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Tribuna:

Viejos y nuevos boicoteos

Los hechos, harto conocidos, son en sustancia los siguientes. Apenas se supo que, tras activas gestiones de los aparatos político-deportivos del Estado español, el reconocimiento internacional de la Federación Catalana de Patinaje acababa de ser anulado en la asamblea de Fresno (California), el presidente de Esquerra Republicana, Josep Lluís Carod Rovira, sugirió a modo de retorsión el boicoteo a la candidatura olímpica de la ciudad de Madrid para el año 2012. Un boicoteo puramente gestual o retórico, porque no se me alcanza de qué manera efectiva podría Carod perjudicar las aspiraciones madrileñas a organizar unos Juegos Olímpicos. ¿Tiene acaso Esquerra -o Cataluña en su conjunto- vara alta en el seno del Comité Internacional Olímpico? ¿Poseen tal vez los republicanos el control de alguna instancia de poder cuyo apoyo sea imprescindible para el éxito de Madrid 2012? No siendo así, el gesto del líder de ERC fue todo lo inoportuno o torpe que se quiera, pero resultaba perfectamente inocuo; máxime cuando su partido no ha hecho nada para llevar la idea del boicoteo a la práctica y ha procurado más bien, por boca de Josep Bargalló y otros altos cargos, sepultarla en el olvido.

Ello no obstante, la frase de Carod Rovira bastó para poner en marcha una campaña dudosamente espontánea de boicoteo comercial... al cava catalán. Una campaña jaleada por la caverna mediática, alimentada con rumores de que Esquerra estaría asesorando a una rival de Madrid, la candidatura de Nueva York 2012 -como es sabido los neoyorquinos, pobres palurdos, no tienen ni idea de promover grandes eventos...-, sostenida desde diversos programas de Telemadrid, la televisión pública que rigen el Partido Popular y doña Esperanza Aguirre. ¿Y por qué al cava? Lo ignoro, pues no parece que ni ERC tenga especiales vínculos con dicho sector, ni que el Penedès sea su feudo electoral.

Sí sé, en cambio -y tal vez sea útil recordarlo a los lectores-, que la aparición de consignas de boicoteo económico contra Cataluña cuando ésta ha intensificado sus reivindicaciones políticas es un fenómeno recurrente en la historia del siglo XX español. Partiendo de esa percepción mesetaria que veía en la Cataluña fabril una sociedad fenicia, semita, volcada sólo en la producción y el beneficio, el españolismo se apresuró a contraponer las demandas catalanistas de autogobierno con el acceso preferente de las manufacturas catalanas al mercado español; "que escojan: o la autonomía, o el arancel". Subyacía en ese dilema la convicción de que, amenazados o castigados en su bolsillo, los catalanes -rapaces, explotadores, medio judíos- se inclinarían por el interés pecuniario y sacrificarían a éste cualquier anhelo "separatista".

Después de tres décadas de manifestarse esporádicamente, este reflejo defensivo de la España profunda eclosionó en 1931-1932 cuando, con el advenimiento de la República, la aprobación de un Estatuto de Autonomía para Cataluña se hizo inminente. Contra tal hipótesis se movilizaron entonces no sólo todas las cabeceras de la prensa derechista, monárquica y fascistizante (ABC, La Nación, Informaciones, El Debate, El Imparcial, El Norte de Castilla y un largo etcétera), sino también ayuntamientos, diputaciones, cámaras de comercio e industria, entidades culturales, colegios profesionales, asociaciones patronales, grupos de universitarios...; tanto fue así que, en mayo de 1932, el diario ABC hubo de introducir en sus páginas una nueva sección fija bajo el expresivo título de Protestas y apelaciones patrióticas de diversas regiones de España.

Dentro de esa marmita españolista de los años treinta hervían los ingredientes ideológicos, las invocaciones a Recaredo y a los Reyes Católicos, claro está, pero también los argumentos y las amenazas económicos. Fueron estos últimos los que impulsaron a las clases mercantiles madrileñas a cerrar sus comercios, el 27 de julio de 1932, y concentrarse en la plaza de toros para despotricar contra el aún no aprobado Estatuto catalán. Mientras tanto, en la prensa y en el mitin, podían leerse o escucharse cosas como éstas: "¡Que vayan a vender sus paños a Turquía! ¡Yo ya no compro nada catalán!", "Andalucía, Castilla, Extremadura y todas las regiones podrán vivir sin Cataluña. ¿Pueden decir lo mismo los catalanistas?". Las incitaciones a boicotear los productos catalanes, los episodios de rechazo contra viajantes de comercio catalanes fueron incontables cuando ni Carod Rovira ni la candidatura de Madrid 2012 habían nacido aún. Y el más atrabiliario líder de la ultraderecha española de esa época, el doctor Albiñana, llegó a proclamar: "El dinero de los españoles no debe servir para enriquecer a los fabricantes separatistas. No queremos que cubran nuestras carnes con tejidos impregnados de odio contra España".

Si rememoro estos hechos y estos dichos no es para complacerme en lo malos que son ellos y lo buenos que somos nosotros. Es más bien para sostener que, con algunos cambios de detalle -el cava en vez de los paños-, existen en la antropología política peninsular algunos reflejos inveterados, ciertas reacciones instintivas que se disparan cuando Cataluña trata de ganar poder y reconocimiento. Se activaron en 1932. Lo hicieron mucho menos en 1978-1979 porque en aquellos días la rémora del franquismo lastraba y desacreditaba determinadas posturas. Ahora, en la medida que la reforma del Estatuto y de la financiación progresen de forma sustantiva, esos reflejos regresarán con fuerza y sin complejos. Naturalmente, no hay que ponérselo fácil con meteduras de pata, pero tampoco cabe engañarse: aquello que los nutre no es el desliz de Carod, sino la mayoritaria voluntad catalana de ampliar el autogobierno.

Joan B. Culla i Clarà es historiador.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 17 de diciembre de 2004