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Errores de diagnóstico

El 30 de mayo de 2003, ETA asesinó en Sangüesa a los policías nacionales Bonifacio Martín y Julián Embid. Desde entonces, no ha vuelto a asesinar. Las aguas vascas siguen su cauce en una tensa calma, el plan Ibarretxe prosigue su viaje a ninguna parte, y muchos ciudadanos vascos siguen amenazados y perseguidos.

La disminución de la violencia en casa nos permite contemplar con más atención cómo los niveles de violencia en otras regiones del planeta se han disparado, especialmente en Oriente Medio. Siguen las matanzas indiscriminadas de ciudadanos israelíes por los grupos armados palestinos, mientras la ocupación israelí envía historias diarias de violencia y represión al mundo. En Irak, los diversos grupos de insurgentes, resistentes, terroristas y criminales oportunistas secuestran y asesinan a civiles occidentales, dando una imagen que creíamos descartada para siempre: la decapitación en directo de un ser humano. Mientras, la ocupación militar ha creado un nuevo icono del horror: Abu Ghraib.

La denuncia moral permanente de la violencia ha inhibido la caída en la degradación
La ONU lleva años intentando alcanzar un acuerdo sobre la definición de terrorismo

El siglo XXI ha iniciado el camino con las alforjas llenas de imágenes de violencia, crueldad y sadismo. Los avances tecnológicos permiten que los asesinos se graben a sí mismos cortando el cuello de sus víctimas y que soldados veinteañeros del ejército de Estados Unidos se fotografíen torturando a combatientes iraquíes presos. La tecnología digital e Internet facilitan esta sádica campaña de autopromoción de la violencia.

Nuestros estómagos occidentales son perfectamente capaces de convivir con procesos endiablados de violencia televisada en diferentes lugares del planeta sin hacerse demasiadas preguntas al respecto. El caso paradigmático podría ser Argelia: durante una década nos llegaban de allí rutinarios flases de noticias de aldeas enteras degolladas, con nombres que leíamos sin atención, como Blida, Medea o Ain Denla, sin más explicación que una supuesta "violencia irracional", y un punto rojo parpadeando sobre el mapa del país.

El terrorismo es un fenómeno complejo que conviene intentar describir con rigor para encontrar las recetas más eficaces para combatirlo. Por ejemplo, en el caso de Argelia, algunos autores como Mohammed M. Hafez analizan el contexto en el cual el GIA (Grupo Islámico Armado) se adentró en un proceso de marginación (o "proceso de encapsulamiento" según Della Porta) como respuesta a la represión del Estado, que hizo posible pasar del asesinato de militares a las masacres de civiles indiscriminadas.

La historia del GIA es espeluznante. En enero de 1992, la segunda ronda de las elecciones legislativas en Argelia confirmó la victoria del Frente Islamista de Salvación (FIS). El ejército argelino decidió cortar por lo sano, anular los resultados e ilegalizar el FIS: entre 6.000 y 30.000 activistas del FIS, incluyendo más de 500 alcaldes electos, fueron enviados a centros de detención en el Sáhara. En 1993, aparece una escisión radicalizada del FIS, el GIA. En un principio, atenta contra miembros de las fuerzas de seguridad. En 1993, declaran enemigos a los "mercenarios de la prensa" y a los intelectuales, y más tarde a los extranjeros. En 1994, el GIA anuncia que los funcionarios públicos y las escuelas públicas también serán objetivos. En 1996 amenaza de muerte a todos aquellos que no recen, a las mujeres que salgan a la calle sin cubrir y a quienes acudan a los tribunales del Estado. En 1997 el GIA comete salvajes matanzas de civiles, incluso en feudos del islamismo. La lucha contra el enemigo apóstata y el infiel es total y no cabe la neutralidad. Casi 15 años después, el sangriento conflicto civil que sigue padeciendo Argelia ha causado ya 10.000 víctimas.

Es evidente que no todos los terrorismos son iguales: la ONU lleva años intentando alcanzar un acuerdo sobre la definición de terrorismo sin conseguirlo. Las causas, contextos, excusas y efectos de la violencia son diferentes en cada lugar. En el caso vasco, observamos que ETA no ha llegado a esos extremos de sadismo. ¿Por qué? Podría haberlo hecho, no nos engañemos: nada impide a priori que ETA se embarque en los procesos agudos de aislamiento, represión, marginación, fanatismo ideológico y radicalización con los que suelen explicarse estos procesos de expansión de la violencia. Con la perspectiva que nos da el paso del tiempo, aparece como hipótesis que la denuncia moral permanente de la violencia que la sociedad vasca en especial, y también la española, han llevado a cabo durante estos años ha inhibido la caída en la degradación que conduce a las matanzas indiscriminadas de civiles que vimos, por ejemplo, en Madrid el 11 de Marzo.

Cada año, los organizadores y asistentes a la manifestación anual de Gesto por la Paz se preguntaban si aquello serviría para algo, si salvaría vidas, si ETA escucharía. El caso de ETA parece indicar que este tipo de movilización ciudadana permanente desempeña un papel importante, en el medio plazo, para evitar la expansión de la violencia hasta la matanza indiscriminada de civiles. Durante años, muchos han ridiculizado este tipo de protesta ética, constante y silenciosa contra el terrorismo. Por el contrario, puede afirmarse que, si las sociedades palestina, iraquí u afgana lograran alcanzar unos ciertos niveles de estabilidad democrática, la movilización de las mayorías silenciosas en torno a una denuncia ética del terrorismo yihadista o salafista sería un elemento fundamental de toda estrategia eficaz de lucha contra el terrorismo.

ETA no ha cometido más hipercores, ni fue la autora del 11-M, pero ha seguido asesinando, y nadie ni nada garantiza que no lo siga haciendo. La explicación de este año y medio sin asesinatos tiene un nombre: "vía policial". La ridiculización (y en ocasiones, obstaculización) de esta estrategia básica de lucha contra el terrorismo fue un lugar común en la política vasca durante años: algunos olvidaron que el objetivo final era salvar vidas (¿o no lo era?) y se equivocaron en el diagnóstico de ETA, presentándolo como una manifestación desgraciada de algo peor, "el conflicto vasco". Errores en el diagnóstico y en la receta que han costado vidas. Hemos tardado treinta años, y mil muertos, en llegar a verdades tan elementales, y algunos se resisten todavía.

Borja Bergareche es abogado.

* Este artículo apareció en la edición impresa del sábado, 11 de diciembre de 2004.

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