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"Estaría en la calle"

San Sebastián

Felipe tenía sólo dos años cuando sus padres, naturales de Portugal, le dejaron en un centro de la Diputación guipuzcoana. Se reserva los motivos. Salvo un periodo en el que convivió con una familia de acogida -no salió bien-, su vida ha transcurrido en pisos institucionales. Hace unos meses alcanzó la mayoría de edad. Para entonces, la relación con sus compañeros "no iba bien". "Eran muy pequeños. Me agobiaba. A veces, por no estar con ellos, volvía a las once de la noche", recuerda. Por eso, aunque podía haber permanecido un año más en acogimiento residencial, no le apetecía.

Sin posibilidad de volver con sus progenitores, el joven quería, y lo logró, acceder a un piso de emancipación. ¿Por qué? "Quiero aprender a ser independiente para, el día de mañana, vivir en una casa con mi novia o mis amigos", dice. El chico está estudiando un módulo profesional de mecánico industrial y, con la ayuda de un educador, busca empleo. Le han certificado una minusvalía, por lo que confía en lograr un trabajo protegido. ¿Qué le hubiera deparado el futuro sin este piso? Lo tiene claro: "Estaría en la calle".

Tres jóvenes relatan la gran oportunidad que les ha supuesto poder vivir en un piso de emancipación

Los inquilinos no tienen horarios establecidos. Ellos deciden cuándo se levantan, cuándo se acuestan, cuándo comen,... Tienen libertad, pero han de aprender a gestionarla. Deben cumplir con sus estudios o su trabajo, o con ambos y han de responsabilizarse de que haya comida en la despensa y de que la casa esté limpia.

Los educadores permanecen en los pisos de 9.00 a 20.00, de lunes a viernes. Por las noches y los festivos no acuden. Es una apuesta "arriesgada", pero entienden que no estar presentes las 24 horas es "una herramienta educativa". Los chicos "tienen la posibilidad de arriesgar, de equivocarse o de acertar, y aprender de todo ello", explica Juan García, director del programa de emancipación.

El programa, por supuesto, va más allá de facilitar un alojamiento. Los educadores "no son figuras de control", sino personas con las que los jóvenes establecen "una relación basada en el afecto" y aprenden a afrontar la realidad. "Viven una realidad muy diferente a la del resto de los chavales de su edad, quienes, como media, no dejarán la casa de sus padres hasta los 30 años. Ellos, a los 18, con una historia dura detrás, ya tienen que tener aprendido el ser autónomos. Y eso es complicado", apunta García.

"He aprendido mucho. A presentarme a entrevistas, a limpiar,..." cuenta Jussef, quien, con 21 años, acaba de dejar el piso de emancipación para irse a vivir con su novia. Jussef salió de su Marruecos natal a los 15 años. Se llevaba bien con su familia, que se defendía económicamente, pero la falta de perspectivas y su "cabeza de niño" le llevó a dejar su país. Tras rodar por varias ciudades francesas y españolas, ingresó en el centro para menores extranjeros de Martutene. De allí tuvo que salir a los 18 años. No tenía papeles. Contactó con Juan García y fue su salvación. El joven terminó de estudiar un módulo de cocina y ahora trabaja en un bar entre semana y en otro los fines de semana. Por las tardes estudia castellano y ha regularizado su situación.

Eli, de 20 años, lleva apenas un mes en el piso. Está buscando trabajo. Cuando llegó no las tenía todas consigo, pero se halla "a gusto". "Estaba algo harta de tener educadores a la espalda", comenta. Vivió en pisos de acogida entre los 12 y los 16 años, cuando escapó y volvió con su madre. "Me necesitaba", subraya la joven, a quien nadie le quita de la cabeza que en su día la "arrebataron" de su lado. Ha estado con ella hasta ahora, cuando ha salido de casa "por problemas familiares y personales".

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 19 de diciembre de 2004