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Reportaje:

Del retablo al tabloide

Arquitecto, madre, homúnculo, tirano, fuerza de la naturaleza... o vitrina con medicamentos. El comisario y artista conceptual estadounidense John Baldessari ha invitado a cien creadores a "ver a Dios". El resultado, una inteligente exposición que ocupa el Institute of Contemporary Arts de Londres.

Dios ya no está entre los pucheros. Con impresionante economía, ha suprimido todo contexto sagrado, en los altares, en los cónclaves patriarcales, y ahora es un ser aburrido de eternidad que prefiere la probabilidad de las rotativas a la secreta certidumbre del retablo. "God is news". Misticismo y fantasmagorías inyectan las tintas de las primeras páginas de los diarios, y si tuviéramos que rectificar a Borges, para quien toda teología era una sección de literatura fantástica, diríamos que las noticias son ahora de Dios, de parte de los laboratorios piadosos de los partidos políticos, del Vaticano, del Capitolio, de cualquiera de las guerras alrededor del globo. Dios no ha sido absuelto de este mundo, aunque cada vez esté más lejos de su falsa creación.

John Baldessari (Nacional City, 1931), artista y eminente ladrón de imágenes, ha elaborado una apoteosis fáustica en forma de exposición que analiza cómo el artista -cien artistas, seleccionados según su gusto personal- contempla la imagen del Creador. Junto a Meg Cranston, el autor californiano imagina el sentido de la frase "cien artistas ven a Dios" como si fuera el titular de un periódico: "Se trataba de fantasear con la idea de reunir a un grupo de cien artistas en medio de un campo, y que todos a la vez tuvieran una revelación, después nos planteamos hacer de aquella visión una obra de arte", explican los comisarios. El resultado no podría ser más baldessariano: una demolición pictórica, un big bang que despliega en una gran pared pintada de azul un puzle imaginario sin control, resumen del orden inferior de una eternidad -la artística- distorsionada en un espejo. La ordenación de cada una de las imágenes, distribuidas en las plantas baja y primera del Institute of Contemporary Arts (ICA) de Londres, está basada en un sistema latente, es como un tropo de montaje, un détournement parecido a los que Baldessari crea con las fotografías de sus archivos; en virtud de su colocación y su proximidad, cada obra queda reducida a algo puramente anecdótico. El mismo efecto que produce el choque fisiológico del cine, con su cautivador flujo de imágenes cambiantes.

A modo de ejemplo, bastará recordar alguno de sus trabajos para hacernos una idea de su peculiar patafísica. A principios de los setenta, un colegio de arte universitario de Canadá le pidió que participase en una exposición comunicándole que no podría pagarle los gastos del avión. Baldessari envió instrucciones para que se pidiese a los alumnos que escribiesen cuantas veces fuese posible en las paredes del aula la frase "I won't make any more boring art" (no pienso hacer ya más arte aburrido). Al castigar a los alumnos por la precariedad de la administración del colegio, también les hizo enfrentarse a una paradoja: la ejecución de la obra sería lenta y aburrida, pero la idea y su recepción fueron rápidas y divertidas, además de cuestionar la idea de autor y su presencia en la obra.

Un curioso panteísmo recorre

esta interesante muestra, demasiado inteligente para quedarse, a primera vista, en una simple visión anecdótica del trabajo de cien artistas sobre el más allá. En las 75 imágenes dispuestas en la planta sótano a modo de tableau, la distracción ha sustituido por completo a la contemplación. Algunos autores, como Rachel Lachowicz o Sam Durant, han visto a Dios como un arquitecto, este último lo ilustra con una fotografía de la parte trasera de una pequeña iglesia católica en California en cuyas paredes blancas todavía se ven algunas pintadas medio borradas y, al fondo, una palmera (uno de los iconos preferidos de Baldessari) que hace la función de centinela del templo. Se trata de una imagen banal pero muy hermosa que sugiere que la acción está en la calle, fuera de los muros que protegen a la patrística. Otros autores ven a Dios como la "anunciación", en la figura de un perro (la fotografía de la mascota de Chris Burden), en la idea de la reconciliación en Suráfrica (Mary Nelly) o en los dominios de los desiertos navajos (David Reed).

En esta colectiva, también encontramos el concepto de una fe omnívora en el paisaje y su luz (Rebecca Horn, Nancy Rubins, esta última afirma que "a Dios le gusta especialmente vivir en el arte"), en un urinario que parece una psicodélica crucifixión (Michael Craig-Martin) o debajo de los arbustos, como parece teatralizarlo Paul McCarthy. Más apocalípticos son Bruce Nauman o Martin Kersels en su visión de un mundo que pronto llegará a su fin. La Carne, encerrada en un marco barroco como si fuera un plato de jamón de jabugo, o el mismo infierno dantesco (Victoria Reynolds) contrasta con la imagen limpia de la tierra como un trozo de materia que se alza hacia el infinito, ajena a planetas y meteoritos (Franz West). Lo inefable es descrito por Luciano Perna como un huevo con patas (¿el huevo o la gallina?), por James Hayward como un lienzo totalmente blanco titulado Automatic painting, y por Gerhard Richter, para quien Dios sólo puede ser un cuadro totalmente pintado de gris.

Si para Ed Ruscha, Dios es un

paisaje oscuro en donde irrumpe un rayo cegador, Angela Bulloch lo encierra en una caja parecida a un confesionario. Más optimistas son los artistas que creen que Dios es amor: James Welling lo retrata en la figura de su perro pastor alemán Zola, Caterine Opie muestra en una fotografía el cinismo del activismo católico cuyos miembros despliegan en pancartas ideas homófobas mientras piden a Dios que les proteja de la plaga del sida, o Andreas Gursky, en la imagen aérea de una Love Parade. Katarina Fritsch recrea en un poliéster púrpura a san Nicolás, Damien Hirst encierra en una vitrina los medicamentos que curarán el cáncer y Jeffrey Wallace se va hasta la plaza de San Pedro en Roma para crear su particular sudario, con las marcas de su rostro empapado en café espresso impresas sobre un pañuelo.

Otros autores ven a Dios como una madre -Raymond Pettibon y Liz Larner- o semejante a un homúnculo informe (Erin Coscrove y Mike Nelly); Eleanor Antin o Jack Goldstein lo perciben como una extraordinaria fuerza de la naturaleza. Artistas menos viscerales, como William Wegman, Liam Gillick o Richard Prince, entienden su figura como la de un gran organizador. La idea de la crucifixión y el estigma es adoptada por Paul Pfeiffer, Martin Kippenberger o John Waters; y la de una persona poderosamente tiránica aparece en las obras de Roy Lichtenstein, Albert Oehlen, Tony Oursler y Scott Grieger. Finalmente, el dios hecho verbo aparece ilustrado en los trabajos de Lawrence Weiner, Christian Jankowski y Jeremy Deller, quienes además denuncian cómo la nueva ortodoxia norteamericana utiliza el arma del miedo para controlar las almas. Lo escribió Voltaire: "Dios es un comediante actuando frente a un público que tiene miedo a reír".

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"Fantaseamos con reunir a artistas en el campo y que todos a la vez tuvieran una revelación"

Cien artistas ven a Dios. ]]> Institute of Contemporary Arts (ICA). The Mall. 12 Carlton House Terrace. Londres. www.ica.org.uk. Hasta el 9 de enero de 2005.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 4 de diciembre de 2004