del pueblo debe participar. De otra manera, el socialismo será decretado desde unos cuantos escritorios oficiales por una docena de intelectuales"- y su rechazo al uso del terror como estrategia de disciplinamiento social: "La vida socialista exige una completa transformación espiritual de las masas degradadas por siglos de dominio de la clase burguesa. Nadie lo sabe mejor, lo describe de manera más penetrante que Lenin. Pero está completamente equivocado en los medios que utiliza. El único camino al renacimiento pasa por la escuela de la misma vida pública, por la democracia y opinión pública más ilimitadas y amplias. Es el terror lo que desmoraliza". La ausencia de democracia conduce a la degeneración política. También de la revolución socialista. Rosa Luxemburgo fue asesinada el 15 de enero de 1919 por soldados bajo las órdenes del socialdemócrata Gustav Noske.

Comprenderán, en fin, mi sobresalto cuando leí, que Rosa Luxemburgo se instalaba en Euskadi. ¿Habrá aún esperanza para la izquierda vasca?, pensé. Luego vi que la noticia se refería a la instalación de una gestora de cooperativas de viviendas que lleva su nombre. No es lo que en primer momento pensé. Pero al menos me ha servido para recordar el próximo aniversario de la muerte de aquella que escribió: "La libertad sólo para los que apoyan al gobierno, sólo para los miembros de un partido (por numeroso que éste sea) no es libertad en absoluto. La libertad es siempre y exclusivamente libertad para el que piensa de manera diferente".

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 11 de enero de 2005