Crítica:CLÁSICA | Orquestas y Solistas del MundoCrítica
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Preciosismo sonoro de Kissin

La figura del pianista Evgeni Kissin (Moscú, 1971) se incorpora tempranamente al gran cuadro de la Escuela rusa después de sus estudios con la profesora Anna Pavlovna Cantor en la Academia Superior Gnessin. Contaba 10 años el sorprendente intérprete y virtuoso cuando ofrece su primer recital en la capital rusa y 13 en su primera gira como solista de la Filarmónica, dirigida por Kitaenko para protagonizar los dos conciertos de Chopin. En 1988 nos visitó por vez primera, invitado por Ibermúsica y los Virtuosos de Moscú, de Vladimir Spivakov, y ese mismo año lo acogen los Filarmónicos de Berlín con Karajan durante las Berliner Festvochen, mientras inicia sus registros discográficos para la DDG.

Ibermúsica

Orquesta Gulbenkian de Lisboa. Director: L. Foster. Solista: E. Kissin. Auditorio Nacional. Madrid, 13 de diciembre.

Lo más importante en la biografía de Kissin es que su talante inicial de niño y joven prodigio cuajó y permanece en su categoría de músico de altos vuelos, envidiable técnica y no menos admirable madurez de concepto. Ibermúsica nos ha deparado, a lo largo de nueve conciertos y recitales, la posibilidad de seguir la trayectoria apasionante de un talento singular. Ahora, su décima aparición en el Auditorio Nacional madrileño ha consistido en una oferta siempre singular: los cinco conciertos beethovenianos en los que puede apreciarse la evolución sustancial de la inventiva del gran romántico alemán, la transformación de las estructuras y, sobre todo, del contenido artístico cuya perdurabilidad es tan viva que, cada vez que se escuchan, tienen algo o mucho de novedad; más aún si están en manos de una personalidad de tanta fidelidad como riqueza creativa tal es la de Kissin.

En el segundo concierto del breve ciclo de Kissin unido a la Orquesta Gulbenkian y su actual maestro el americano Lawrence Foster (Los Ángeles, 1941), la audiencia ha respondido con un entusiasmo que al final del concierto Emperador fue verdadero clamor, justificado igualmente por el carácter cimero de la obra pianística con orquesta de quien dominó todos los géneros con la máxima fidelidad posible: la de renovar la herencia recibida.

Todo es digno de admirar en Kissin, desde la claridad y el preciosismo sonoro hasta el impulso interior que vierte sobre nosotros la palpitación humanística de Beethoven. Orquesta y maestro se identificaron con las ideas y el estilo del solista del que emana un raro atractivo, esa suerte de magia reservada a muy pocos y asentada en todo un repertorio de exigencia y en una incesante búsqueda de la belleza. Las ovaciones se prolongaron en medida más que suficiente como para justificar dos propinas prodigiosas del pequeño Beethoven: la marcha turca de Las ruinas de Atenas, transcrita por Liszt, y la más bella Escocesa en la transcripción de Ferruccio Busoni, dada en Madrid por vez primera en la Sociedad Filarmónica por María Carreras (Roma, 1878) en 1912.

Un inteligente artículo de Luis G. Iberni rendía homenaje, en las notas de programa, a Vladimir Horovitz en su centenario, todo un detalle de sensibilidad.

Evgeni Kissin.
Evgeni Kissin.

* Este artículo apareció en la edición impresa del martes, 14 de diciembre de 2004.

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