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DON DE GENTES

Vaya pollo

Aquellos 'hippies' con blusones y gafas redondas, ellas con senos turgentes, ahora, 40 años después, les llegan a las baldosas y lucen melenas grisáceas; a ellos les quedan unos pocos pelillos.

A MÍ ME DA mucha pena de los hippies. Con lo que fueron los hippies en su época, que daba gloria de verlos. En los documentales salen muchas veces los hippies, en aquellos festivales de Woodstock, en Nashville, ellas enseñando unas tetas turgentes que se balanceaban al compás de músicas seudoorientales, y ellos con blusones y gafas redondas. Luego, aquellos hippies de antaño, de tanto ir desnudos a los festivales, tuvieron hijos a los que llamaron Lluvia, Montaña o Mariposa, que en inglés sería Rain, Mountain o Butterfly, que nacieron en bañeras rodeados por otros hippies. Esos hijos se criaron como conejos salvajes en el campo de la América Profunda, curándose sólo con hierbas (algunos murieron, ser hijo de hippy tiene sus riesgos), pero cuando esos hijos -Lluvia, Montaña y Mariposa- fueron al colegio y en dicho colegio de la América Profunda les abrieron los ojos y les quitaron de la cabeza todas las tonterías espirituales de sus padres, y les dijeron que las personas venimos de Adán y Eva, que puestos a elegir tonterías, ésa tiene más sustancia, y les demostraron que el único salvajismo que merece la pena es el capitalismo, esos niños mandaron a tomar por saco a sus padres, les dejaron en sus granjas ("ahí os quedáis con vuestros idealismos de pacotilla") y, hoy en día, muchos son Neo-Con, después de cambiarse el nombre, porque si te llamas Montaña, seamos realistas, lo único que te espera en la vida es ser un fracasado de tomo y lomo. A mí me da pena de los hippies porque ya no los quieren ni sus propios hijos. Y todavía los hippies de campo están entretenidos criando pollos orgánicos, pero ¿y los hippies de ciudad? Ésos son lamentables, y lo digo desde el cariño más absoluto. Aquí en mi barrio, que es un barrio que me recuerda a Moratalaz, sobre todo a nivel arquitectónico, hay hippies. Los hippies del barrio de Yorkville están metidos siempre en una tienda de productos orgánicos. Van caminando entre las estanterías como si fueran zombies, buscando productos con los que alargar su vida miserable. Si te sale uno de pronto detrás de un estante, te da mucho susto. Son los mismos que salían en los documentales de entonces fumando marihuana con flores en el pelo. Ahora se dan un aire a la abuelilla terrorífica de Los otros. A ellos sólo les quedan cinco pelos largos colgando, y ellas lucen unas melenas grisáceas que les llegan por el culo, y cuando te sonríen, ellas y ellos, te enseñan unos dientes larguísimos, porque se les retraen a los pobres debido a la consabida piorrea. Ellas siguen sin llevar sujetador, pero, claro, de tanto ir por la vida sin sujeción, van arrastrándose esos pechos por las baldosas de dicha tienda de productos orgánicos. Realmente, si yo fuera Neo-Con y tuviera unos padres como ésos, renegaría un poquito. Yo voy mucho a esa tienda de orgánicos, a comprar pollo, sobre todo, porque desde que me contó un amigo que aquí han creado unos pollos mutantes que no tienen ni ojos ni pico para que todo el pollo sea aprovechable, yo ya no me como un pollo anónimo, que además dicen que las americanas tienen tantas tetas de comer pollos mutantes, y a mí otras cosas me faltarán, chispa, inteligencia, bondad, pero de pechos estoy muy sobrada. Estos pollos que crían los hippies de campo viven mejor que la mayoría de los estadounidenses y hasta duermen con los propios hippies en la cama. Esto último no lo voy a pensar mucho porque también me da un poquito de escrúpulo. En la tienda de productos orgánicos puedes comprar desde productos orgánicos que estimulan tu apetito sexual a niveles paranormales (yo no los he probado porque miedo me doy) hasta champú orgánico, que es un champú que es tan natural que no hace ni pizca de espuma, y tú te frotas y te frotas y nada. Tanto es así que un día mi santo se hizo sangre de tanto arañarse la cabeza, que me dio un susto que para qué. Para él, champú es igual a espuma. Pues no, hijo mío, ábrete de mente, open your mind, como yo digo. En la tienda de productos orgánicos hay remedios para todo. El otro día me dolía un oído (de hablar por el móvil) y un hippy, que resultó ser el típico hippy cabroncete, me recomendó una vela como de iglesia que venden: es una vela hueca que enciendes por un lado y el otro extremo te lo metes en la oreja y, poco a poco, el calorcillo te repercute en el oído afectado y te curas ipso facto. Como yo creí que los hippies eran buenos, me compré la vela. Llego a casa, la enciendo y me la pongo en la oreja. Como me había quedado con una oreja libre, me dije: "¿Qué hago con esta oreja tan libre?: pues llamar por teléfono fijo". Y llamé a Bicoca. Inmenso error. Me dijo que la venganza es un pollo (¿o dijo plato?) que se come frío. Se refería a la visita a la Casa Blanca de lo que ella llama "mi presidente moral". Y luego me dijo: "No estuviste en la fiesta del premio que le han dado a tu amigo Lorenzo Caprile, ¿es que no te invitó?"; y yo le dije: "Pues sí, pero no me voy a gastar en un billete para ir a una fiesta, yo a mi amigo le felicito por correo electrónico"; y ella me dijo: "Qué cutre". Y luego me dijo que la frase de dicha fiesta la pronunció Nati Abascal cuando le dijo a la infanta Cristina: "Alteza, está usted tan guapa que no la reconocía". Me estaba dando la risa cuando voy y empiezo a notar que el pelo me huele a chamusquina. Que me lo he tenido que cortar. Por culpa de los hippies. Será una tontería, pero a raíz de este incidente he acabado comprendiendo a los Neo-Con.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 14 de noviembre de 2004