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CARTAS AL DIRECTOR

La propuesta de Peces-Barba

Sea bienvenida en el bachillerato una asignatura de educación en valores, tal como propone el doctor Peces-Barba en su artículo del 22 de noviembre. Que Dios o la ministra le escuchen. Tras tantos años de sometimiento al vacuo despotismo pedagógico, a la transversalidad y otras verborreas, se descubre al fin lo que debía conocerse: a falta de materias de estudio como ésa, los sujetos morales flaquean y el espacio público se degrada hasta los límites que hoy observamos. Y es que los demás saberes son especializados y basta distribuirlos en la comunidad según los gustos o capacidades de cada cual. Pero el saber que versa sobre el sentido del respeto y de la justicia debe ser obligatorio para todos, porque de él depende la suerte misma de la comunidad y de sus gentes. Por eso, repito, hay que aplaudir aquella feliz iniciativa. Se trata de una asignatura en verdad "imprescindible" y el Gobierno capaz de implantarla "habría justificado la legislatura".

Ante problema de tamaño calado y tan por encima de miserias gremiales, estoy seguro de que el rector de la Universidad Carlos III compartirá conmigo algunas de las observaciones que aquí le ofrezco. ¿Llamaremos Ética pública, sin más adiciones, a esa materia? Pues vale, aunque sin descartar otros rótulos como Educación ciudadana, o democrática o similares. ¿Y por qué confinarla en unos pocos cursos del bachillerato, con la falta que hace en las escuelas de magisterio y en unas cuantas facultades universitarias? ¿Y no sería excesiva limitación que los profesores encargados de impartir tal asignatura hayan de ser "especialmente juristas, pero también politólogos, historiadores" y otros? Semejante orden de preferencia acaso se deba a que, según el doctor Peces-Barba, "ahora sólo reciben esa formación en la Universidad los estudiantes de Derecho, de Ciencias Políticas y en algún caso de humanidades". Hombre, señor rector, tampoco es eso: la única licenciatura en que tanto Ética como Filosofía Política figuran hoy como materias troncales (amén de otras optativas afines) es la de Filosofía. Seremos menos sabios que los docentes de otras facultades, pero la ley nos encomienda esa enseñanza a nosotros. Tampoco es de extrañar. A fin de cuentas, estamos de acuerdo en que el programa de una ética pública ha de empezar por "su raíz moral última, que es la idea de dignidad humana". Lo que significa, me parece, que primero vendrá el punto de vista de la legitimidad y sólo después el de la legalidad; que el estudio de qué sea la justicia y qué la democracia habrá de preceder al de sus plasmaciones particulares en nuestro derecho y en nuestro Gobierno.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 26 de noviembre de 2004